¿39% dice algo?

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

Días atrás, se produjo en redes sociales un interesante debate sobre las emisiones de gases de efecto invernadero del agro. El disparador fue la reacción de los agricultores holandeses que salieron a manifestarse en contra de ser acusados como responsables del cambio climático.

Al respecto se refirió el diputado por la Ciudad de Buenos Aires, Juan Carlos Villalonga, quien además actúa como vocero del movimiento ecologista Los Verdes. Villalonga escribió en su cuenta de Twitter que “La reacción del agro es fundamentalista y anti-ciencia”. Mas adelante, en el intercambio, el diputado reconoce que el agro argentino está entra los más sustentables, pero que eso no atenúa su obligación en reducir sus emisiones.

El Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero, que toma los datos del 2014, indica que el sector energético contribuye con el 53% de las emisiones de dióxido de carbono equivalente. El agro y otros usos de la tierra aportan el 39%, los residuos 4%, mismo valor que los procesos industriales. A simple vista, al ser comparados con inventarios de otros países, los valores del sector energético, y los del agro (el tema nos ocupa en esta columna) resultan un tanto elevados, provocando una falsa sensación de que el sector está haciendo mal sus deberes. Por ello proponemos detenernos un instante para ver con más profundidad algunas cuestiones relevantes.

Se sabe que cuanto más industrializados y desarrollado es un país, mayor es su tasa de consumo de energía y de generación de residuos. Argentina ocupa el puesto 19 en el ránking de PBI entre los países del G20, solo superando a Sudáfrica y tan solo contribuye con el 0,7% de las emisiones globales de GEI. Casi todos los países con emisiones GEI mayores que Argentina, el porcentaje del cual es responsable el agro es menor, pues también lo es la incidencia de su actividad agrícola en la economía del país. Entonces, ¿es el valor de 39% un indicador de mal desempeño del sector o es una representatividad de la influencia del sector en la actividad económica del país?

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La serie histórica del Inventario Nacional de GEI muestra que el único sector que viene reduciendo sus emisiones en forma absoluta desde 1990 y desde 2005 -año tomado como base para los objetivos de París- es el agrícola, aún habiendo triplicado su producción en el período. Lo más interesante que dice el informe es que entre el año 90 y el 2000, las emisiones del agro fueron incrementándose, y a partir de allí vienen en continuo descenso.

La explicación a este fenómeno la contamos hace dos meses en la columna referida al Congreso de AAPRESID. La siembra directa, la rotación de cultivos, los barbechos, la rotación con ganadería y los cultivos de cobertura, tienen como consecuencia la captura del carbono del aire que queda fijado en el suelo. La reducción de emisiones se ve favorecida también por el menor consumo de insumos y combustible que tiene la siembra directa, la cercanía de la producción a los puertos y el alto factor de uso en cosechadoras, tractores y maquinarias de los productores argentinos.

Una situación completamente diferente es lo que viene sucediendo en el sector de la energía, que ha duplicado sus emisiones entre 1990-2014 y aumentado un 25% entre 2005 y 2014. Es esperable que estos valores sean hoy aún más elevados, considerando el gran despegue que está teniendo Vaca Muerta.

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Pero lo más notable, es que el aporte del agro en la reducción de emisiones se viene dando sin un marco de compensación económica, como sucede en otras partes del mundo cuando se busca descarbonizar un sector. Por el contrario, el productor argentino es el más castigado a la hora de pagar impuestos. A pesar de ello, en su cabeza predomina la “Con-ciencia suelo”.

La semana pasada, en California, vimos como le ponían números a  los nuevos modelos circulares, esto que ya conocemos en Argentina, donde el maíz se transforma en bioetanol renovable (que reduce 70% las emisiones frente a la nafta), alimento para el ganado, dióxido de carbono renovable para gasificar bebidas, biogás, energía eléctrica, y biofertilizante que vuelve al campo para producir más maíz. Una unidad energética de biogás generado de esta manera compensa 3,5 unidades de gasoil fósil. Si a esto le sumamos la “Con-ciencia suelo”, lo único que limita una descarbonización sin precedentes en el mundo es un Secretario que entiende que no se debe reducir el consumo de combustibles fósiles porque ve un costo fiscal, sin siquiera considerar el aporte económico que representa en las economías regionales.

Será el camino de la bioeconomía el que nos permitirá cumplir con los compromisos asumidos en París -ratificado por la canciller Susana Malcorra el 22 de abril de 2016- para reducir en 18 % las emisiones GEI para el año 2030 de forma incondicional, y en 37% en caso de recibir ayudas financieras.

El agro está haciendo su parte. Es el momento de ajustar las clavijas sobre los otros sectores.

 
 
 
 

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