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sábado, octubre 1, 2022
 

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Vistamos Alto Agrelo de Bodega Argento, la finca orgánica más grande de Argentina

Juan Pablo Murgia, enólogo jefe de Bodega Argento, explicó a BioEconomíaTV los detalles de cómo es el trabajo que vienen realizando en lo que ellos definieron como 'Agricultura Biosustentable': un concepto sobre el que se basa su iniciativa 'MatrizViva' que tiene como objetivo mejorar las las condiciones para la producción de vinos manteniendo una convivencia armónica con el ecosistema de la región.
 
Emiliano Huergo
Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia
 

La Conferencia de Ministros de Agricultura de las América, organizada por el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA) nos dejó un sabor muy dulce. Comprobamos que la bioeconomía se ha instalado definitivamente como una cuestión estratégica en la agenda de los países de América. Manuel Otero, Director General de IICA, reconoció ante los ministros que el Programa de Bioeconomía es el más importante del Organismo. IICA es nada menos que la plataforma de colaboración agrícola de la Organización de los Estados Americanos.

Otero fue contundente durante el acto de apertura. “Es en la agricultura donde están las soluciones de fondo para los problemas más agudos que está enfrentando la civilización humana y nuestro planeta: desafíos ambientales, eventos climáticos extremos, crisis energética, seguridad alimentaria y nutricional, presión sobre nuestros recursos naturales y la biodiversidad, pobreza, migraciones masivas”. El ejecutivo pidió a los ministros terminar con el círculo vicioso de la pobreza rural y pasar a un círculo virtuoso de agricultura inteligente y sustentable para industrializar la América Rural a través de la producción de fibras, alimentos, energía, materiales y probióticos.

Desde que el hombre aprendió a labrar la tierra, la agricultura ha sido fuente alimentos, fibras y energía. Los barcos de los fenicios, las Carabelas de Cristóbal Colón y hasta la fabulosa goleta «América», el velero norteamericano que conquistó la primera edición de la mítica Copa América en 1851 (el trofeo deportivo más antiguo de la historia) tenían sus velas y sus cuerdas elaboradas con fibras de cáñamo, y los cascos recubiertos con sebo para proteger la madera. Nicolaus Otto y Rudolph Diesel estrenaron sus motores con etanol y aceite vegetal respectivamente. Don Oscar Bava, un contratista rural de Junín, me contó hace unos años que fue uno de los primeros en adquirir una cosechadora automotriz en la zona y que al principio le costó mucho conseguir clientes, pues la máquina dejaba en el campo los marlos que eran la fuente de energía en la cocina. Nadie quería prescindir de ellos, recordó. Hasta que se popularizó el gas envasado.

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Con los avances tecnológicos del siglo XX y la disponibilidad de energía fósil barata, el hombre fue paulatinamente reemplazando los materiales y la energía de origen biológico por otros de origen mineral. La agricultura pasó entonces a ocuparse casi en exclusividad de la provisión de alimentos. Este sistema que ha sido muy exitoso en lo económico, tuvo un amplio costo en materia ambiental. Desde la revolución industrial hasta hoy, la concentración de gases de efecto invernadero creció en 135 ppm de CO2 equivalente que, al multiplicar por el volumen de la atmósfera, da que el carbono adicional acumulado en el período creció en un trillón de toneladas equivalentes.

Hay quienes dudan que este proceso haya sido antropogénico (causado por el hombre) y sostienen que fue un fenómeno natural. El más famoso de ellos es Donald Trump. Pero lo cierto es que hoy se sabe que el cambio climático ocurre por el aumento de la concentración de ciertos gases en la atmósfera. Es tan urgente tomar medidas para detener este fenómeno que no vale la pena perder tiempo discutiendo si el hombre es o no responsable.

El camino más rápido para la descarbonización es ir dejando la economía mineral para pasar a una economía biológica. Pero este proceso no es tan sencillo. Debe llevarse a cabo en un marco de restricción de expansión de la frontera agrícola y asegurando el abastecimiento de alimentos en una población que está en plena expansión demográfica. Es decir, tenemos que producir mucho más, pero en mucho menos espacio.

Aquí es donde empieza a jugar la biotecnología aguas arriba de la agricultura. Y Aguas abajo le toca a la economía circular de la mano de procesos tecnológicos modernos que permitan valorizar residuos y efluentes como materias primas o insumos para nuevos procesos.

A modo ejemplo, podemos imaginar un circuito donde una planta de maíz está diseñada genéticamente para tolerar el ataque de plagas. El grano, que ya tiene incorporado la enzima necesaria para descomponer el almidón, se lleva a una destilería donde se convierte en etanol y burlanda. El CO2 resultante de la fermentación alcohólica es interceptado, purificado y envasado para la gasificación de bebidas. La burlanda es consumida en los tambos de la zona que, a su vez, aportan los residuos pecuarios que se mezclan con los residuos de la cosecha de maíz y los de la destilería para que se conviertan en biogás, que será el combustible del generador que alimente de electricidad y calor la destilería.

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Este sencillo ejercicio fue la descripción de tecnologías que ya están entre nosotros y se ven en varias partes del mundo, nos permite ver como la investigación científica, la tecnología y las buenas prácticas agrícolas están jugando un rol clave en esta agricultura moderna. El IICA demostró tener muy claros estos conceptos. A través de acuerdos de cooperación técnica con el sector privado y educativo, va camino a convertirse en una red de adquisición y transferencia de conocimientos para difundir la agricultura moderna, tecnológica, sustentable e inclusiva a toda América.

El recientemente inaugurado Centro Integral para la Interpretación de la Agricultura del Mañana (CIMAG), desarrollado junto a la empresa Microsoft, como parte del programa “Puertas Abiertas” busca captar la atención de los jóvenes para que se acerquen al agro. El CIMAG es el mayor proyecto educativo agrícola del mundo y propone a los alumnos de un espacio interactivo tecnológico con simuladores de cosechadoras, juegos en los cuales los chicos podrán modificar parámetros climáticos y ver la respuesta de los cultivos, aplicaciones de realidad virtual para estudiar los órganos de los animales, etc.

Sin embargo, atravesamos una época donde las emociones avasallan a la ciencia. “No podemos ser simplemente guiados por modelos económicos y teorías científicas […] tenemos que ser muy sensibles a la realidad de las preocupaciones de los ciudadanos, a veces incluso si estas preocupaciones son más emotivas que basadas en hechos o teorías científicas”. Las palabras corresponden a Marie Donnelly mientras ocupaba el cargo de Directora General de Energías Renovables, Investigación y Eficiencia Energética de la Comisión en octubre de 2016. En aquel entonces, intentó explicar en el Parlamento los motivos que habían llevado a la Comisión Europea a limitar al 7% la participación de biocombustibles convencionales en el transporte.

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Este razonamiento de Donnelly se está extiendo al uso de ciertos agroquímicos. Por eso varios ministros reclamaron en la Conferencia responsabilidad a la hora de fijar políticas que limitan o prohíben el uso de ciertos agroquímicos, y que dichas medidas tengan un respaldo científico

La agricultura también está siendo acusada de ser uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero. Pero como resaltó Manuel Otero, el agro moderno es la solución a los problemas. Con buenas prácticas agrícolas que incluyan barbechos, rotación de cultivos, Siembra Directa, cultivos de cobertura y rotación con ganadería, productores han logrado aumentar en 50% el contenido de carbono en el suelo en 20 años. Estas prácticas están muy difundidas en Argentina y cada vez más en Brasil y algunas regiones de América.

Si usted es lector frecuente de este espacio, habrá notado que este artículo repite conceptos que ya hemos expresado en varias oportunidades. Desde aquí adherimos completamente a las palabras de Neil deGrasse Tyson, discípulo de Carl Sagan, que dijo que “En democracia tenemos que exigir cultura científica a nuestros representantes”.  Y mientras haya funcionarios como Donnelly, habrá que repetir este mensaje una y otra vez.

 
 
 
 
 
 
 

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