No(u) plan

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

Argentina, así como otros países de la región, se ha caracterizado a lo largo de su historia por ser un país exportador de commodities agrícolas. Seguramente por la extraordinaria competitividad del sector.

No hay agricultura en el mundo que coseche más toneladas de producto por unidad de insumo. Es decir, kilogramos obtenidos por milímetro de lluvia caída, o por litro de gasoil consumido, o por kilogramos de fertilizantes aplicados, o por kilogramo de agroquímico empleado y hasta incluso, en la cantidad de horas máquina por campaña.

La enorme eficiencia se logra por la masiva adopción del agricultor argentino de la técnica de siembra directa. Una práctica que comenzó a adoptarse en el país hace 30 años y que recién hoy, está comenzando a utilizarse en EEUU, el mayor productor de commodities agrícolas del mundo.

La siembra directa permite cultivar sin labrar la tierra. Así se logra un mayor equilibrio ecológico y resiliencia en el suelo que permite que conserve mejor su humedad, sus nutrientes y la materia orgánica. La siembra directa está siendo recomendada por las universidades más prestigiosas como una forma de evitar la degradación del suelo y reducir la huella de carbono del agro.

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Desequilibrios

 

Las variables de eficiencia y de secuestro carbono en el suelo, ubican al agro argentino como el más sustentable del mundo. De hecho, es el único sector del país que viene reduciendo sus emisiones netas de CO2eq desde el año 2000. Aún habiendo triplicado su producción. Sin embargo, el agro es acusado por ser responsable del 39% de las emisiones de gases de efecto invernadero totales del país. Una cifra elevada cuando se lo compara con el resto del mundo. Pero esta comparación no toma en cuenta que la agricultura es la principal actividad economía del país.

No hubo un programa o una política específica de fomento para el formidable salto tecnológico que tuvo la agricultura argentina. Por el contrario, los esfuerzos de la política de los últimos 70 años estuvieron enfocados en capturar parte de su renta para el desarrollo, sin éxito, de otros sectores. Hoy la competitividad de las industrias argentinas es inversamente proporcional al grado de transformación de los productos.

La cadena de valor de la soja es una excepción. Nos muestra como el enfoque bioeconómico puede romper con este karma y generar un modelo de desarrollo industrial a partir de la transformación de recursos biológicos, en este caso el poroto de soja. La biotecnología, a partir de la multiplicación de los rindes, la reducción en el uso de agroquímicos y la expansión de la frontera agropecuaria; junto a la siembra directa, han permitido reducir enormemente los costos en la producción agrícola. Aguas abajo, en la zona de Rosario, el mayor clúster sojero del mundo siguió un proceso de expansión para que más porotos se convierte en aceite y harina. Paralelamente, se agregaron dos nuevos eslabones a la cadena. Más de 30 plantas de biodiesel, otras 3 de refinación de glicerina y una serie de actividades relacionadas al sector, entre la que se destaca la planta modelo de metilato de sodio, el catalizador para elaborar el biocombustible, construida por la alemana Evonik para abastecer a toda Sudamérica. Todas industrias con tecnología de última generación

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Hoy estamos parados frente a un mundo que demanda cada vez más productos con baja huella ambiental. Se estima que el mercado global de los bioproductos está creciendo a una tasa global de 7,5% anual versus 2,5% de los productos tradicionales. Y en ese contexto nos enfrentamos a una explosión demográfica que llegará a 10 mil millones de personas en menos de 30 años, con mayor proporción de habitantes de clase media, que tienen estándares de vida más altos que impulsarán aún más el consumo. La demanda de alimentos, productos y energía crecerá exponencialmente y habrá que abastecerlos en medio de un marco de restricción de superficie cultivable, de aumento de emisiones de gases de efecto invernadero y de respeto por los ecosistemas.

El desarrollo de nuevas industrias en rubros como los biomateriales y “química renovable” representarán una gran oportunidad para aumentar y diversificar la matriz exportadora, como ha sucedido con el biodiesel, registrando exportaciones por más de USD 15 mil millones en sus 12 años de existencia.

Para capitalizar esta oportunidad será necesario un flujo constante de provisión de materias primas e insumos proveniente del agro. Y para eso, necesitamos que lo dejen producir.

 
 
 
 

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