March Madness

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

Para todos los que seguimos el basketball estadounidense, marzo es un mes especial. La NBA ingresa en la etapa final de la fase regular y comienza a vislumbrarse cuales serán los equipos y las estrellas que llegarán de mejor forma a los playoffs finales. Pero el centro de atención no está puesto en la mejor liga del mundo, sino en la fase final del baloncesto universitario, conocido también como NCAA.

Por alguna razón, los norteamericanos simpatizan más por los colores de su universidad que por los del equipo de la NBA al que siguieron desde niños. Tanto es así, que las finales de la liga universitaria baten todos los récords de asistencia y audiencia. Los 64 equipos que acceden a esta instancia, sobre un total de 353 participantes, definirán la serie al mejor de un partido en cancha neutral. El que gana pasa de ronda. El que pierde se vuelve a casa. La tremenda adrenalina con que se vive este torneo hizo que se lo denomine como “March Madness”, la locura de marzo.

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Y vale la pena remontarse a 1983. La Universidad de North Carolina conseguía el segundo título de su historia de la mano de un novato. A esta altura estará pensando que al editor se le chifló el moño. ¿Qué hace escribiendo de basket en la web de bioeconomía? Ahí viene la respuesta. Mientras Michael Jordan, con tan solo 19 años deslumbraba al mundo del baloncesto conduciendo a sus compañeros a la gloria, a miles de kilómetros de allí, en el partido de Chacabuco en la provincia de Buenos Aires, se organizaba la primera muestra del campo en acción. La “Expodinámica en La Laura”.  Por primera vez en el país, el público podía ver los últimos avances tecnológicos de las maquinarias en pleno funcionamiento. Poco a poco se fue convirtiendo en un clásico de todos los años. Bajo distintos nombres según la empresa que la organizaba, la Expo se fue ganando su lugar hasta convertirse hoy en la mayor feria del agro a cielo abierto del mundo. Por allí pasaron todas las novedades disruptivas del agro moderno que llevaron a la agricultura argentina a ser la más sustentable del mundo. Las sembradores capaces de implantar semillas sin laborear la tierra, las fumigadores con botalones de fibra de carbono, las silobolsas que cambiaron para siempre la comercialización de granos y muchas novedades más. Hoy, Expoagro es la vidriera mundial de la maquinaria agrícola.

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Pero este año llega con un condimento amargo. Las urgencias fiscales llevaron a que el gobierno vaya nuevamente por las retenciones a la soja. La segunda vez en tres meses. En esta oportunidad, a cambio de rebajas en los derechos de exportación en los productos de las economías regionales. Los ánimos de los productores estaban caldeados y reaccionaron con un paro por 4 días a partir del próximo lunes. Justo cuando se desarrolla Expoagro. Una reacción inoportuna a una medida, quizás innecesaria. Y otra vez vemos a nuestra Argentina divida entre el campo y la ciudad.

No existe un impuesto más unitario que las retenciones. No son coparticipables y su recaudación suele no llegar al interior productivo. Además, disminuyen los ingresos fiscales por ganancias, un impuesto que si es coparticipable y se distribuye por todo el país. Pero el daño mayor recae en la pérdida de competividad de la agricultura, retrasando la aplicación de tecnología. Los planteos se vuelven más conservadores y menos productivos. Una menor cosecha en toneladas son menos viajes de camiones, menos cubiertas vendidas, menos silobolsas vendidos, menos almuerzos en parrillas, menos peajes pagados, menos servicios profesionales de asesoramiento, menos ventas de pickups, etc. En resumen, menos dinero en el bolsillo de los habitantes del interior.

Para colmo, la sociedad urbana está convencida que las retenciones son algo bueno y que el campo debe aportar más que el resto. Los movimientos ambientalistas, a su vez, apuntan cada vez contra la agricultura señalándola como uno de los sectores que más contribuyen al calentamiento global. La urbanidad argentina desconoce que tenemos la huella de carbono agrícola más baja del mundo. Y aquí nada tiene que ver nuestras condiciones naturales, sino que es producto de 30 años de siembra directa, rotación de cultivos, implantación de cultivos de cobertura, e integración con ganadería. Todas prácticas agrícolas que están comenzando a impulsar las universidades más prestigiosas de EEUU, justamente como un método para combatir al cambio climático.

A criterio de quien escribe estas líneas, es momento que la dirigencia rural argentina apunte todos sus esfuerzos en un trabajo de comunicación para mostrar al mundo urbano y político estos conceptos. Ganarse a la sociedad mostrándole que el campo necesita poder invertir en tecnología para producir mejores alimentos, de forma sustentable y ayudar a generar más divisas para que el país salga adelante. Así será mucho más fácil convencer a nuestros gobernantes de la necesidad de armar planes económicos que no tengan como primera opción captar la renta del campo a través de las retenciones.

Y quizás, una de las formas sea invitándolos a conocer el campo por adentro, tal como lo muestra Expoagro. Exponiendo todo el paquete tecnológico que hay detrás de la agricultura argentina. Sin embargo, hay rumores que habría una protesta en la entrada a la feria. Boicotear una muestra donde acuden las personas y empresas que están del mismo lado de la vereda no parece un camino lógico. Las pymes hacen enormes esfuerzos para estar allí presentes. Muchas de ellas, además son familias de campo. Esperemos que prime la cordura y que quienes quieran visitar la muestra puedan acceder libremente.

Porque la próxima semana el Autódromo de San Nicolás será epicentro de una verdadera locura. Los gigantes de 2 metros que hacen malabares con una pelota naranja estarán disfrazados de cosechadoras, pulverizadoras, sembradoras, y otros novedosos implementos agrícolas que marcan tendencia en el mundo. Las mascotas de los equipos serán los globos, las banderas y los coloridos stands que captarán la atención de los visitantes. Y los futuros Michael Jordan se reencarnarán en drones, sensores, aplicaciones y software indicándonos que la agricultura del futuro está a la vuelta de la esquina. Nuestro “March Madeness Criollo» merece ser disfrutado en paz.

 
 
 
 

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