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Memorias de domingos de Pascuas

Usualmente, al sentarme a escribir esta columna suelo tener el tema elegido. Sobre todo, cuando se trata de un domingo especial. El tema estaba claro de entrada. No podía ser otro que La Pascua. Piénselo un segundo y dígame si no hay mucha bioeconomía en la mesa de un Domingo de Pascua.

Aun teniendo el tema tan definido, me gusta hacer un repaso sobre las noticias de la semana. Siempre encuentro algún dato interesante y pasado por alto que suele ser de gran aporte. Y mientras iba leyendo una a una las notas del portal se me vinieron a la memoria un montón de recuerdos de mi época de productor agrícola. Quizás porque las Pascuas caen en plena cosecha. Pero quizás también, porque con esto de la pandemia, estamos un poco más reflexivos.

Traté de recordar en cuántos asados de Pascua no pude estar por la cosecha. Inmediatamente pensé en lo difícil que sería hoy con la cuarentena de por medio. Como sucede con muchas familias, en la mía solemos juntarnos a celebrar hermanos, abuelos, tíos, primos, etc. En aquellos días, sabía que si me tocaba ausentarme, mis hijos y su madre quedaban acompañados por el resto de los familiares. Pero con el aislamiento, la ausencia se vuelve mucho más notoria. Por eso quiero dedicar esta columna a todas aquellas familias y parejas que hoy no puedan celebrar juntos este día especial por tener la responsabilidad de cumplir con sus compromisos laborales.

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Recordé con nostalgia la adrenalina que sentía cuando la cosechadora estaba por ingresar al lote. ¿Estará lo suficientemente seca la soja? ¿Tendrá granos verdes? Todas preguntas que se responden una vez que la máquina comience la trilla.

Enseguida me di cuenta de que en aquella época era tan ansioso como ahora. Si bien al día de la cosecha ya tenía los datos de la estimación del agrónomo y de los rindes del barrio, no servía de mucho. Me causó gracia recordar que me sabía a la perfección cuantos kilos cabían en la tolva de la cosechadora. Tenía la costumbre de ir contando los metros que hacía la máquina hasta llenar su tolva para ir estimando el rinde. Los monitores de rendimiento recién estaban haciendo su aparición. Muchos no estaban calibrados. La ansiedad era mayor porque calcular la superficie que se va cosechando en las cabeceras es casi imposible. Había que esperar a las tiradas largas. Y después estaba la duda si descargaba con la tolva llena, andando o parada. Entonces empezaba con cálculos de máxima y mínima. Si descargó con la tolva llena y andando, son unas 6,5 toneladas, y fue y vino, son 800 metros por dos, da 1600, entonces con la plataforma de 9 metros estamos en 45 quintales de piso. No, no puede ser, es mucho. La tolva no debe haber estado llena. Debe haber estado al 85%. En vez de 6,5 descargó entonces 5,5 ton, entonces estamos en… 38, 39 quintales de piso. Si, es más lógico. Pero la ilusión de los 45 queda hasta completar el lote.

En todas estas cuentas no entran los cálculos económicos. Esos quedaban para más adelante. En ese momento solo importa conocer si las decisiones agronómicas tomadas a lo largo de una campaña habían sido las correctas. La elección de la variedad de semilla, la fecha de siembra, la dosis de fertilizante, los productos elegidos para el combate de las malezas, los insectos o los hongos, y si se habían realizado a tiempo. Demasiadas variables que se estaban por expresar en los kilos que iba a levantar esa cosechadora.

Y me acuerdo de cuando se completa el primer camión. Había que llenar la carta de porte con los 9 números de Cuit. ¡Si nueve razones sociales que intervienen en una operación de transporte de granos! Los espero de a uno a los que dicen que el campo no genera empleo. Hagan la fila. Una vez pesado el camión había que sacar el CTG. Es maldito código que se obtenía en la web de la AFIP. No se como serán las conexiones ahora, pero en aquel momento lograr captar señal en el campo era imposible. Entonces llamábamos a la familia reunida en el asado.  Ahí están a la expectativa para brindar el apoyo logístico necesario. ¿Me sacas el CTG? – Si dame un minuto que me conecto-, te decían del otro lado. Y en la espera para que la computadora arranque venían las preguntas ¿Sale seca? ¿Empezaron por el lote del puesto de Medina? ¿Sabés cuanto rinde? ¿Está yendo el otro camión? ¿Armaron la silobolsa por las dudas que no vaya? La familia también es parte.

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Me acuerdo de que una vez que se iba el primer camión había un poco más de tiempo. Y como la ansiedad no aflojaba, llegaba el momento de subirse a la cosechadora. No sé por qué, pero siempre tuve la idea de que al contratista no le gusta que se le suban a su máquina. Pero la realidad es que siempre me han recibido muy bien. Es parte del equipo también. Además de ser el responsable de la siembra y de las pulverizaciones, siempre es el primero en alertar cuando hay un ataque de plagas. Sabe todo lo que pasa en la zona. Y tiene la visión de arriba de la máquina que le otorga un grado de conocimiento adicional del comportamiento de los lotes. Ese también era uno de los motivos por los que me gusta subirme a la cosechadora. Desde ahí se ve todo. “Buen tardes Marcelo”, y enseguida del saludo respetuoso va la pregunta. ¿Cómo la ve? Y ahí viene el parte de todo el lote. “En la zona baja una barbaridad, pero en la loma se queda un poco. Pero yo tengo fe que vamos a estar cómodos arriba de 40”, jeje, no estaban tan mal mis cálculos.

Tampoco había mucho tiempo para quedarse en la máquina. Apenas una o dos tiradas porque hay que ir a cargar el otro camión. Se repite la escena del llamado y se pasa el nuevo parte un poco más preciso. Antes de partir a la balanza se comprueba que el tercer camión aun no llego. Entonces el apoyo logístico sirve para descargar los nervios. No vino el camión. Vamos a tener que mandar a la bolsa. No te olvides de guardarme un pedazo del huevo que hizo la tía. Por experiencia, uno ya conoce que en plena cosecha el cuello de botella son los camiones. Sobre todo, en Domingo Santo. Por eso tiene preparada la silobolsa.

Y así transcurría la tarde hasta la medianoche. Ahora las cuentas de los metros de avance de la cosechadora se reemplazaban por los metros de bolsa. Porque, por mas que las tolvas tengan balanza y el maquinista diga su estimación, yo necesitaba mis números. Si mal no recuerdo, eran 3,3 ton/metro si la bolsa estaba apretada; 3,1 si estaba un poco más floja.

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