Locos efectos de la pandemia

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

El lunes pasado, en un hecho inédito, la cotización del barril de petróleo en el mercado estadounidense descendió hasta valores de U$S -38 por barril. De un día para el otro, la pandemia obligo a que la mitad de los habitantes del planeta deban quedarse recluidos en sus casas con sus autos estacionados en la cochera. Repentinamente dejaron de consumir combustibles. Los tanques de las refinerías y de los yacimientos se fueron colmando hasta que no hubo más lugar para almacenar el petróleo. Ni siquiera en los miles de buques petroleros que están siendo utilizados como almacenamiento, flotando en el mar a la espera de poder encontrar algún puerto con capacidad disponible para poder descargar. Una bomba de tiempo ante posibles derrames.

El día 21 de cada mes vencen los contratos en el mercado del WTI, el mercado de referencia para el petróleo norteamericano. A diferencia del Brent – de referencia para el petróleo extraído de los yacimientos del Mar del Norte-, las operaciones son sobre el producto físico. Es decir, no se permiten compensaciones financieras. Quien tenía comprado petróleo a mayo no iba a tener donde guardarlo y tan solo disponía de un día para negociar su venta. La cotización negativa se explica en que resultaba una pérdida menor pagar para que otro lo retire, que tener que afrontar la multa por no comprar el producto.

Más allá de la situación excepcional del día 20, las cotizaciones del WTI y del Brent se ubican hoy en U$S 17 y U$S 22 por barril respectivamente. Cifras que representan casi la tercera parte de los valores registrados a comienzos de año: U$S 60 y U$S 65, y casi una cuarta parte de su valor un año atrás: U$S 65 y U$S 73.

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Pero lo notable es lo que reflejan los mercados para los próximos años. Los contratos de futuros a mayo del año que viene se ubican en torno a los U$S 30 por barril, muy por debajo de los U$S 45 que le pidió el sector petrolero argentino al gobierno como precio sostén. En el mercado Brent, que se utiliza como referencia para el petróleo argentino, el valor se alcanzaría recién a mediados de 2024. O sea, habría que subsidiar al sector por 5 años.

La otra situación para destacar en los mercados energéticos es que cada vez se manifiesta más la ruptura de la relación de precios entre el petróleo y el gas natural. Este último, a pesar de la pandemia, mantiene prácticamente los mismos precios que los correspondientes al mes de febrero. El gas natural es indicado como el combustible más limpio dentro de los fósiles y la materia prima para la elaboración de urea. El fertilizante que le da vida a Vaca Muerta.

Varios informes han mostrado que en estos días de aislamiento ha disminuido el nivel de emisiones. La semana pasada alertábamos que, al no haberse producido por una acción concertada sobre el cambio climático, está el riesgo que se las emisiones se disparen nuevamente cuando haya que poner de vuelta en marcha la economía. Pero también nos hemos dado cuenta de que muchas de las actividades, a las que antes necesitábamos trasladarnos, hoy podemos hacerlas desde nuestros hogares u oficinas. Quizás sea esta una de las pocas cosas positivas que nos deje la pandemia. Especialmente, para aquellos que se movilizan en automóvil, uno de los medios de transporte más ineficientes y con mayor huella ambiental. Sobre todo, cuando se considera también la obra pública asociada a la construcción de accesos a las ciudades, autopistas o playas de estacionamiento. La construcción es el segundo sector más contaminante y el ritmo de crecimiento de la infraestructura vial no llegan nunca a dar soluciones al aumento de tráfico que traen aparejadas las mismas obras.

La baja en la emisiones globales que está ocurriendo por la pandemia pone en duda los argumentos de quienes acusan al agro de ser uno de los grandes contribuyentes al cambio climático. La agricultura es prácticamente el único sector de los importantes que no ha sentido el impacto del Covid-19 en términos productivos. Sin embargo, algunas cadenas, sobre todo aquellas vinculadas a los alimentos frescos, han encontrado dificultades para colocar sus productos. La disminución del turismo y el cierre de restaurantes y cafeterías tuvo una fuerte repercusión en la demanda de lácteos, u otros productos como los vinos. En otros casos, la falta de mano de obra por el aislamiento, o la imposibilidad de trasladar losa productos obligó al descarte de frutas y verduras en buen estado.

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En el caso de los productores ganaderos, especialmente en EEUU donde la burlanda de maíz es un insumo clave en las raciones de los feedlots, han sufrido daños colaterales por el aislamiento. Ante la caída de la demanda de combustibles, las refinadoras dejaron de retirar bioetanol. Las destilerías de maíz, que convierten el grano en partes iguales de biocombustible, burlanda y de dióxido de carbono, se quedaron sin espacio para almacenar el etanol, debiendo tener que detener su producción, afectando la disponibilidad de los otros dos coproductos. La falta de burlanda obligó a los ganaderos a tener que reformular sus dietas y conseguir una nueva fuente de proteína que antes estaba disponible localmente. Algunos nutricionistas estimaron el aumento del costo entre U$S 30 y U$S 50 por novillo terminado.

Aguas abajo, los frigoríficos, las cervecerías y las industrias de bebidas reportaron que están sufriendo la falta de dióxido de carbono, el otro coproducto de las destilerías de bioetanol. En la industria frigorífica, el gas se utiliza como refrigerante a lo largo de todo el proceso industrial, pero sobre todo en el sector de envasado y conservación. En el caso de la cerveza y bebidas, se adiciona como gasificante. Un par de semanas atrás, la Asociación de Gas Comprimido le envió una carta al vicepresidente Mike Pence para informarle la gravedad de la situación.

Otra de las consecuencias del Covid-19 es que ha disminuido la generación de residuos. Y esto que parece bueno tiene sus complicaciones. Desde Europa informan que por el cierre de restaurantes se ha reducido enormemente la oferta de aceite de cocina reutilizado (AVU), una materia prima para muchas refinerías de biodiesel. Grandes y pequeños productores utilizan el AVU para elaborar el biocombustible, pues le permite acceder a mejores precios.

El AVU es uno de los buenos ejemplos que nos trae la economía circular. Esto de convertir la basura, algo que uno tiene que pagar para deshacerse del problema, en algo que pueda ser revalorizado como un producto o insumo para otra industria. Previo a que florezca la industria de biodiesel, el AVU solía arrojarse por las cloacas generando daños ambientales, o en su defecto contratar un servicio de recolección. Hoy suele tener un valor de mercado en Europa similar al aceite de crudo de colza.

Y en estas cosas locas que tiene la pandemia, y la alteración de los mercados, nos acordaremos del 20 de abril del 2020 como el día en el que el petróleo se convirtió en basura. Hubo que pagar para que alguien se lo lleve.

 
 
 
 

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