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Las empresas productoras de biocombustibles del país han solicitado al Poder Ejecutivo que promueva el tratamiento de una nueva Ley de biocombustibles.
Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

El avance de la pandemia obligó a que la mitad de los habitantes del planeta nos tengamos que quedar en casa. Nuestros hijos aprendieron a usar la aplicación de classroom y muchos de nosotros nos vimos forzados a tener que aprender a trabajar desde el hogar. Así, con nuestros autos estacionados, descubrimos que de pronto, sin imaginarnos, logramos lo que ningún gobierno de los 195 países que firmaron el Acuerdo de París. Reducir drásticamente las emisiones de carbono. Quizás, sea esto, lo único positivo que nos dejara el Covid-19.

Esta semana se conoció un estudio publicado en la revista Nature Climate Change que muestra que las emisiones diarias de dióxido de carbono a nivel global están cayendo 17% respecto al promedio diario del año pasado.  Sobre ese valor, el transporte es responsable del 43%, la industria y la energía de otro 43%. El estudio es poco optimista sobre lo que puede acontecer con las emisiones una vez que los gobiernos apliquen los paquetes económicos para salir de la crisis. Sin embargo, permítanme un poco de optimismo. Y para eso les pido que me acompañen para analizar estos datos y elaborar algunas reflexiones.

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No(u) plan

En primer lugar, los únicos que no frenaron su actividad fueron los vegetales. Las pasturas y los cultivos siguieron creciendo y los productores recolectando su cosecha. Además, las vaquitas continuaron rumeando. Ergo, desmitifiquemos al campo como el gran responsable de la crisis climátca. Sobre todo al nuestro donde los productores utilizan siembra directa, cultivos de servicio e integración con ganadería. Prácticas que la ciencia ha comprobado que fijan carbono en el suelo.  A la vez consumen menos combustible, menos toneladas de herramientas, menos horas de uso de tractores. Es decir, producen menos emisiones.

Otro punto interesante es que es posible sostener las menores emisiones en el transporte. De a poco se ira recobrando la vida normal. Los chicos volverán a la escuela, pero seguramente, los más grandes habremos aprendido que algunas tareas podemos hacerlas sin tener que trasladarnos. Del mismo modo, una de las claves sobre las que trabajan empresas con visión de sustentabilidad ambiental es en logística más inteligente. Según el Libro Blanco de Scania, que propone una hoja de ruta para que en 2050 el transporte comercial sea neutro en emisiones, se puede reducir un 20% las emisiones tan solo optimizando la carga y los circuitos.

Y para cuando necesitemos movernos, podemos contar con biocombustibles. Tanto el biodiesel como el bioetanol reducen entre 70% y 85% las emisiones respecto a los combustibles fósiles. Esto puede realizarse de forma inmediata. No hace falta construir infraestructura. Sólo una decisión política, porque técnicamente, ya sabemos que es posible. Podría comenzar a implementarse en el transporte público, donde están los antecedentes del BioBus rosarino, que replicaron Salta y otras ciudades y la experiencia de la línea 132 en CABA.

A mediano plazo se puede ir trabajando el gas natural renovable (RNG). Hace unos días, en la conversación que mantuvimos con Marco Rangel, presidente para América del Sur de FPT -una empresa del grupo CNH que provee los motores a Iveco, Case IH y New Holland- nos contaba que estaban apostando muy fuerte a este combustible, pues en la región habrá una explosión en la producción de proteínas animales y el biogás emerge como una solución ambiental y de bajo costo. A ello, se le suma la gran infraestructura que hay en el país de GNC. El RNG puede inyectarse también en los gasoductos para reemplazar el gas natural. De esta forma, también contribuirá a reducir las emisiones en la industria. Sin duda, un recurso de enorme potencial.

Pero también hay de las malas. Esta misma semana se conoció otro informe que muestra que los gobiernos de los grandes países no se han animado a despegarse de los combustibles fósiles. El trabajo publicado por Oil Change International & Friends of the Earth, dos instituciones que promueven la transición hacia a energías limpias, muestra que desde la firma del Acuerdo de París los países del G20 han destinado USD 77 mil millones a financiar proyectos de energías sucias. Este valor triplica el financiamiento de proyectos energéticos verdes. Un hecho que muestra la distancia que hay entre el discurso y la acción.

Y en este sentido, por estas latitudes hay que sumarle que, en plena pandemia y con la mayoría de los contribuyentes realizando un enorme esfuerzo para mantenerse a flote, la industria petrolera ha comenzado a recibir un subsidio a través del “barril criollo”. Un sostén al precio del petróleo que le asegura un precio mínimo, independiente de su cotización en otras partes del mundo. Este beneficio llega en momentos donde la industria de biocombustibles -una de las más competitivas a nivel global, repleta de externalidades positivas que resaltamos permanentemente en este espacio- se encuentra prácticamente paralizada, ya las mismas petroleras han dejado de cumplir con el corte estipulado que exige Ley.

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Aún así, el contrato social del agro con el resto de la sociedad se ha fortalecido durante la pandemia. Los habitantes de la ciudad supieron que el alcohol en gel es un producto de nuestra industria de biocombustibles. Artistas de la talla de Víctor Heredia, Hilda Lizarazu, León Gieco, Charo Bogarín o Soledad Villamil, entre otros, reconocieron en un emotivo homenaje de IICA a los trabajadores de la cadena de alimentos. Hasta las pulverizadoras, que tenían prohibido acercarse a menos de 500 metros de los cascos urbanos, fueron convocadas para desinfectar las ciudades.

La pandemia ha contribuido, de alguna manera, a que la ciudad comience a reconocer cierta posición de liderazgo en el sector agroindustrial. Y que sus beneficios pueden repercutir en el país en su conjunto, contribuyendo al bienestar de toda la sociedad. Ahora nos queda el gran desafío de convencer al poder político. ¡Allá vamos!

 
 
 
 

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