El nodo de nuestra bioeconomía

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

En febrero de 1812, el Coronel Manuel Belgrano -al mando del Regimiento de Patricios- había sido designado para contener a las tropas realistas ante la amenaza de un avance desde Montevideo. Para cumplir la misión, creo dos unidades de defensa a la altura de la Villa del Rosario, que instaló a ambos lados del Río Paraná. Para distinguirse de sus enemigos, consiguió que el Triunvirato le apruebe vestir a su ejército con las escarapelas celestes y blancas, que el mismo había ideado. Entusiasmado, encargó a un grupo de damas liderado por Catalina Echevarría de Vidal la confección de una bandera con los mismos colores. Días más tarde, el 27 de febrero, a las seis y media de la tarde y sobre la barranca del Río, el joven Cosme Maciel izó por primera la bandera argentina. En ese lugar, hoy se levanta el Monumento Histórico Nacional a la Bandera. Justamente donde se encuentra el nodo central de nuestra bioeconomía.

Sobre el Paraná, a una distancia de 30 km hacía el sur y otros tantos hacía el norte, entre Arroyo Seco y Timbúes, se embarcan casi el 80% de las exportaciones agroindustriales argentinas, que a su vez representan el 60% de las exportaciones totales del país. Su importancia relativa es aún mucho mayor de lo que reflejan las cifras, pues prácticamente el complejo es exportador neto, es decir, no registra importaciones.

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En estos 60 km de costa se constituye el mayor y más moderno complejo de crushing de oleaginosas del planeta. Un monstruoso clúster de procesamiento de soja en harinas, aceites, biodiesel y refinación de glicerina, que comienza con el complejo de Dreyfus en Gral. Lagos y culmina en Timbúes con Renova. La mayor planta de molienda de soja del mundo, que se hizo muy popular en estos días por formar parte de los activos de Vicentín. Este conglomerado de empresas e industrias convierten a Argentina en el principal exportador mundial de glicerina refinada, de biodiesel, de aceite de soja y de harina de soja.

Este último es el principal producto exportable de Argentina. Llamativamente, es denominado por el Indec como “residuo y desperdicio de la industria alimentaria”, una nomenclatura que debería revisarse, pues estamos hablando del insumo proteico más importante en las dietas de producción de carne de casi todo el mundo. Nada parecido a un residuo.

También hace un poco de ruido que se denomine al sector agroindustrial como “sector primario”. En primer lugar, porque la agricultura hace varias décadas que se ha convertido en una actividad con enorme base científica. Donde hace 50 años se lograban maíces de 3 mil kilogramos por hectárea, ahora se cosechan 15 mil. Y ese valor agregado genuino es producto de cientos de millones de dólares que se invierten en biotecnología, en sembradoras de precisión, en pulverizadoras con control de caudal, en tractores y cosechadoras con monitoreo satelital y en el desarrollo de nuevos productos de protección de cultivo. Y también gracias a las prácticas sustentables del cuidado del suelo, a la inversión en capacitación y a la especificidad de las tareas de los contratistas, cada vez más profesionales. Un conjunto de acciones que ubican a la agricultura argentina como la más sustentable del mundo. Y al único sector del país que viene reduciendo sus emisiones de dióxido de carbono, aún aumentando su volumen de producción.

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Aguas abajo, los granos se aprovechan en su totalidad para elaborar una amplia gama de productos de mayor valor. En este sector, prácticamente no hay desperdicios ni residuos. Y donde los hay, hay varias iniciativas para convertirlos en recursos de valor, como por ejemplo biogás en los feedlots. En la agroindustria, cada vez los procesos son más complejos, haciendo que los productos tradicionales sean más puros, de mayor calidad y valor y dando origen a nuevos subproductos. Esto ha sido una constante en industrias como el crushing de soja con la lecitina y la cáscara; en la joven industria del bioetanol, al separar el aceite de la burlanda logrando diferentes calidades del alimento para la nutrición animal y en la molienda de trigo, con harinas de distintas calidades o integrando los procesos a plantas de alimentos balanceados. Si hay una característica en el sector, es la permanente actualización de los procesos industriales.

Rosario es mucho más que el centro de gravedad del complejo de crushing. Además de ser la primer ciudad en el mundo en hacer funcionar su transporte público completamente con biocombustibles, allí está una de las empresas símbolos de la bioeconomía argentina, Bioceres. Una empresa de soluciones biotecnológicas que ha construido alianzas con las principales compañías del mundo agrícola y que entre varios logros, ha desarrollado cultivos tolerantes a estrés hídrico. Allí cerquita están instalados Swift y Paladini, dos de los frigoríficos más importantes del país, que marcan el eslabón final de un importante complejo cárnico. Se completa con el mercado de hacienda Rosgan- el segundo más importante después del de Liniers- y varios feedlots de gran capacidad instalados en la zona. También encontramos varios molinos de trigo, lácteas, y otras industrias que si bien no procesan productos derivados del agro, tienen una enorme participación dentro del sector. Entre ellas se destacan John Deere y Evonik Metilatos, que provee del catalizador para la producción de biodiesel a toda América del Sur.

Un poco más lejos, en Carcarañá, el molino Juan Semino es la única industria en Sudámerica que elabora gluten en polvo. Un concentrado que contiene 75% de proteína y se obtiene a través de un novedoso proceso que no requiere la utilización de productos químicos. Y si seguimos ampliando el mapa aparecen Amstrong y Las Rosas con sus metalmecánicas, Nogoyá al otro del río con la láctea Boglione y el complejo BioNogoyá de producción de biodiesel y refinación de glicerina y muchísimas industrias más que resulta imposible enumerar.

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Manuel Belgrano, el padre de nuestra insignia patria fue un pionero en la agricultura sustentable. Distinguía entre la explotación de la tierra y el cultivo del suelo; y sostenía que para ser un buen agricultor se requerían tres condiciones: querer, poder y aplicar la ciencia. Promocionó el cultivo de cáñamo con la idea de desarrollar una industria a su alrededor. El cáñamo era la materia prima para la fabricación de telas, cuerdas y papel, y tiene la propiedad que su cultivo requiere poca agua y mejora la estructura del suelo. Características que hacen que hoy sea uno de los cultivos que más impulso está teniendo en este nuevo enfoque de la bioeconomía. De hecho, a comienzos de este año, la compañía fabricante de maquinaria agrícola, New Holland, anunció que está trabajando junto a la National Hemp Association (NHA) de Estados Unidos, en soluciones de cosecha mecanizada para cáñamo.

A dos siglos de su pase a la inmortalidad, queremos rendir nuestro humilde pero sincero homenaje a uno de los grandes ilustres que tuvo nuestra patria. Y cuyo símbolo, nuestra bandera, tiene su monumento al lado del Rio Paraná, donde converge nuestra bioeconomía.

 
 
 
 

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