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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

El martes pasado se desarrolló el quinto y último encuentro “Bioeconomía: la salida de la crisis con oportunidad”, una ciclo de charlas virtuales abiertas organizado por la Usina Social y una serie de universidades, entre las que se encuentra la UNNOBA -que tuvo la gentileza de cederme el espacio para contar como se fue desarrollando la industria argentina de biocombustibles. El ciclo resultó ser una muy buena iniciativa, donde a lo largo de sus 5 encuentros se mostraron casos concretos de modelos de negocios exitosos con el foco puesto en la sustentabilidad y el agregado de valor.

La iniciativa resultó muy oportuna. Mientras Europa acaba de lanzar un paquetede 700 mil millones de euros para la recuperación post Covid con el foco puesto en la bioeconomía y la economía circular, en Argentina las ventajas de este modelo aún no están siendo bien comprendidas. Prueba de ello, es la situación que está atravesando el sector de los biocombustibles, con precios que se mantienen congelados desde diciembre, plantas cerradas y una legislación que caduca en menos de 10 meses que debería haberse resuelto hace un par de años.

Para comprender el verdadero valor del aporte del modelo bioeconómico en la agroindustria argentina debemos remontarnos a 30 años atrás, cuando la producción agrícola era menos de la tercera parte de lo que es hoy. La irrupción de la siembra directa relegó a los instrumentos de tortura del suelo (le tomo prestado el término a mi padre, espero que no se enoje) a ser guardados en los tinglados como piezas de museo. Se dio paso a la modernidad, a una agricultura inteligente, eficiente y baja en emisiones. Inmediatamente llegaron los desarrollos biotecnológicos, creando un combo perfecto que permitió expandir la frontera agrícola y la multiplicación de los rendimientos.

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El aumento en el volumen de granos producido fue creando las condiciones para impulsar la expansión del complejo agroindustrial del Gran Rosario, hasta convertirse hoy en el más importante del mundo. Fueron necesarios buques de mayor porte, entonces hizo falta dragar la hidrovía. Y con ello surgió el enorme complejo agroindustrial de Timbúes, que describimos en profundidad hace dos semanas.

De esta forma, entre 1998 y 2007 pasamos de exportar 2 millones de tons de aceite de soja y 10 millones de tons harina de soja a 7,2 millones de tons y 25,6 millones de tons respectivamente. Nos convertimos en el primer exportador mundial de ambos productos.

El mundo demandaba cada vez más proteína, que es el 80% del poroto de soja. El 20% restante es aceite. Tiene mayor valor y contribuye con aproximadamente la mitad de los ingresos marginales de las aceiteras. Pero el comercio mundial de aceite de soja comenzó a estancarse. En esos 10 años, todo el comercio mundial creció en apenas 3,4 millones de tons por año, menos de las 3,9 millones de toneladas anuales que registró el crecimiento de las exportaciones argentina. Al 2007, de las 10,5 millones de toneladas de aceite de soja que se embarcaron en el mundo, 6 millones de toneladas salieron de los puertos argentinos. La mitad rumbo a un solo país, la India.

La producción de harina de soja y de aceite de soja van de la mano. Quedaba claro entonces, que si queríamos abastecer al mundo de harina, había que encontrar nuevos mercados para el aceite.

Mientras tanto, el cambio climático se instalaba en las agendas públicas de los gobiernos y se iba consolidando la tendencia en los principales mercados a exigir energías más amigables con el ambiente. La necesidad por lograr acciones de impacto inmediato ponían a los biocombustibles como la solución más eficaz.

Un grupo de entusiastas, liderados por Claudio Molina y mi padre, creamos la Asociación Argentina de Biocombustibles e Hidrógeno. Desde allí se impulsó una Ley para cortar al 5% las naftas y el gasoil con biodiesel y bioetanol respectivamente. Con amplio consenso, pocas veces visto entre los diferentes sectores políticos, en mayo de 2006 el Congreso dio sanción definitiva al nuevo esquema de combustibles que comenzó a regir a partir del primer día hábil de 2010.

Con el país escaso de divisas y dependiente del combustible extranjero, los biocombustibles rápidamente se convirtieron en recursos esenciales de la matriz energética nacional. De forma escalonada, el corte fue llevando del 5% hasta al 10% en biodiesel y 12% en bioetanol, vigentes hasta hoy. De esta forma se sustituyeron importaciones por más de U$S 10 mil millones, garantizando la provisión normal de combustibles, esenciales para consolidar el crecimiento de la producción agroindustrial. Al mismo tiempo, se registraron exportaciones por valores que superaron los U$S 15 mil millones.

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En términos de infraestructura se construyeron más de 35 plantas de biodiesel y 3 de refinación de glicerina, que llevaron al país a convertirse en el principal exportador mundial de estos dos productos. Al mismo tiempo se pudo continuar creciendo en exportaciones de harina de soja, el principal producto exportable del país. Entre 2007 y 2017 las exportaciones argentinas de harina de soja crecieron en 6,2 millones de toneladas anuales, algo más de U$S 2 mil millones a precios de hoy. Al mismo tiempo, las exportaciones de aceite se mantuvieron constantes. Salvo que ahora, las 3 millones de toneladas adicionales que se producen son convertidas en biodiesel, de las cuales la mitad se exportan como biocombustible; otros mil millones de dólares adicionales.

El mandato de biocombustible también alcanzó al alcohol. Se instalaron 13 plantas de bioetanol de caña de azúcar, 6 plantas de etanol de maíz de gran escala y 5 plantas más de pequeña escala. En total, la joven industria de los biocombustibles disparó inversiones por más de U$S 2.500 millones que derivaron en la creación de varias decenas de miles de empleos muy bien remunerados en el interior.

Los beneficios colaterales de la industria de bioetanol son formidables. En el caso de las refinerías de maíz se ha generado un círculo virtuoso con la ganadería y otros sectores de la economía que están en la búsqueda de mayor sostenibilidad. Por un lado, brindó a los establecimientos ganaderos la posibilidad de abastecerse de un alimento muy nutritivo, asequible y disponible localmente. A la vez, el estiércol de las vacas alimenta las plantas de biogás, que en algunos casos se encuentran integradas a los procesos productivos de las destilerías. Por otro lado, el dióxido de carbono capturado durante la fermentación del maíz brinda a la industria de bebidas carbonatadas (gasificadas) y frigorífica la posibilidad de reducir su huella de carbono, al reemplazar un insumo fósil por otro renovable. En el caso del bioetanol de caña ha permitido a los ingenios diversificar su producción, destinando parte de su caña a la producción de biocombustibles, reduciendo así la sobre-oferta de azúcar en los mercados, causa de innumerables crisis cíclicas en la industria.

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Por otro lado, al emplear etanol en mezclas con gasolina al 12%, no hace falta adicionar a MTBE, un aditivo que se utiliza para alcanzar el mínimo de octanos que requieren los motores modernos y que es señalado como nocivo para la salud, motivo por el que ha sido prohibido en varias regiones del planeta. Y que además es más caro.

Hasta ahora, la agricultura argentina, de la mano de la siembra directa, es el único sector del país que viene reducido sus emisiones netas, aun habiendo triplicando su producción. El biodiesel y el bioetanol no son sólo nuevos eslabones que se sumaron a estas cadenas. Al reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en valores superiores al 75% respecto a sus equivalentes fósiles, son vehículos para reducir las emisiones de varias industrias que necesitan mostrar resultados de sostenibilidad ambiental. Una de ellas es Quilmes, que utiliza mezclas altas de biodiesel en sus flotas de distribución.

En 2015, los líderes de 195 países – entre ellos Argentina- firmaron en París un documento donde se comprometieron a hacer los esfuerzos necesarios para mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales. Hoy sabemos que descarbonizando sólo la energía no llegamos al objetivo, necesitamos de la reducción de emisiones en todos los productos y servicios de la economía.

Si partimos de la agricultura más sustentable del mundo, una agroindustria muy competitiva, un país dotado de recursos biológicos casi sin explorar y una industria forestal dispuesta a ser protagonista. ¿Con estos antecedentes, si cada uno hace su parte, no estamos cerca de una nueva revolución?

 
 
 
 

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