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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

El anuncio de un posible desembarco de capitales chinos para instalar granjas de cerdos en Argentina encendió las redes sociales con debates cargados de emociones ideológicas y carentes de fundamentos técnicos y científicos.

Pero antes de meternos de lleno en la polémica es importante resaltar que desde este portal impulsamos los sistemas de producción sustentables de todo tipo de producto o servicio que involucren a la biomasa. Y los alimentos no son la excepción. Sabemos que hay un público creciente que demanda alimentos más saludables y/o con menor impacto ambiental; y en algunos casos, que no quieren la matanza de animales para cubrir sus necesidades nutricionales. Por eso seguimos de cerca la evolución de las proteínas alternativas, dedicamos mucho espacio a la producción orgánica, así como a todo tipo de sistema productivo o tecnología que persiga mejorar la calidad, la inocuidad o la sostenibilidad ambiental y social de la producción de alimentos. Pero entendemos que ser carnívoro, flexitariano o vegano es una elección individual de cada habitante del planeta y debe ser respetada. De uno y de otro lado.

En tal sentido, los productores ganaderos deberán atender a los reclamos de la sociedad, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con el bienestar animal y la gestión ambiental de la producción, adoptando de forma masiva las buenas prácticas ganaderas.

Durante las discusiones se expusieron una serie de afirmaciones que desvían el foco de lo verdaderamente importante, que es saber si estas granjas atentan contra la inocuidad de los alimentos, el maltrato animal, el medio ambiente y la salud de los trabajadores y vecinos. No tiene sentido a esta altura discutir si es posible obtener suficientes nutrientes de una dieta vegana. Está más que probado que sí. De hecho, la India ha estado viviendo de dietas vegetariana durante siglos. Pero tampoco tiene sentido demonizar la agricultura argentina, reconocida por su sustentabilidad en todo el mundo, excepto en Argentina. Por eso resulta oportuno repasar algunas cosas que se dijeron que hacen mucho daño a la actividad.

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“Producimos soja transgénica para los chinos”. La afirmación es falsa. El promedio de los últimos años indica que el 90% de la soja se exporta en forma de harina y aceite. Argentina es el principal exportador de ambos productos y responsable de la mitad de todo el comercio mundial de ellos. La harina es el principal producto de exportación del país y no se le vende a China. Tampoco aceite. Tan sólo una porción del poroto sin procesar, que lamentablemente está en aumento desde que se aumentaron las retenciones a los subproductos el año pasado.

Otro punto para destacar en la frase es la connotación negativa de la palabra “transgénica”. Gracias a los organismos genéticamente modificados se ha mejorado la vida de millones de personas. El caso mas simbólico es el de la insulina, que hoy le permite a más de 400 millones de personas diagnosticadas con diabetes hacer una vida normal. Hasta hace 45 años, se obtenía precisamente del páncreas de los cerdos. Pero en 1973 se creó la primera insulina a partir de bacterias transgénicas y a partir de los años 80 se adoptó de forma masiva. En el otro extremo, en 2011, 32 ciudadanos alemanes y uno de origen belga murieron por ingerir brotes de soja cultivados en una granja orgánica germana. Habían sido fertilizados con aguas cloacales y contaminados con E. coli. Que un alimento sea orgánico o transgénico no quiere decir que sea bueno o malo. Lo importante es que se cumpla con los protocolos de inocuidad.

“Modelo de sojización y desmonte”. En primer lugar, la soja no es el principal cultivo del país. Ocupa el segundo puesto detrás del maíz. Durante años se castigó la producción de cereales con el cierre de exportaciones que derivaron en la peor siembra y producción de trigo de la historia. Sin embargo, mientras no hubo restricciones al comercio exterior de cereales, la intención de siembra, los rendimientos y la producción de maíz y trigo se mantuvieron en franco crecimiento.

La agricultura argentina es modelo en todo el mundo por su sostenibilidad. La adopción de buenas prácticas, como la siembra directa y la rotación de cultivos y ahora los cultivos de servicio, secuestran carbono de la atmósfera y lo fija en el suelo, mitigando el cambio climático. Esto demanda menor uso de agroquímicos, menor consumo de fertilizantes, de agua y de energía. Cuando se mide la eficiencia de la producción agrícola en términos de kilogramos cosechados por unidad de cualquiera de estos insumos mencionados, nadie la supera a Argentina.

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En el Acuerdo Verde Europeo el cuidado del suelo ocupa un capítulo central. Desde distintas organizaciones están proponiendo la inclusión de la siembra directa como solución para recuperar los degradados suelos del viejo mundo. (Publicamos un artículo esta semana sobre el tema). Varias iniciativas en los cinco continentes se han puesto en marcha buscando retribuir monetariamente con bonos de carbono a los productores que adopten las prácticas de siembra directa, como un método de secuestro de carbono. Argentina, por tener ya incorporada esta práctica desde hace varios años no califica para estos programas. Es decir, por ser sustentables desde hace 20 años, nos perdimos la oportunidad. Ningún sector en la economía argentina ha logrado estándares de reducción de emisiones netas como lo ha hecho la agricultura, aún habiendo triplicado su producción en los últimos 30 años.

Otro punto a favor es que el 85% de la soja del país se produce a menos de 300 km de algún puerto. Una zona donde nunca hubo monte y por lo tanto no pudo haber habido desmonte. Y en el caso que los haya habido en alguna otra región es responsabilidad de las autoridades tomar las medidas necesarias, pero de ninguna manera se le puede atribuir al 99,9% de los productores que cumplen con la ley. Esta cercanía a los puertos reduce la huella ambiental del transporte. A ello se le suma el modelo de contratistas característico en nuestro país. Un sistema donde una empresa se especializa en las tareas de siembra, cosecha o pulverización y presta el servicio a los agricultores. Al ser más eficiente el uso de maquinaria, se reduce el consumo de mineral de hierro por cada tonelada de cereal u oleaginosa cosechada. Y a la vez, la especialización en las tares otorga mayores garantías de una correcta aplicación de los productos, minimizando los riesgos de daños ambientales. Y como si fuera poco, un tercio de toda la producción de soja es aportada por los agricultores argentinos para la seguridad social del país.

“Los agronegocios no resuelven el problema del hambre”. Los agronegocios no son ni buenos ni malos. Toda actividad productiva con fines comerciales persigue una renta. Y la producción de todo tipo de alimentos que integra alguna cadena comercial es un agronegocio. Incluso la producción orgánica de alimentos o la producción de papel sobre la que se imprimen los libros que despotrican contra los agronegocios.

Es la biotecnología la que hizo volar por los aires la teoría de Malthus. En plena expansión demográfica y con millones de habitantes del sudeste asiático dejando cada año la pobreza y accediendo al consumo de proteínas animales, la provisión de alimentos jamás estuvo amenazada. Si de golpe se produciría únicamente con lo que se conoce como agroecología -tal como defienden muchos de los que manifestaron su oposición a las granjas de cerdos- con mínima intervención y baja tecnología, se reduciría enormemente la oferta de alimentos conduciendo a una abrupta caída de la oferta y aumento de precios que pondría en jaque la seguridad alimentaria. Un ejemplo de ello son los alimentos orgánicos, que suelen ser más caros que los convencionales. Y muchas veces, como sucede con las manzanas, el mayor precio no encuentra mercados y deben comercializarse como convencionales, aún habiendo sido cultivada de forma orgánica. La agricultura urbana, en todas sus formas, es una opción muy interesante para acortar la cadena de suministro y reducir los precios al consumidor final de los vegetales.

Y yendo específicamente a las granjas, en la producción de baja escala, los cerdos viven en chiqueros y se alimentan literalmente de basura. En las granjas modernas, se cuida al extremo la sanidad y el confort de los animales, así como su alimentación. Como toda producción intensiva requiere sus controles. Pero hay varias granjas de este tipo en el país, quizás no tan grandes como las que se proponen, pero funcionan, y muy bien. Lejos están de representar algún tipo de peligro para el ambiente y mucho menos para la salud del personal o las comunidades vecinas. Al contrario, se busca preservar la higiene y la inmunidad sanitaria al punto tal que cuando uno las visita debe colocarse un atuendo similar a cuando se ingresa a un quirófano.

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Ya sea en Argentina, en China, o cualquier otro país esas granjas se van a construir y esos cerdos van a existir. Si se instalan en Argentina, será una oportunidad de empleo, de desarrollo regional, de generación de divisas y de poder construir industrias energéticas a partir de los purines. Se abre la posibilidad de producir grandes volúmenes de biogás carbono negativo, es decir que compensa las emisiones de otras fuentes y reemplazar gas que hoy es producido con técnicas cuestionables como el fracking.

Y además podemos nosotros poner las condiciones ambientales y controlar que se produzca con buenas prácticas, como se hace en EEUU o España, donde no hubo ningún tipo de inconvenientes.

Los habitantes de China tienen todo el derecho para disfrutar de la carne de cerdo. Pasaron años alimentándose con dietas vegetarianas sin posibilidades de acceder a las proteínas animales. Ahora que pueden, dejemos que las saboreen y aprovechemos para ser nosotros quienes las proveamos produciendo de forma responsable. Porque si no lo van a hacer otros. Y al fin y al cabo, esos cerdos, como muchos animales y especies vegetales que se siembran en el planeta, van a existir porque hay gente que se las quiere a comer.

 
 
 
 

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