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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

A fines de 1997, en Kioto, Japón, los países industrializados reconocieron que eran los principales responsables de los elevados niveles de concentración de gases de efecto invernadero (GEI), causantes del calentamiento global. En un hecho sin precedentes se comprometieron a estabilizar sus emisiones.

Por esas cuestiones de la política, la entrada en vigor del “Protocolo de Kyoto” se demoró hasta 2005. Aún así, varios países comenzaron a implementar desde fines de la década del `90 medidas para descarbonizar el sector de la energía y el transporte, los dos principales responsables del cambio climático. Tanto la Unión Europea como EEUU aplicaron cortes mínimos de biocombustibles, así como ayudas financieras y subsidios para acelerar su implementación.

Este transición energética generó una enorme oportunidad para Argentina, que estaba atravesando un fenomenal proceso de expansión agroindustrial. Los avances biotecnológicos, que multiplicaron la producción de soja y maíz, así como la privatización de los puertos y el dragado de la Hidrovía, que en manos de las empresas derivaron en la construcción del mayor polo de crushing de oleaginosas del planeta, aseguraban un flujo de abastecimiento de materias primas para el surgimiento de una nueva industria competitiva. La industria de los biocombustibles.

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El primer paso lo dio el biodiesel con el foco puesto en el mercado externo. Las primeras refinerías se construyeron anexadas a las plantas de crushing, que contaban con sus propios puertos. Así, el primer embarque se registró en el año 2006. Tres años más tarde, las exportaciones sumaban un valor de casi mil millones de dólares.

Paralelamente, con amplio consenso en ambas cámaras, se sancionó en 2006 la Ley 26.093 que impulsó el uso de biocombustibles en el mercado interno. Estableció el mandato para cortar al 5% la nafta y el gasoil con bioetanol y biodiesel respectivamente a partir del año 2010. Este nuevo marco regulatorio fue un impulso al desarrollo de más de 50 nuevas refinerías de biodiesel y bioetanol en 10 provincias distintas, con inversiones que superaron ampliamente los U$S 2.500 millones.

Con el país escaso de divisas y dependiente del combustible extranjero, los biocombustibles rápidamente se convirtieron en recursos esenciales de la matriz energética nacional. De forma escalonada, el corte se llevó desde el 5% hasta al 10% en biodiesel y al 12% en bioetanol, vigentes hasta hoy. En estos años, se sustituyeron importaciones por más de U$S 10 mil millones, garantizando la provisión normal de combustibles, esenciales para consolidar el crecimiento de la producción agroindustrial. Al mismo tiempo, se registraron exportaciones de biodiesel por valores que superaron ampliamente los U$S 15 mil millones.

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Aguas abajo de la producción de biocombustibles están creciendo nuevos sectores que agregan valor a los coproductos y residuos de esta industria. Hay muchos ejemplos que lo muestran.

En los ingenios, donde los residuos de la molienda de caña de azúcar son utilizados como fuente de energía para el proceso; la producción de etanol, al consumir menos energía que la producción de azúcar, permite una mayor exportación de electricidad renovable a la red. Empresas como Seaboard, complementan el uso de bagazo en las calderas con otras fuentes de biomasa como eucaliptus, orujo de la industria olivícola, cáscara de maní y semilla de algodón. Y cuentan con instalaciones donde convierten los residuos del ingenio en biofertilizantes, permitiendo un ahorro económico, pero sobre todo una reducción en la huella ambiental en todo el proceso.

En el caso del bioetanol de maíz, por ejemplo, Bio4 ha construido un ecosistema de plantas en torno a la producción de biocombustibles, energía, alimentos y fertilizantes orgánicos. Un sistema de agregado de valor y economía circular que se compone de la destilería, dos centrales eléctricas a biogás y un feedlot. La empresa surgió a partir de la asociación de 25 productores agropecuarios que se juntaron para hacer un proyecto de escala y competir de igual a igual con las grandes empresas del sector.

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Y por último, la industria de biodiesel derivó en la construcción de tres plantas de refinación de glicerina que ubicaron al país como el principal exportador mundial de este producto. La glicerina es un insumo de alto valor para diferentes industrias, como la aeronáutica, alimenticia, farmacéutica, tabacalera, textil, cosmética y del cuero, entre otras. En las próximas semanas el grupo Bahía Energía, una de las pymes que entrega biodiesel al mercado interno, estará inaugurando la cuarta planta de este tipo en la localidad de Ramallo, apuntando también al mercado exportador.

Pero esto es solo la punta del ovillo. Porque durante el Acuerdo de París las potencias se pusieron de acuerdo en que con descarbonizar la energía no alcanza para lograr los objetivos de reducción de emisiones. La reducción de emisiones deberá llevarse a cabo en todos los sectores de la economía. Esto nos ubica ante el inicio de una nueva era, que abre una perspectiva gigantesca para todo el amplio espectro de productos que derivan de la fotosíntesis.

Pero a diferencia de lo que sucedió con los biocombustibles, en esta oportunidad ya hay una serie de empresas que vienen liderando el camino de la bioeconomía. Sin embargo, y a pesar de que sus ventajas son tan notorias, aún no hay en la sociedad un reconocimiento a la posición de liderazgo que tiene el sector agroindustrial. Un paso necesario para consolidar este modelo de desarrollo sostenible.

Ayudar a lograrlo es nuestro propósito.

 
 
 
 

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