La historia de Juana García Palomares, distinguida por el IICA como ‘Líder de la Ruralidad’

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La mexicana Juana García Palomares, impulsora de la organización colectiva de las pequeñas y medianas agricultoras y una de las creadoras de la Asociación Nacional de Mujeres Empresarias del Campo, fue declarada “Líder de la Ruralidad” por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

La distinción, denominada “Alma de la Ruralidad”, reconoce su trayectoria de trabajo a favor del bienestar de las comunidades rurales y de la producción de alimentos saludables en armonía con la naturaleza.

Juana lidera desde hace más de 25 años una unidad de manejo para la conservación de la vida silvestre, en el sureño estado de Chiapas, en la cual se dedica a la producción animal y a la restauración del ambiente.

El reconocimiento a los Líderes de la Ruralidad de las Américas es realizado por el IICA para premiar y dar visibilidad a quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia. Se trata de hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo de América Latina y el Caribe.

La Asociación Nacional de Mujeres Empresarias del Campo reúne a 127 organizaciones y 9.000 agricultoras de los 32 estados de México y su objetivo es garantizar que los alimentos sean producidos con altos estándares de calidad y sostenibilidad.

Juana es además Directora de Igualdad de Género del municipio de Berriozábal, en la entidad de Chiapas, cargo desde el que trabaja junto a comunidades vulnerables en la erradicación de la violencia doméstica, entre otras problemáticas.

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El IICA, que considera a la agricultura como un instrumento para la paz y la integración de los pueblos, trabaja junto a sus 34 Representaciones en las Américas para la selección de los #Líderesdelaruralidad.

Juana García Palomares, la mujer que entendió que el trabajo colectivo es el único camino para las agricultoras

Juana García Palomares nació en el norte de México, en una numerosa familia campesina que vivía y trabajaba la tierra en el estado de Tamaulipas. Su padre era productor de caña de azúcar y de maíz, mientras que su madre se dedicaba a las tareas del hogar, que nunca resultaban pocas en una casa donde había nada menos que ocho hijos y dos hijas.

“Cuando yo era niña –recuerda- la vida en el campo era muy diferente a la de hoy. La agricultura se realizaba sin el uso indiscriminado de agroquímicos. Había un trato mucho más cuidadoso y generoso con los recursos naturales. Se protegía el agua y la tierra, con prácticas que habían sido heredadas de pasadas generaciones”.

Su infancia feliz en la ruralidad estuvo marcada por la libertad para comunicarse con la naturaleza, en un escenario que –asegura- fue cambiando con el paso de los años: “Yo llegaba de la escuela, me cambiaba y me bañaba en un arroyo que había cerca de mi casa, con agua cristalina. Eso se terminó, desafortunadamente, debido a que la actual contaminación de los cuerpos de agua ha creado un paisaje muy diferente”.

A los 15 años Juana salió de su entorno rural para ir a la ciudad a estudiar. Se graduó como ingeniera química industrial en la Universidad Autónoma de Nuevo León, pero no llegó a ejercer su profesión porque supo que su vocación era trabajar al lado de las comunidades rurales más desfavorecidas en la organización y la asociatividad, como camino para acceder a una mejor calidad de vida.

Muy especialmente, su vocación era la búsqueda de opciones productivas que permitieran atender los múltiples problemas que enfrentan las mujeres y hombres que viven y trabajan en la ruralidad.

En 1996, Juana y su familia se instalaron en el sur de México. En el municipio de Berriozábal, del estado de Chiapas, instalaron una unidad de manejo para la conservación de la fauna silvestre. Se llama Santa Cecilia y tiene una hectárea y media de superficie, en la que producen de manera sostenible animales nativos y exóticos, como venados, faisanes, pecaríes de collar y pavos reales, con los que apuntan a la recuperación de poblaciones, a la reproducción y a la venta para alimentación.

También reciben y rehabilitan animales que son rescatados en estado de salud crítico. “Es un espacio donde restauramos la salud del suelo, de la fauna y de la flora, que hoy sirve para mostrar a niños y a jóvenes que es posible recuperar los recursos naturales que las personas hemos destruido. Además, vendemos carne silvestre producida con los más altos estándares de calidad”, dice Juana.

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Pero tal vez lo más importante que ella aprendió a partir de su experiencia en la producción animal fue la necesidad de que los pequeños productores –y, especialmente, las pequeñas productoras- se nuclearan en asociaciones, porque sin organización e información se hace prácticamente imposible llevar adelante emprendimientos agrícolas exitosos, debido sobre todo a las dificultades para acceder a mecanismos de financiación y comercialización y, sobre todo, a herramientas de capacitación y asesoría técnica.

“Nosotras –cuenta Juana- hemos identificado que en nuestro país el aporte de las mujeres en mano de obra para la producción de alimentos es del 43% del total. Sin embargo, cuando comparamos los apoyos que reciben hombres y mujeres hay una brecha que nos hace vulnerables. Esta realidad la hemos enfrentado buscando opciones organizativas. Así creamos en 2017 la Asociación Nacional de Mujeres Empresarias del Campo, que está integrada por 127 entidades y tiene en total 9 000 mujeres afiliadas en los 32 estados mexicanos. La Asociación trabaja para que los alimentos que llegan a las mesas se produzcan con respeto a los principios de calidad y respeto a los recursos naturales”.

Las mujeres que integran la Asociación producen desde cultivos como cacao, nueces, hortalizas, maíz o frijol hasta productos elaborados como mermeladas, lácteos, cervezas o cosméticos naturales y también cultivan flores y crían ganado mayor y menor, entre otras actividades.

“Luego de la producción –explica Juana- nuestra segunda preocupación fue la comercialización y entonces participamos permanentemente en ferias, exposiciones y otros espacios donde podemos mostrar nuestros productos. El apoyo del IICA también ha sido muy importante para visibilizar nuestros esfuerzos. Esto nos fortalece”.

Juana explica que, a pesar de la gran extensión y de la extraordinaria diversidad de culturas y de ecosistemas que tiene México, las debilidades, amenazas, oportunidades y fortalezas de las agricultoras en todo el país son parecidas.

“Este es un gran país, en el que las mujeres tienen una gran riqueza de conocimientos tradicionales que las hace fuertes. Pero ese cúmulo de experiencias no tendría sentido sin asociaciones y organizaciones de mujeres y hombres del campo y de la ciudad que trabajan juntos para encontrar soluciones para los problemas día a día”, afirma.

Hoy Juana es también la Directora de Igualdad de Género del municipio de Berriozábal, cargo desde el que atiende problemáticas relacionadas con violencia física y psicológica, que crecieron durante el encierro forzado por la pandemia de Covid-19.

“Hay muchas situaciones que tenemos que enfrentar –dice- a pesar de que Chiapas es un estado maravilloso, con grandes oportunidades. Como sostiene un dicho, somos como el burro del aguador, que está cargado de agua pero muere de sed. Es que contamos con muchos recursos naturales y sin embargo tenemos poblaciones en extrema pobreza. Esa situación no debería existir y por eso trabajamos para inspirar a jóvenes y a mujeres en el amor a nuestra tierra y la preservación de nuestras riquezas”.

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“Tenemos que hacer que los jóvenes –agrega- valoren el trabajo de las anteriores generaciones para hacer de nuestro planeta y de nuestra comunidad espacios donde podamos vivir en armonía. El origen de las mujeres y los hombres es la tierra; llegó la hora de que nos sintamos orgullosos de esos orígenes y de que conozcamos la historia, porque quien no conoce la historia está condenado a no vivir plenamente. Yo invito a los jóvenes a que tomen los conocimientos de las generaciones anteriores y los combinen con sus propios conocimientos, para contribuir al  desarrollo de sus comunidades. No puede haber un desarrollo urbano armónico si abandonamos el campo, porque no habría alimentos. Sin el campo estamos condenados a la rápida extinción. Eso no es un pensamiento catastrófico, sino una realidad. Volver al origen es valorar la tierra y el manejo sostenible de los recursos naturales”.

Hoy Juana asegura que es, orgullosamente, una mujer campesina. Y está convencida de que la principal responsabilidad de las actuales generaciones es asumir que no son dueñas de los recursos naturales y que su responsabilidad es preservarlos y recuperarlos para el bienestar de las futuras generaciones.

“Si queremos construir un mundo en el que haya paz –resume-, debemos asumir que la humanidad no podrá existir si no valora los recursos naturales y olvida su origen”.

 
 
 
 
 

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