A las afueras de muchas ciudades europeas, donde el paisaje se confunde entre colinas artificiales y el olor persistente de desechos envejecidos, se esconde una de las amenazas climáticas más subestimadas del presente: el metano liberado por los vertederos. Lejos de ser un residuo del pasado, este gas continúa su ascenso silencioso hacia la atmósfera, desafiando incluso las metas más ambiciosas del Pacto Verde Europeo.
La escena puede parecer estática, pero bajo la superficie ocurre una actividad intensa. A través de complejos procesos de descomposición anaeróbica, los residuos orgánicos depositados en vertederos generan metano, un gas que, medido en términos de potencial de calentamiento global, tiene una capacidad de atrapar calor 27 veces mayor que el dióxido de carbono en un horizonte de cien años. A veinte años, su efecto se dispara a casi 80 veces. Ese poder climático inmediato convierte al metano en un actor decisivo del calentamiento global en las próximas décadas. Y los vertederos, lejos de ser una fuente marginal, concentran en Europa alrededor del 18% de sus emisiones de metano según datos de 2021.
En este escenario, un estudio comisionado por la firma suiza Kanadevia Inova AG y realizado por Prognos AG e ifeu gGmbH se propuso dimensionar el problema con precisión técnica. El trabajo modeló distintos escenarios de emisiones futuras derivadas de residuos municipales sólidos depositados entre 2022 y 2050 en la Unión Europea y el Reino Unido, y proyectó su impacto climático hasta el año 2130.
Lo que encontraron fue, en sus propias palabras, una bomba de tiempo.
El legado de la basura enterrada
Incluso si Europa lograra detener hoy mismo todos los depósitos de residuos orgánicos en vertederos, los efectos de los ya enterrados persistirían durante más de un siglo. En el escenario inercial —sin mejoras adicionales ni nuevas políticas— se estima que se enterrarán 1.902 millones de toneladas de residuos entre 2022 y 2050. Esa masa generará, en su ciclo de descomposición, aproximadamente 1.515 millones de toneladas equivalentes de dióxido de carbono en forma de metano, considerando un horizonte de calentamiento a 100 años (GWP 100). Lo más impactante es que el 37% de esas emisiones, es decir, más de 560 millones de toneladas, se liberará después de 2050.
El estudio comparó este escenario con otros tres: uno basado en la tendencia actual de reducción (que aún así no lograría alcanzar los objetivos), otro que simula la implementación plena de la Directiva Marco de Residuos —limitando al 10% la fracción de residuos urbanos enviados a vertederos—, y un escenario extremo de prohibición total a partir de 2023. Solo en este último caso, las emisiones descenderían de manera drástica a tan solo 52 millones de toneladas equivalentes, una reducción del 96,6% respecto al escenario inercial.
Una ecuación más compleja de lo que parece
La cantidad de residuos depositados no es el único factor determinante. La composición del residuo, expresada en el estudio como el porcentaje de carbono orgánico degradable (DOC), y la eficiencia del sistema de captura de gas metano (tasa R), alteran profundamente el impacto final.
Países como Grecia, con residuos de alto contenido degradable (DOC de 0,45) y sistemas de captura prácticamente inexistentes, registran una huella de metano por tonelada de residuo muy superior a la media. En contraste, el Reino Unido presenta una combinación más eficiente, con tasas de captura cercanas al 56%, lo que le permite mitigar parte del impacto.
Estas diferencias, lejos de ser anecdóticas, afectan la capacidad de los países de cumplir con sus compromisos climáticos. Según el modelo desarrollado, cinco países —Grecia, Portugal, Rumania, España y República Checa— no se encuentran en la trayectoria necesaria para alcanzar la meta del 10% de vertido que exige la legislación europea.
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Metano: el gas que podría darnos tiempo
La corta vida del metano en la atmósfera —unos doce años en promedio— le otorga una característica paradójica: es a la vez una amenaza urgente y una oportunidad táctica. Reducir sus emisiones no solo genera beneficios inmediatos, sino que ofrece una ventana de tiempo crucial para reforzar otras estrategias de descarbonización a más largo plazo.
Este “efecto palanca” ha sido reconocido por la Comisión Europea, que ha puesto al sector de residuos bajo escrutinio en varias iniciativas recientes, incluyendo la nueva Regulación de Metano (2024/1787), el Plan de Acción de Economía Circular y las revisiones a la Directiva de Vertederos. Pero el estudio de Prognos e ifeu advierte que, sin datos más sólidos y metodologías más transparentes, las políticas seguirán construyéndose sobre estimaciones inciertas.
Una acción que empieza por saber
El informe subraya la urgencia de reforzar los sistemas de medición, incluyendo tecnologías satelitales y modelizaciones consistentes a escala nacional. Las brechas de información —ya sea en composición de residuos, eficiencia de captura o métricas históricas— no solo dificultan la implementación de políticas eficaces, sino que desdibujan la verdadera magnitud del problema.
En definitiva, lo que hoy parece una amenaza invisible bajo tierra podría convertirse, si no se actúa con decisión, en una barrera infranqueable para alcanzar la neutralidad climática. Las emisiones de metano de los vertederos no son un capítulo cerrado del pasado, sino una historia que recién comienza a escribirse. Y que Europa, si quiere cumplir sus promesas ambientales, debe reescribir con urgencia.


