“Los incentivos del mercado van a contramano de la sostenibilidad”. La frase, lanzada por Luiz Inácio Lula da Silva durante la cumbre del Brics celebrada el pasado 6 y 7 de julio en Río de Janeiro, fue más que una crítica: fue una acusación directa al corazón del sistema económico global. El presidente brasileño apuntó contra el verdadero motor del cambio climático: el dinero.
Según Lula, el año pasado 65 de los bancos más grandes del mundo destinaron 869 mil millones de dólares a inversiones en combustibles fósiles. Una cifra que, por sí sola, pone en evidencia la paradoja más brutal del debate climático: mientras el mundo habla de transición energética, el capital sigue financiando la crisis.
Promesas verdes, realidades grises
El contexto no podía ser más simbólico. En noviembre, Brasil será anfitrión de la COP30, la cumbre climática que por primera vez se celebrará en el corazón de la Amazonía. Y aunque en la COP29 —realizada en 2024 en Bakú— se acordó movilizar 300 mil millones de dólares anuales para acción climática, el Sur Global reclama mucho más.
Desde el gobierno brasileño ya se habla de elevar la vara a 1.300 millones de dólares por año, sumando capital público y privado, con foco en los países más expuestos y con menor capacidad de respuesta. Pero Lula fue más allá del reclamo numérico: expuso el doble discurso de los actores financieros globales, que por un lado prometen apoyar la transición ecológica, y por el otro siguen apostando al petróleo, el gas y el carbón.
El presidente de Brasil denunció que el sistema financiero internacional está alimentando activamente la crisis climática que luego pretende resolver con fondos insuficientes.
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Financiar el colapso o sostener la transición
La denuncia de Lula no fue solo retórica. Fue parte de una narrativa más amplia que busca reposicionar a Brasil como actor clave del Sur Global, no solo en defensa propia, sino como vocero de los que menos contaminan y más sufren.
“La transición solo será justa si los recursos llegan a quienes más los necesitan”, afirmó el mandatario, al tiempo que exigió una reforma profunda del sistema multilateral. Su crítica al FMI, al que acusó de promover un modelo económico que refuerza la desigualdad, dejó claro que la disputa climática es también una disputa de poder político y financiero.
Propuestas con acento tropical
El gobierno de Brasil no se limitó solo a señalar el problema. Durante la cumbre del Brics, presentó iniciativas concretas. Una de las más ambiciosas es el Tropical Forest Forever Facility (TFFF), un fondo que apunta a recaudar 125 mil millones de dólares para conservar un billón de hectáreas de bosques tropicales en 80 países del mundo en desarrollo. El mensaje es claro: proteger la biodiversidad también requiere inversiones a gran escala.
Además, se anunció la creación de la Asociación de Mercados de Carbono del Brics, un marco de cooperación para fortalecer las capacidades técnicas y movilizar recursos de manera ágil ante emergencias climáticas. A diferencia de los mecanismos unilaterales impuestos por algunos países desarrollados, este enfoque apuesta por una arquitectura multilateral, más equitativa y sin castigos encubiertos a las exportaciones del Sur.
Cuando las finanzas sí pueden cambiar el rumbo
Otro eje clave de la cumbre fue el papel del Banco de Desarrollo del Brics (NDB), que comprometió el 40% de su cartera a inversiones sostenibles. Hasta el momento, ha aprobado 40 mil millones de dólares en proyectos de energía limpia, protección ambiental y acceso al agua. Brasil, en particular, captó 6.400 millones distribuidos en 29 iniciativas bajo la agenda climática.
Este tipo de financiamiento alternativo busca demostrar que es posible redirigir el capital hacia soluciones reales, rompiendo con la lógica especulativa de los grandes bancos internacionales.
Rumbo a Belém: una COP30 con acento del Sur
Con estas cartas sobre la mesa, Brasil se prepara para recibir a las delegaciones del mundo en Belém, una ciudad emblemática para la defensa de la Amazonía y de los pueblos que la habitan. Allí, más que promesas, se esperan definiciones: ¿el dinero seguirá financiando el colapso o sostendrá la transición?
Lula quiere que la COP30 marque un punto de inflexión. No solo por lo que se decida en términos técnicos, sino por el cambio de tono. Porque la lucha climática no puede seguir librándose con discursos vacíos mientras el capital sigue fluyendo hacia los fósiles.
Y en ese escenario, Brasil ya no quiere ser espectador. Quiere ser protagonista. Porque en esta historia, los países que enfrentan las llamas no pueden seguir esperando a que alguien más apague el incendio.


