La escena podría pertenecer a cualquier región agroindustrial de Sudamérica: caminos rurales que atraviesan predios productivos, instalaciones vinculadas a la actividad pecuaria, un ritmo de trabajo marcado por corrientes orgánicas que entran, procesos que transforman y materiales que siguen su camino en la cadena productiva. En ese paisaje cotidiano, donde la biología y la industria conviven desde hace décadas, se ha venido gestando una fuente de energía que hasta hace muy poco parecía destinada a permanecer en segundo plano. El biogás, ese subproducto que emerge silenciosamente de la digestión anaeróbica, empezó a revelar un potencial que la región todavía no había aprovechado del todo: transformarse en un gas renovable de alta calidad y, más aún, en su versión líquida, capaz de almacenar grandes cantidades de energía en poco volumen.
El interés por los gases renovables crece en el mundo entero. Sectores industriales y logísticos buscan alternativas que permitan reducir el uso de combustibles fósiles sin renunciar a la disponibilidad energética que su actividad demanda. En ese contexto, el biometano tomó una relevancia que ya no admite dudas. Y dentro de esa familia, el Bio-LNG —biometano licuado— se posiciona como un vector energético que combina origen renovable, alto poder energético y una logística consolidada para su transporte y almacenamiento. El desafío para Sudamérica era claro: contar con los recursos orgánicos y con el biogás no bastaba; hacía falta la infraestructura técnica que permitiera convertir ese recurso en un combustible con especificaciones industriales y capacidad real de despliegue territorial.
Ese salto tecnológico finalmente ocurrió en Chile.
El hito sudamericano: una planta pionera en pleno territorio agrícola
La primera planta de Bio-LNG operativa de Sudamérica está ubicada en la región de Ñuble, al sur de Santiago. Es una zona marcada por la agricultura y la producción animal, donde la industria porcina tiene presencia significativa y donde existen plantas de digestión anaeróbica que convierten las corrientes orgánicas de ese sector en biogás. Ese biogás, generado localmente, es el punto de partida de un proyecto que marca un antes y un después para la bioeconomía regional.
Detrás de esta iniciativa están HAM Group, empresa española reconocida internacionalmente por su trabajo en soluciones de biometano, GNL y GNC —desde ingeniería y fabricación hasta la operación de plantas de licuefacción y estaciones de servicio—, y Empresas Lipigas, compañía energética con presencia en Chile, Colombia, Perú y Ecuador, que distribuye soluciones de gas para hogares, comercios, industrias y transporte. Su alianza permitió llevar al terreno chileno una tecnología que hasta ahora Sudamérica no tenía en funcionamiento: el upgrading y licuefacción de biogás para la producción de Bio-LNG.
Un diseño modular que reduce tiempos y permite replicar el modelo
La planta de Ñuble llama la atención por su configuración modular containerizada. En lugar de un complejo industrial construido pieza a pieza in situ, el proyecto se basa en seis módulos independientes, diseñados y ensamblados antes de ser transportados al sitio. Tres de ellos se destinan estrictamente al procesamiento del biogás: limpieza, secado, separación del dióxido de carbono y obtención del biometano que luego será licuado. Los otros tres proporcionan servicios auxiliares fundamentales —agua, aire seco, sistemas de soporte— que aseguran la operación continua y eficiente.
Este formato “plug & play” es más que una decisión de ingeniería: es un modelo pensado para reducir plazos, simplificar la instalación en zonas rurales y facilitar su replicación en otros puntos del país y de la región. Sudamérica cuenta con una enorme diversidad de territorios agroindustriales, muchos con biogás disponible, pero no siempre con condiciones para obras civiles complejas. Un sistema modular permite que el corazón tecnológico del proyecto llegue prácticamente listo para operar.
En su primera fase, la planta procesa 7.500 metros cúbicos diarios de biogás, con una capacidad proyectada de 16.500 metros cúbicos diarios al alcanzar el régimen de operación plena. La instalación es completamente automatizada y se gestiona en remoto, una característica clave para operar eficientemente en un entorno rural donde la disponibilidad permanente de equipos técnicos numerosos puede ser limitada.
Del biogás porcino al biometano licuado
El origen del biogás que alimenta este proyecto está en la industria porcina de la región, que utiliza digestores anaeróbicos para procesar sus corrientes orgánicas. Se trata de un biogás cuyo tratamiento requiere tecnologías específicas para asegurar la calidad del biometano resultante. En la planta de Ñuble, ese biogás pasa por un proceso de upgrading que elimina impurezas y ajusta su composición hasta obtener un biometano de alta pureza, apto para la etapa final: la licuefacción.
La licuefacción convierte al biometano en Bio-LNG, un líquido criogénico estable que se almacena en tanques y se transporta en camiones cisterna con las mismas lógicas operativas que el GNL. Ese Bio-LNG será comercializado por Lipigas para abastecer a flotas de camiones y consumidores industriales que buscan combustibles renovables que puedan integrarse a operaciones exigentes.
Un proyecto que conecta energía, territorio y economía circular
Más allá de la tecnología, la planta de Ñuble refleja un modelo de bioeconomía que convierte un recurso existente en una cadena de valor más compleja y útil. El digestato que queda luego de la digestión anaeróbica puede emplearse como fertilizante, devolviendo nutrientes a los suelos agrícolas. La planta genera actividad económica en la región, incorpora empleo vinculado a tecnologías avanzadas y posiciona al territorio como un nodo que participa de una transición energética basada en recursos propios.
HAM, Lipigas y la proyección regional del Bio-LNG
La experiencia internacional de HAM Group —con plantas operativas en Girona (España) y Faenza (Italia)— se combina con la capacidad logística y comercial de Lipigas para llevar este producto al mercado. El resultado es una infraestructura que no solo abastece a Chile, sino que también demuestra que Sudamérica tiene capacidad para producir Bio-LNG con estándares internacionales.
La planta de Ñuble marca un inicio: a partir de ahora, el continente ya no depende exclusivamente de experiencias externas para hablar de Bio-LNG. Tiene una referencia concreta, situada en un territorio agrícola, integrada a un ecosistema productivo y con potencial de replicarse allí donde haya biogás y voluntad de transformarlo en energía líquida.
El primer Bio-LNG de Sudamérica es más que un combustible: es la prueba de que la región puede avanzar hacia soluciones renovables surgidas de sus propios recursos. Y es, también, el comienzo de una conversación que recién empieza.


