El mundo entero discute cómo volar sin seguir quemando el planeta. Las aerolíneas, presionadas por consumidores, reguladores y metas climáticas, buscan alternativas para reducir sus emisiones. En Europa, ya es obligatorio. En Estados Unidos, es prioridad. Pero ahora, quien sorprendió al mundo no fue una potencia tradicional, sino un actor inesperado: Tailandia.
Desde el 1 de enero de 2026, este país del Sudeste Asiático se convirtió en el primero del Sur Global en imponer por ley el uso de combustible sostenible para aviación (SAF) en vuelos comerciales. El mandato establece una mezcla obligatoria mínima del 1% en el Jet A-1, el queroseno estándar que alimenta la mayoría de los aviones de pasajeros. Con esta decisión, Tailandia no solo se alineó con las exigencias internacionales del Acuerdo de París y las metas de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), sino que también aceleró una transición energética propia, basada en innovación y economía circular.
¿Qué es el SAF y por qué importa?
El SAF o Sustainable Aviation Fuel es un combustible alternativo que puede reemplazar parcial o totalmente al queroseno de origen fósil. Se produce a partir de materias primas renovables, como aceites vegetales, grasas animales o residuos agrícolas, y puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta en un 80% respecto del combustible convencional, dependiendo de la tecnología y el ciclo de vida analizado.
En el caso tailandés, la normativa se apoya en la tecnología HEFA (Hydroprocessed Esters and Fatty Acids), que convierte aceites vegetales en un combustible compatible con los estándares internacionales. Específicamente, la norma ASTM D7566, que regula las características técnicas del SAF, será el marco obligatorio que deberán cumplir todos los productores del país.
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Una hoja de ruta con respaldo técnico y político
La nueva regulación tailandesa, confirmada por el Departamento de Negocios Energéticos, clasifica el Jet A-1 en tres tipos: convencional, co-hidroprocesado (mezcla en refinería) y convencional mezclado con SAF puro. Esto no solo brinda claridad técnica a toda la cadena logística, sino que habilita controles de calidad en producción y comercialización, clave para garantizar la seguridad operacional.
Sarawut Kaewtathip, director general del organismo, explicó que el objetivo es doble: asegurar estándares internacionales y estimular la producción local de biocombustibles sostenibles. El funcionario remarcó que el paso dado es coherente con la meta nacional de alcanzar la neutralidad de carbono, y que forma parte de una política más amplia de transición energética con foco en sectores intensivos en emisiones.
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Plantas en marcha: economía circular como motor del cambio
Tailandia no parte de cero. El país ya cuenta con proyectos concretos para producir SAF a escala industrial. La estatal Bangchak Corporation, un actor clave en el sector energético tailandés, construye una planta con capacidad instalada para generar un millón de litros diarios de SAF, equivalente a más de seis mil barriles por día. Su materia prima principal será aceite de cocina usado, recolectado a nivel nacional. Se espera que la planta comience a operar comercialmente en el segundo trimestre de 2026.
Por su parte, PTT Global Chemical (GC), brazo petroquímico del gigante PTT, ya produce SAF mediante co-hidroprocesado. Su planta, también basada en aceites vegetales, opera desde hace meses con una capacidad inicial de más de 16 mil litros diarios.
Ambos proyectos reflejan una estrategia nacional que combina tecnología disponible, recursos locales y una política pública orientada al cumplimiento de compromisos climáticos sin perder competitividad industrial.
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Un primer paso que sienta precedente en el Sur Global
Si bien Europa ya aplica desde 2025 una mezcla obligatoria del 2% de SAF en vuelos que parten de aeropuertos comunitarios, y Estados Unidos ofrece fuertes incentivos fiscales, ningún país del Sur Global había adoptado hasta ahora un mandato legal. Tailandia rompe esa inercia. Y lo hace con una hoja de ruta técnicamente robusta, alineada con estándares internacionales, y con inversiones productivas en curso.
La decisión tailandesa podría convertirse en referencia para otros países en desarrollo que buscan compatibilizar sus metas ambientales con el desarrollo económico. También pone en evidencia que la bioeconomía es una herramienta estratégica para transiciones energéticas justas, locales y sostenibles.


