lunes, mayo 11, 2026
 

El renacer de la pastura bajo el sol: la agrivoltaica escala posiciones en el corazón agrícola

Un estudio de la Universidad Estatal de Ohio revela que la producción de forrajes entre paneles solares no solo es viable, sino que optimiza costos de siembra y recupera suelos compactados.

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Entre los paneles de una instalación solar operativa en Ohio crece la alfalfa. No se trata de un ensayo ni un gesto decorativo. Crece con fines comerciales, como cultivo forrajero real, cosechado con maquinaria convencional, medido con los mismos parámetros que se usan en cualquier campo vecino. Al cabo de dos temporadas, los números sorprendieron incluso a quienes habían diseñado el proyecto.

Ese es el núcleo de lo que Eric Romich, especialista en extensión de campo de la Universidad Estatal de Ohio —una de las instituciones de investigación agropecuaria más relevantes del Medio Oeste estadounidense—, presentó durante una sesión virtual del programa MI Ag Ideas, organizado por la Extensión de la Universidad Estatal de Michigan. Junto a Brady Campbell, profesor asistente y especialista en pequeños rumiantes de la misma universidad, Romich compartió los primeros resultados de un proyecto de investigación financiado por el Departamento de Energía de los Estados Unidos, orientado a evaluar si la producción forrajera dentro de parques solares de gran escala es técnica y económicamente viable.

La pregunta no era menor. La agrivoltaica —el uso simultáneo de una misma superficie para generar energía solar y producir alimentos o biomasa— viene ganando terreno como concepto en distintas partes del mundo. Pero la mayoría de los proyectos existentes, según el propio Romich, se concentran en escalas pequeñas y usos relativamente sencillos: jardines de polinizadores, pastoreo extensivo con ovejas, cultivos hortícolas bajo los paneles. «Nos interesaba encontrar soluciones que fueran escalables y económicas», explicó el investigador durante la presentación.

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Dos cultivos, dos temporadas, una instalación real

El diseño del estudio fue deliberadamente exigente. En lugar de construir una estructura experimental ad hoc, el equipo trabajó dentro de una instalación solar comercial ya operativa, estableciendo parcelas replicadas de dos cultivos: alfalfa y una mezcla de gramíneas de estación fría para heno. Cada parcela al interior de los arrays solares fue comparada con parcelas testigo ubicadas fuera del sistema, en condiciones convencionales de campo abierto.

La alfalfa es un cultivo forrajero de alto valor proteico, ampliamente utilizado en la alimentación de ganado lechero, bovinos y pequeños rumiantes. Su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico la convierte además en un aliado natural para la salud del suelo. Elegirla como cultivo central del ensayo no fue casual: si la agrivoltaica quería demostrar viabilidad comercial, tenía que hacerlo con un cultivo que los productores ya conocen, ya venden y ya saben cómo manejar.

El primer año presentó condiciones adversas. La sequía durante la implantación comprometió el establecimiento inicial de los cultivos, una dificultad que el equipo tomó como dato en lugar de descartarla. En el segundo año, sin embargo, los resultados fueron contundentes: la alfalfa cultivada entre los paneles solares produjo rendimientos comparables a los de los lotes testigo, incluso cuando se sembró con tasas de semilla un 25% menores a las convencionales. «Podés obtener la misma cantidad de rendimiento y ahorrar un 25% en el costo de semilla», señaló Campbell, subrayando las implicancias económicas directas para el productor.

La calidad del forraje también se mantuvo. Los niveles de proteína cruda y los parámetros nutricionales generales resultaron adecuados para las principales categorías de ganado, incluyendo bovinos de carne y pequeños rumiantes. «La alfalfa se establece bien, se desempeña bien dentro de estas áreas, tiene buen rendimiento y también buena calidad», resumió Campbell.

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Las gramíneas también respondieron

El comportamiento de la mezcla de gramíneas de estación fría para heno siguió una tendencia similar. En algunos de los callejones entre paneles, las parcelas interiores produjeron rendimientos estimados superiores a los de los lotes testigo ubicados fuera del sistema solar. Un resultado que, lejos de ser un dato anecdótico, refuerza la hipótesis central del estudio: que la sombra parcial generada por los paneles no necesariamente perjudica la producción forrajera y, en ciertas condiciones, puede incluso favorecerla al reducir el estrés hídrico de los cultivos.

Los niveles de proteína cruda de las gramíneas también resultaron adecuados para distintas categorías ganaderas, lo que amplía el universo de productores que podrían encontrar en este modelo una alternativa viable para sus sistemas de alimentación.

El suelo: del daño a la recuperación

Uno de los aspectos más relevantes del estudio, y quizás el menos intuitivo, tiene que ver con el impacto sobre el suelo. La construcción de instalaciones solares de gran escala implica el ingreso de maquinaria pesada, movimientos de tierra y alteraciones que pueden generar compactación significativa, uno de los problemas más costosos y difíciles de revertir en suelos agrícolas.

El equipo tomó mediciones de compactación antes del inicio de la construcción del parque solar, lo que les permitió contar con una línea de base real para comparar. Los resultados mostraron que, efectivamente, la compactación aumentó durante la fase de obra. Pero también mostraron algo más alentador: después de un año de cultivo forrajero, la compactación comenzó a reducirse. «Después de un año de cultivo, empezamos a ver cierta reducción en esa compactación», señaló Romich.

Es un dato con implicancias que van más allá del ensayo. Sugiere que integrar cultivos forrajeros dentro de instalaciones solares no solo permite producir alimento y energía en el mismo espacio: también puede contribuir a restaurar la condición física del suelo afectada por la construcción, cerrando un ciclo que de otro modo quedaría abierto durante décadas.

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Diseño desde el inicio, no como parche

Tanto Romich como Campbell fueron enfáticos en un punto que condiciona todo lo demás: la agrivoltaica forrajera a escala no puede pensarse como una adaptación posterior a un parque solar ya construido. Requiere ser incorporada desde la etapa de diseño del proyecto. El drenaje del terreno, la orientación y separación entre hileras de paneles, el ancho de los callejones de trabajo y la eliminación de obstáculos que dificulten el ingreso de maquinaria son variables que deben resolverse antes de que se instale el primer panel.

«Esto va a requerir compromisos desde el principio», advirtió Romich. La advertencia apunta a un cambio de lógica en la manera en que se planifican y aprueban los proyectos solares: si la producción agrícola va a formar parte del sistema, tiene que estar en los planos originales, no agregarse como una concesión tardía al propietario del campo.

Campbell lo planteó desde el lugar del productor: «La parte emocionante para mí fue poder ver que producimos un producto viable en el mercado y de buena calidad. Eso es lo que realmente importa para los productores.» La frase sintetiza bien el espíritu del estudio: no se trata de demostrar que algo es posible en condiciones ideales de laboratorio, sino de mostrar que funciona con los estándares que un productor real necesita para tomar decisiones económicas.

Misma tierra, dos usos, una sola decisión

Lo que este estudio aporta al debate sobre el uso del suelo es una respuesta concreta a una tensión que suele plantearse en términos de disyuntiva: energía o alimento, paneles o cultivos, desarrollo o campo. La agrivoltaica forrajera a escala megawatt no resuelve esa tensión eligiendo uno de los dos términos. La disuelve produciendo los dos al mismo tiempo, en el mismo espacio, con los mismos estándares de calidad que cada mercado exige.

La alfalfa que creció entre los paneles en Ohio no tuvo que competir con la electricidad que generaban las celdas sobre su cabeza. Simplemente creció. Y eso, en sí mismo, cambia las preguntas que vale la pena hacerse.

 
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