Entre diciembre y enero, mientras la mayor parte del campo agrícola argentino concentraba su atención en la soja y el maíz, un cargamento diferente comenzaba su viaje hacia Europa. No era harina de soja. No era aceite de girasol. Era el resultado de meses de trabajo sobre miles de lotes distribuidos en ocho provincias: aceite de colza, cártamo y camelina producido bajo un programa de certificación de carbono que demostró emisiones mínimas y fijación neta de carbono en el suelo. Al llegar a destino, ese aceite entrará en la cadena de producción de biocombustibles de segunda generación, el segmento que hoy concentra la mayor parte del crecimiento en el mercado europeo de energías renovables.
Detrás del embarque está Bunge, una de las empresas líderes en soluciones agroindustriales a nivel global, con fuerte presencia en la cadena de oleaginosas argentina desde la producción primaria hasta el procesamiento y la exportación. El aceite exportado forma parte del programa de Agricultura Regenerativa que la compañía viene desarrollando en el país y que en esta campaña alcanzó un volumen tres veces superior al de la anterior: más de 90.000 hectáreas productivas organizadas en más de 1.000 lotes a lo largo de ocho provincias.
Qué son los biocombustibles de segunda generación y por qué necesitan este tipo de aceite
Los biocombustibles de segunda generación se producen a partir de materias primas no alimentarias para humanos. En el caso de los aceites vegetales, la distinción no pasa solo por el tipo de cultivo sino por cómo se produjo: las normativas europeas —en particular la Directiva de Energías Renovables (RED II y su actualización RED III)— exigen que los biocombustibles usados para cumplir con las metas de descarbonización acrediten una reducción mínima de emisiones de gases de efecto invernadero de al menos 60 %respecto al combustible fósil que reemplazan. Y no basta con la promesa: hay que demostrarlo con certificaciones verificables a lo largo de toda la cadena.
Esa exigencia convirtió a la huella de carbono en el nuevo estándar de calidad de exportación. Un aceite sin certificación adecuada puede ser un commodity más. Un aceite con trazabilidad de carbono validada abre mercados específicos, con precios diferenciales y contratos de largo plazo. Ahí es donde el programa de Bunge encuentra su razón de ser.
La huella de carbono como pasaporte de exportación
«Todos los cultivos del programa lograron los mejores certificados de emisiones de carbono, llegando en algunos casos a comprobar fijación de carbono y efectos positivos sobre el ambiente», explicó Jorge Bassi, Director de Marketing y Nuevos Negocios de Bunge. «Esto se logró con un extenso trabajo de campo que incluyó muestreos de suelo, contenido de carbono y principales nutrientes para generar mapas que sirvan tanto para la certificación de las emisiones como para mejorar el manejo en las próximas campañas.»
Ese trabajo no es menor. Certificar la huella de carbono de un cultivo agrícola implica reconstruir con precisión el historial de cada lote: el tipo de labranza, el uso de fertilizantes y su eficiencia, los rendimientos obtenidos, la cobertura del suelo entre campañas y la dinámica del carbono orgánico a lo largo del tiempo. El resultado es un dato —expresado en kilogramos de CO₂ equivalente por tonelada de aceite producida— que debe ser auditado por organismos certificadores reconocidos por la Unión Europea para ser aceptado en el mercado.
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Los «puentes verdes con cosecha»: una lógica productiva que cambia la ecuación del barbecho
El diseño del programa parte de una observación agronómica concreta: en el calendario productivo argentino, existe una ventana entre la cosecha de un cultivo de verano y la siembra del siguiente en la que el suelo queda expuesto o cubierto por un barbecho sin aprovechamiento comercial. Ese período —que puede extenderse varios meses según la rotación y la región— representa una oportunidad desaprovechada desde el punto de vista tanto productivo como ambiental.
Las oleaginosas de invierno o de ciclo corto que forman parte del programa de Bunge —colza, cártamo y camelina— se implantan precisamente en ese espacio. No desplazan al cultivo principal ni alteran la rotación: se insertan en el barbecho, aportan cobertura al suelo, contribuyen a la acumulación de materia orgánica y, al momento de la cosecha, generan un producto con valor comercial certificado. La compañía los denomina «puentes verdes con cosecha», una definición que resume bien la lógica: son cultivos que hacen productivo lo que antes era un intervalo vacío, y que al mismo tiempo mejoran las condiciones del suelo para los cultivos que vienen después.
Tres especies, múltiples posibilidades
El programa trabaja con tres especies diferentes, cada una con características distintas y con aptitudes específicas según la región y el tipo de rotación:
La colza es el cultivo más desarrollado dentro del esquema. Bunge cuenta ya con nueve híbridos con características diferenciadas, lo que permite ajustar la elección genética a las condiciones de cada ambiente productivo. Parte de la genética se importa desde Alemania, donde la industria de colza para biocombustibles tiene décadas de desarrollo y una amplia base de materiales mejorados.
La camelina es una oleaginosa de ciclo corto con alta tolerancia a condiciones adversas, capaz de producir aceite con un perfil de ácidos grasos muy valorado para biocombustibles. Para su desarrollo en Argentina, Bunge realizó una inversión conjunta con Chevron en Chacraservicios, una empresa local que cuenta con genética propia y experiencia en producción a campo. La alianza combina el conocimiento técnico local con el respaldo financiero de uno de los actores más activos en el mercado global de biocombustibles de aviación, donde la camelina tiene aplicaciones promisorias.
El cártamo completa la triada. Con materiales provenientes de Norteamérica y acuerdos de investigación orientados al desarrollo de nueva genética, ofrece otra alternativa para productores de zonas semiáridas donde otras oleaginosas tienen mayores limitaciones.
«Los cultivos que pueden cumplir este rol son muy específicos por región y tipo de rotación», señaló Bassi. «El programa cuenta con tres especies diferentes para que el productor pueda elegir el cultivo y ciclo que mejor se adapta a su campo.»
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Por qué el productor entra al programa: la ecuación que necesita cerrarse
Para que un programa de este tipo funcione a escala, el razonamiento agronómico y ambiental no alcanza. El productor necesita que los números cierren: que el cultivo sea estable, que tenga fecha de cosecha compatible con sus otras actividades, que no comprometa el rendimiento del cultivo siguiente y que el precio de venta justifique la inversión en semilla, implantación y manejo.
Bassi fue directo sobre este punto: «Sabemos que, para que el programa sea un éxito, no solo es importante el margen que obtiene el productor, sino también la estabilidad de estos cultivos, su fecha de cosecha y el efecto que generan como antecesores de los cultivos de verano. Llegar al productor con la mejor genética y el asesoramiento preciso genera buenas experiencias y es la clave que está impulsando un fuerte crecimiento.»
Las expectativas para la próxima campaña apuntan a una duplicación de las áreas involucradas. Si se confirma, el programa pasaría a cubrir alrededor de 180.000 hectáreas, lo que lo convertiría en uno de los esquemas de agricultura regenerativa certificada de mayor escala en América del Sur.
El aceite se transforma en Argentina, y las harinas se quedan
Un detalle que merece atención: los cultivos del programa no se exportan como grano. El procesamiento —la extracción de aceite mediante el crushing de las semillas— ocurre en Argentina antes de que el producto salga al exterior. Eso significa que el valor agregado de la transformación industrial queda en el país, y que el coproducto principal del proceso —la harina proteica resultante— se destina al mercado interno de alimentación animal.
La demanda europea de aceites certificados con baja huella de carbono para biocombustibles de segunda generación no va a declinar en los próximos años. Las metas de la Unión Europea para 2030 y 2050 implican un aumento sostenido en el volumen de combustibles renovables incorporados al transporte, y los aceites vegetales con trazabilidad ambiental verificada seguirán siendo uno de los insumos clave para esa transición. Argentina, con su capacidad de producción agrícola, su infraestructura de procesamiento y con prácticas y condiciones agroecológicas que permiten alcanzar huellas de carbono entre las más bajas del mundo, tiene una posición de partida difícil de replicar.


