Debajo del Mar del Norte, a entre 1.500 y 1.800 metros de profundidad bajo el lecho marino danés, hay una formación geológica que está empezando a recibir algo que nunca antes almacenó a escala: dióxido de carbono capturado en granjas. No es un experimento de laboratorio ni una promesa regulatoria. Es la infraestructura detrás de un acuerdo entre BioCirc, una empresa danesa que opera ocho plantas de biogás en Dinamarca, con Microsoft, una de las corporaciones tecnológicas con mayor consumo energético del planeta.
El contrato, anunciado en junio de 2025, establece que BioCirc entregará 650.000 unidades de remoción de carbono (CRU) a lo largo de siete años, a razón de 100.000 toneladas anuales desde la segunda mitad de 2026 hasta 2032. Cada CRU equivale a una tonelada métrica de CO₂ extraída de forma permanente de la atmósfera y almacenada bajo el mar. No son compensaciones temporales ni créditos discutibles: son remociones contabilizadas con ciclo de vida completo, desde la biomasa hasta la roca.
Qué es BECCS y por qué importa en este contexto
La tecnología detrás del acuerdo se llama BECCS —Bioenergy with Carbon Capture and Storage, o bioenergía con captura y almacenamiento de carbono— y representa una de las pocas rutas disponibles hoy para lograr remociones netas verificables a escala industrial. Su lógica es relativamente simple: cuando los microorganismos fermentan materia orgánica para producir biogás, liberan dióxido de carbono de origen biológico —es decir, carbono que ya estaba circulando en el ciclo atmosférico—. Si ese CO₂ se captura antes de que llegue al aire y se almacena de forma permanente, el balance final es negativo: se saca más carbono del ciclo que el que se emite.
En el caso de BioCirc, ese CO₂ biogénico se captura en sus plantas, se licúa, se transporta en barco hasta el almacén offshore Greensand Future, ubicado en la sección danesa del Mar del Norte, y se inyecta en la formación geológica debajo del mar. El proyecto está respaldado por la Agencia Danesa de Energía a través del fondo NECCS —el programa nacional de apoyo a la captura y almacenamiento de carbono—, que junto con la compra de Microsoft hace posible la escala del proyecto.
La infraestructura de almacenamiento pertenece a INEOS, la multinacional química británica con experiencia en operaciones offshore en el Mar del Norte, que gestiona el repositorio al que llegan los volúmenes capturados por BioCirc.
Las cinco plantas y la lógica de la plataforma integrada
BioCirc opera ocho plantas de biogás en Dinamarca, pero el acuerdo con Microsoft se sostiene en cinco de ellas: Favrskov Biogas, la primera, seguida de Vesthimmerland Biogas, Haderslev Biogas, Grønhøj Biogas y Vinkel Biogas. Cada una incorpora equipos de captura que separan el CO₂ del biogás crudo, lo comprimen y lo preparan para el transporte.
Lo que distingue el modelo de BioCirc no es solo la tecnología de captura, sino la forma en que combina flujos de valor dentro de una misma operación. Las plantas producen biogás —que se convierte en biometano para inyección en red o en electricidad renovable— y al mismo tiempo capturan el CO₂ que de otro modo se liberaría durante el proceso. Según la empresa, esa combinación de múltiples flujos de ingresos —energía renovable más créditos de remoción— es lo que hace económicamente viable la captura en instalaciones de tamaño mediano y distribución geográfica descentralizada.
«La aftalen er en stor milepæl for BioCirc», declaró Bertel Maigaard, CEO del grupo, usando sus propias palabras en danés antes de explicar en inglés que se trata de una «confirmación importante» de que su plataforma puede entregar remoción permanente a escala. La frase capta algo real: hasta ahora, la mayoría de los proyectos BECCS del mundo estaban atados a grandes instalaciones de generación eléctrica o a plantas industriales con captura centralizada. BioCirc apuesta por una lógica distinta: múltiples plantas medianas, distribuidas por el territorio danés, conectadas a una única cadena de transporte y almacenamiento.
Por qué Microsoft compra esto y qué busca
Microsoft —la compañía tecnológica estadounidense fundada por Bill Gates, hoy uno de los mayores consumidores de energía del mundo por la expansión de sus centros de datos— se comprometió en 2020 a volverse carbono negativo para 2030 y a eliminar para 2050 todo el CO₂ que ha emitido desde su fundación en 1975. Para cumplir esa segunda promesa, necesita remociones permanentes a gran escala, no solo reducciones de emisiones propias.
La empresa viene construyendo un portafolio diversificado de contratos de remoción: incluye captura directa del aire, captura en plantas industriales, mineralización en basalto y proyectos BECCS. El acuerdo con BioCirc encaja en esa lógica de diversificación: agrega volumen verificable proveniente de una tecnología con trazabilidad completa y respaldo regulatorio estatal.
«Las soluciones escalables de remoción de carbono de alta trazabilidad, como las de BioCirc, son fundamentales para el desarrollo de un mercado global robusto de remoción de CO₂», explicó Phillip Goodman, director del portafolio de remoción de carbono de Microsoft, al anunciar el acuerdo. La frase apunta a algo más amplio que una compra corporativa: la demanda de compradores como Microsoft está actuando como señal de precio para que proyectos como el de BioCirc puedan escalar y demostrar viabilidad comercial.
La trazabilidad como condición de mercado
Uno de los aspectos técnicos más relevantes del acuerdo es la metodología de contabilización. Cada CRU entregada a Microsoft incorpora el análisis completo del ciclo de vida del proyecto: incluye las emisiones de la biomasa utilizada como insumo, las de la operación de las plantas, las del transporte del CO₂ licuado hasta la costa y las de la inyección offshore. El número final no es la captura bruta, sino la remoción neta real, descontando todo lo que el proceso consume.
Esa metodología responde a una crítica recurrente que reciben los mercados voluntarios de carbono: la falta de verificabilidad y la proliferación de créditos cuya calidad es difícil de auditar. Al construir la contabilización sobre un análisis de ciclo de vida completo y respaldarla con el almacenamiento geológico certificado del proyecto Greensand, BioCirc busca posicionar sus CRUs como un estándar de calidad diferenciado.
Dinamarca, por su parte, tiene un marco regulatorio que exige altos estándares en la gestión de metano en instalaciones de biogás —un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ en horizontes de corto plazo—. El cumplimiento de esos requisitos es parte de la credibilidad técnica del proyecto ante un comprador institucional de la envergadura de Microsoft.
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Un mercado que todavía se está formando
El acuerdo BioCirc-Microsoft ocurre en un momento en que el mercado de remociones permanentes de carbono está saliendo de la fase experimental. Durante años, los créditos de carbono más baratos y fáciles de conseguir provinieron de proyectos de reforestación o conservación forestal, pero la calidad de esas remociones fue cuestionada: los bosques se queman, se talan ilegalmente o simplemente no almacenan carbono con la permanencia que exigen compromisos de largo plazo.
Las remociones geológicas —ya sea a través de captura directa del aire, mineralización o BECCS— ofrecen permanencia del orden de los miles a millones de años, pero tienen costos mucho más altos. El reto estructural del mercado es que esa permanencia tiene un precio que los compradores voluntarios raramente están dispuestos a pagar sin incentivos regulatorios o compromisos corporativos de largo plazo.
El contrato de siete años que firmó Microsoft con BioCirc es precisamente esa señal de largo plazo: crea certidumbre suficiente para que BioCirc invierta en instalar los equipos de captura en cinco plantas simultáneamente y afrontar los costos de logística y almacenamiento offshore. Sin esa visibilidad de ingresos, el proyecto no sería financiable. La combinación del apoyo estatal danés vía NECCS y la compra corporativa de Microsoft actúa como el andamiaje que permite que la tecnología demuestre su viabilidad comercial a escala.
Lo que emerge de ese esquema no es solo un contrato entre dos empresas. Es una señal sobre cómo puede organizarse la cadena de valor de las remociones permanentes: biomasa local convertida en energía y CO₂ capturado, transporte a un almacén offshore con operador establecido, y demanda garantizada por compradores corporativos con compromisos climáticos verificables. Una arquitectura que otros países con biogás, geología favorable y compradores corporativos activos podrían intentar replicar.


