Estiércol que se acumula en los corrales. Rastrojo que queda tendido en el lote después de la cosecha. Efluentes de la industria alimenticia. Basura urbana que termina en un relleno sanitario. Cada año el mundo produce montañas de materia orgánica que se descomponen liberando metano a la atmósfera —un gas con un poder de calentamiento decenas de veces superior al del CO₂— sin que nadie capture un solo kwh de esa energía.
Ese descarte, según acaba de cuantificar la Agencia Internacional de Energía (IEA) —el organismo con sede en París que asesora a los principales países consumidores de energía en materia de seguridad energética y políticas públicas—, esconde una de las mayores reservas energéticas subestimadas del planeta.
El nuevo modelado de la agencia estima que podrían producirse de manera sostenible casi 900.000 millones de metros cúbicos anuales de biogases, lo suficiente para cubrir más del 20 % de la demanda global actual de gas natural. Y hay un dato que reordena el mapa para el hemisferio sur: más del 70 % de ese potencial se ubica en economías emergentes y en desarrollo, encabezadas por India y Brasil, seguidas por China. El recurso no está donde están las grandes petroleras. Está donde está el campo.
Qué son los biogases y en qué se diferencian entre sí
El término «biogases» engloba dos productos distintos que comparten un mismo origen. Ambos nacen de la digestión anaeróbica, un proceso en el que microorganismos descomponen materia orgánica en ausencia de oxígeno, dentro de reactores cerrados llamados digestores.
El biogás es el producto directo de esa fermentación: una mezcla de metano y dióxido de carbono, con otros componentes menores, que puede usarse tal cual para generar calor en hogares e industrias o para producir electricidad.
El biometano es ese mismo biogás purificado. Al removerle el CO₂ y las impurezas se obtiene un gas prácticamente idéntico al natural, con una diferencia decisiva: es de origen local y es un sustituto drop-in. Puede inyectarse en las redes de gas existentes y usarse en los mismos equipos, quemadores, calderas y vehículos sin modificar una sola pieza de infraestructura.
Energía, residuos y desarrollo rural: tres problemas, una respuesta
Esa compatibilidad explica buena parte del interés: los biogases resuelven varias cosas a la vez. Producidos con responsabilidad, encarnan la lógica de la economía circular, porque convierten un pasivo ambiental en un activo energético, mejoran la gestión de residuos y elevan la eficiencia general del sistema.
Para las comunidades rurales y las industrias, eso significa una fuente de ingresos donde antes solo había un costo de disposición. Para los Estados, un suministro doméstico ampliado y menor exposición a las importaciones.
El caso europeo permite dimensionarlo con números concretos. La Unión Europea —hoy el mayor productor mundial de biogás y biometano— alcanzó en 2025 una producción combinada de casi 20.000 millones de metros cúbicos equivalentes de gas natural. Ese volumen evitó importaciones de combustibles convencionales por alrededor de 6.000 millones de dólares. No es un beneficio ambiental abstracto: es dinero que no salió de la región.
La meta: cuadruplicar la producción hacia 2035
La producción global actual ronda los 1,7 exajoules (EJ). La IEA plantea como objetivo ambicioso pero alcanzable llevarla a casi 6 EJ hacia 2035, en línea con el compromiso asumido en la COP30 de Belém de cuadruplicar los combustibles sostenibles.
Alcanzar esa meta implicaría un ahorro anual de emisiones cercano a 0,5 gigatoneladas de CO₂ equivalente, y lo haría por una vía que la agencia describe como un doble dividendo. Al redirigir estiércol, residuos municipales e industriales y rastrojos hacia digestores anaeróbicos se evitan, por un lado, las emisiones de metano que esos materiales habrían liberado igual al descomponerse en el campo o en el relleno. Por otro, el gas obtenido desplaza combustibles convencionales. Se gana dos veces con la misma tonelada de residuo.
Ese cruce entre la agenda de residuos y la climática conecta directamente con los objetivos que fijó la presidencia turca de la COP31: reducir a la mitad el crecimiento en la generación de residuos hacia 2035 y recortar las emisiones de metano.
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Los obstáculos que todavía frenan el despliegue
El informe no maquilla las dificultades. Los costos de producción siguen siendo relativamente altos, y a eso se suman barreras logísticas, procedimientos de habilitación complejos y un apoyo político insuficiente que demoró el desarrollo en muchos países.
Hay además un punto técnico que la IEA subraya con particular énfasis: el beneficio ambiental de los biogases depende enteramente de cómo se los produce. Las fugas de metano a lo largo de la cadena de valor pueden erosionar de manera significativa —o directamente anular— la ventaja en emisiones. Un digestor mal sellado o una red de transporte con pérdidas alcanza para convertir una solución climática en un problema.
La respuesta que propone la agencia es medición y transparencia: mejorar el monitoreo y el reporte de las plantas en operación, y aplicar estándares robustos de contabilidad de carbono. Sin esos datos, el desempeño ambiental del sector queda en el terreno de la declaración.
BioGRAM: el modelo que baja el potencial global a escala de territorio
Superar esos obstáculos requiere políticas de apoyo, pero la IEA advierte que no existe una receta única. Cada proyecto está condicionado por circunstancias locales, y la cantidad finita de residuo orgánico que se genera cada año impone un límite natural a cuánto biogás puede producirse de manera sostenible. Las políticas, entonces, deben enfocarse en las materias primas y los usos finales más prometedores de cada lugar.
Con ese diagnóstico, la agencia desarrolló el Biogases Geospatial Resource Assessment Model (BioGRAM), una herramienta que permite identificar oportunidades a escala regional, nacional y local.
Cómo funciona el modelo
BioGRAM genera curvas de costos de suministro específicas por país y por ubicación para más de 40 tipos de materias primas. Identifica dónde convendría emplazar digestores anaeróbicos en función de la cercanía a las fuentes de biomasa, y lo hace considerando la infraestructura disponible: gasoductos existentes, caminos, accesos.
Las materias primas se agrupan en tres grandes categorías: residuos de cultivos, estiércol animal y biorresiduos. El modelo incorpora únicamente fracciones residuales que no tienen destino alimentario ni forrajero y que no generan impactos negativos de sostenibilidad. Es decir, trabaja sobre lo que hoy es descarte.
Con esa metodología ya respaldó evaluaciones nacionales en varios países, entre ellas las incluidas en el India Bioenergy Market Report 2026, el Southeast Asia Energy Outlook 2026 y un análisis sobre las perspectivas del biometano en Ucrania como vía de seguridad energética y descarbonización europea.
Un mapa interactivo para explorar oportunidad por oportunidad
Junto con el análisis, la IEA lanzó un mapa interactivo online que traduce ese modelado en una herramienta de consulta abierta. Ofrece estimaciones detalladas a nivel país provenientes de BioGRAM, junto con indicadores regionales como la proximidad a redes de transmisión.
Su funcionalidad más útil para un inversor o un funcionario provincial es la que permite delimitar un área específica y obtener estimaciones del potencial de biogás por tipo de materia prima, con sus costos de desarrollo asociados.
El objetivo declarado es mejorar la transparencia y accesibilidad de los datos para orientar decisiones de inversión, respaldar el diseño de políticas y acelerar el crecimiento de las cadenas de valor de biogás y biometano.


