Durante décadas, la discusión sobre el uso del territorio pareció plantearse como una elección inevitable. Producir o conservar. Destinar una superficie a la agricultura o mantenerla fuera de la actividad económica para proteger sus ecosistemas.
En el territorio, sin embargo, esa frontera no siempre es tan nítida.
En distintos paisajes forestales de la Argentina, las plantaciones destinadas a producir madera conviven con bosques nativos, humedales, pastizales y áreas reservadas para la conservación. Y conservar esos ambientes está lejos de significar simplemente dejarlos intactos. Requiere guardaparques, monitoreo de fauna, restauración, viveros de especies nativas, control de invasoras, investigación científica, prevención de incendios e infraestructura.
Todo eso requiere planificación, trabajo y, también, recursos económicos.
Tres experiencias ubicadas en Misiones y Entre Ríos permiten observar esa convivencia en escalas y contextos diferentes. La Reserva San Jorge, de Arauco Argentina; El Potrero; y la Reserva Natural Cultural Papel Misionero reúnen más de 45.000 hectáreas vinculadas a la conservación dentro de paisajes en los que también existe actividad forestal. Los tres casos forman parte de unidades de gestión certificadas bajo el sistema PEFC Argentina.
PEFC —Programme for the Endorsement of Forest Certification— es un sistema internacional de certificación forestal que establece requisitos para una gestión sostenible de bosques y plantaciones. Su alcance no termina en la forma en que se produce madera. También contempla la protección del suelo, el agua y la biodiversidad, la identificación de sitios prioritarios para la conservación y la conectividad entre ambientes naturales. En la Argentina, el estándar exige además medidas específicas para proteger especies raras, vulnerables o amenazadas y sus hábitats.
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Una hectárea para conservar por cada hectárea productiva
Actualmente existen en la Argentina 380.692 hectáreas certificadas bajo Gestión Forestal Sostenible PEFC. El 53% corresponde a áreas destinadas a la producción y el 47% a conservación. En términos simples, dentro de esas unidades certificadas hay prácticamente una hectárea destinada a conservar por cada hectárea productiva.
La proporción obliga a mirar la actividad forestal más allá de los límites físicos de una plantación. Dentro de una misma unidad de gestión pueden coexistir montes cultivados, cursos de agua, remanentes de vegetación nativa, hábitats de especies vulnerables y corredores que mantienen conectados distintos ambientes.
Esa relación adopta características distintas según el territorio.
San Jorge: conservar también es conectar
En el departamento de Iguazú, Misiones, la Reserva San Jorge, gestionada por Arauco Argentina y declarada Reserva Forestal Privada en 1999, protege 16.500 hectáreas de selva paranaense.
San Jorge es parte de un bloque de más de 110.000 hectáreas de monte nativo y áreas de alto valor de conservación y ocupa una posición que contribuye a conectar el Parque Nacional Iguazú con el Parque Provincial Urugua-í.
Esa continuidad territorial resulta crítica para especies que necesitan grandes extensiones para desplazarse, alimentarse y reproducirse.
La reserva reúne bosques, bajos, bañados y otros ambientes característicos de la Selva Paranaense, además de una elevada diversidad de árboles, orquídeas y aves. Entre los mamíferos registrados aparecen dos de las especies más emblemáticas y amenazadas de la fauna argentina, el yaguareté y el tapir.
En paisajes sometidos a fragmentación, una reserva puede cumplir así una función que va más allá de proteger biodiversidad dentro de una superficie determinada. También puede mantener vinculadas áreas naturales que necesitan seguir funcionando como un sistema.
El Potrero: producción y restauración en un mismo campo
En Gualeguaychú, Entre Ríos, El Potrero combina producción forestal con una superficie considerable destinada a conservar ambientes naturales.
La propiedad tiene alrededor de 30.000 hectáreas y dedica el 68% a conservación. Dentro de ella, 18.112 hectáreas fueron declaradas por la provincia como Área Natural Protegida–Reserva de Uso Múltiple.
Otras 4.954 hectáreas tienen aptitud forestal y están ocupadas principalmente por eucaliptos y, en menor medida, pinos. La madera obtenida abastece diferentes industrias y la gestión forestal cuenta con certificación PEFC.
En parte de la propiedad, conservar implica además reconstruir ambientes que fueron degradados.
El Potrero desarrolla programas de restauración que incluyen control de especies exóticas, producción de árboles nativos en vivero propio y reforestación. Entre 2024 y 2025 plantó 20.000 ejemplares nativos dentro de un proyecto destinado a recuperar unas 40 hectáreas.
A esas tareas se suman rehabilitación y liberación de fauna, investigación, monitoreo, educación ambiental y proyectos vinculados con especies como el aguará guazú y la corzuela parda.
Según la propia reserva, las actividades productivas desarrolladas bajo criterios de sostenibilidad aportan recursos que ayudan a financiar las tareas de conservación. A su vez, los ambientes protegidos proporcionan servicios ecosistémicos que contribuyen a la sostenibilidad del conjunto.
La producción forestal y la conservación no ocupan, en este caso, compartimentos completamente separados. Forman parte de una misma gestión territorial y se sostienen con recursos que circulan dentro de ese sistema.
Papel Misionero: más de tres décadas protegiendo selva
El tercer caso vuelve a Misiones.
La Reserva Natural Cultural Papel Misionero, perteneciente al patrimonio natural de Papel Misionero, empresa de Grupo Arcor, protege 10.397 hectáreas del Bosque Atlántico del Alto Paraná. Fue creada en la década de 1990 y constituye uno de los bosques continuos que aún permanecen en esa ecorregión.
En el área se han registrado monos caí y aulladores, tapires, venados, pecaríes, pumas y yaguaretés. Información institucional identifica además 17 especies de aves amenazadas. La reserva fue reconocida como Área Clave para la Biodiversidad (KBA) y como Área Importante para la Conservación de las Aves (IBA).
El seguimiento de esa biodiversidad forma parte de la gestión cotidiana. Cámaras equipadas con sensores infrarrojos permiten registrar mamíferos y obtener información sobre el estado del ecosistema, que luego sirve para orientar las acciones de protección.
Mientras San Jorge sobresale por su papel en la conectividad y El Potrero por el trabajo de restauración, Papel Misionero aporta otra perspectiva: la posibilidad de sostener durante décadas una gran superficie de bosque nativo, monitorear su evolución y generar información sobre su biodiversidad.
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Conservar también tiene un costo
Controlar incendios y especies invasoras, vigilar grandes extensiones, monitorear fauna, producir plantas nativas, recuperar ambientes degradados, realizar investigación científica y sostener personal e infraestructura demanda recursos permanentes.
Esa dimensión económica suele quedar en segundo plano cuando la discusión se limita a determinar qué superficie se produce y cuál se protege. El problema no es solamente crear un área de conservación, sino encontrar la forma de mantenerla durante décadas.
“Cuando hablamos de gestión forestal sostenible, no hablamos solamente de cómo se produce madera. Hablamos de cómo se gestiona todo un territorio, incluyendo sus áreas productivas, los ambientes naturales, la biodiversidad, el agua y los sitios prioritarios para la conservación. Estos casos permiten mostrar que producción y conservación pueden formar parte de una misma planificación y sostenerse en el tiempo”, explica Florencia Chavat, directora ejecutiva de PEFC Argentina.
Nada de esto significa que una plantación forestal genere biodiversidad por el solo hecho de existir, ni que desaparezcan las tensiones entre producción y conservación. El propio concepto de gestión sostenible parte de reconocer esos límites y administrar el territorio en función de ellos.
Cuando esa planificación existe, las áreas productivas pueden convivir con bosques nativos, corredores ecológicos, sitios prioritarios para la conservación y programas de restauración y protección.
La vieja disyuntiva entre producir o conservar pierde entonces parte de su utilidad. En determinados paisajes, la cuestión pasa por producir de una manera que preserve los ambientes naturales que rodean a esa actividad y, al mismo tiempo, genere las condiciones económicas necesarias para sostener esa conservación en el tiempo.


