Supongamos por un rato que tenemos un campo en San Luis, en la zona de Villa Mercedes. La decisión obvia es sembrar maíz. El cultivo va muy bien, y la demanda local es muy fuerte. En la zona hay varios feedlots, algunos muy grandes como el de Ser Beef; varios tambos, está también la planta Glucovil que produce jarabe de alta fructuosa, Diaser que produce bioetanol. Y si nos alejamos un poco más las opciones se multiplican. Y siempre, en última instancia, está la posibilidad de enviar a puerto a Rosario o a Chile. Bah, no siempre. Mejor dicho, siempre que al gobierno no se le ocurra cerrar las exportaciones. Pero confiamos en que esa idea es parte del pasado.
Compramos la semilla, preparamos el lote, asumimos el riesgo climático, pagamos los insumos, seguros, cosechamos, embolsamos, y llegado el momento de vender, evaluamos las opciones. Algunos usarán el grano para producir leche, otros para carne, otros para edulcorantes. Otros para fabricar etanol, y algún otro para cargar en un buque.
Hasta ahí, nada demasiado extraño. Venderemos probablemente a quien me ofrezca mejores condiciones sin importarnos mucho el destino que se le dé al grano.
Ahora imaginemos que el Estado interviene y decide que transformar ese maíz en proteína (carne o leche) constituye un uso superior y que, por lo tanto, la fructuosa, el etanol o las exportaciones deben quedar relegadas.
Bueno, algo parecido está ocurriendo con la madera en Europa.
Alemania discute por estos días una modificación de su Ordenanza de Biomasa para incorporar las exigencias de la nueva Directiva Europea de Energías Renovables, conocida como RED III. El proyecto establece que determinadas categorías de madera, entre ellas las trozas aptas para aserrado, chapa y otros usos industriales, dejen de recibir el apoyo financiero que reciben las fuentes renovables. Los residuos industriales de madera, en cambio, seguirían siendo elegibles.
Y es importante detenerse en este punto para hacer una aclaración fundamental. Cuando se habla de biomasa forestal, no estamos hablando de desmontar bosques nativos, sino del aprovechamiento de madera proveniente de sistemas forestales manejados bajo criterios de sostenibilidad.
Volviendo a Alemania, la norma en debate responde a un concepto que Europa viene impulsando desde hace años. El llamado uso en cascada de la biomasa.
La idea es priorizar la vida útil de la madera. Si un árbol puede convertirse en una viga, que va a estar en un edificio unos 80 años, entonces debería ser una viga antes que una mesa, que tiene una vida de unos 30 años. Si esa madera, al final de su vida como viga o madera, puede reutilizarse, debería reutilizarse. Después reciclarse. Y recién cuando esas posibilidades se agotan, utilizarse para producir energía.
Según RED III el orden debe ser: primero productos de madera, luego prolongación de la vida útil de la madera, luego reutilización, reciclaje, bioenergía y, finalmente, eliminación.
Sobre el papel parece impecable.
Mientras la madera esté presente en algún lado, el carbono que el árbol capturó de la atmósfera durante su crecimiento permanece almacenado. Es decir, retiramos dióxido de carbono de la atmósfera que estaba generando problemas para guardarlo sin que moleste dentro de un edificio, en forma de viga, mesa o lo que fuere por el tiempo que dure. Cuando lo quemamos, liberamos ese carbono para que vuelva a la atmósfera.
Hasta ahí, estamos de acuerdo.
Ahora, al quemar la biomasa, cerramos un ciclo de carbono neutral o casi neutral. El carbono que se emite durante la quema es prácticamente el mismo que el árbol capturó durante su crecimiento a través de la fotosíntesis. Pero al producir energía, esa biomasa está sustituyendo gas, petróleo o carbón. Carbono que estaba debajo de la tierra, sin molestar, ahora lo mandamos a la atmósfera. Es decir, la biomasa en lugar de sacar carbono fósil de debajo de la tierra y sumarlo a la atmósfera, usa carbono que está circulando en el sistema. Cambiamos energía cara en carbono por energía gratis en carbono.
Particularmente lo que se está discutiendo en Alemania es que biomasa puede ser elegible para la tarifa garantizada de la EEG (Erneuerbare-Energien-Gesetz), la ley alemana de energías renovables, que paga un precio preferencial por la electricidad generada con fuentes renovables. Algo similar a lo que ocurre en Argentina con los proyectos del RenovAr.
El borrador propone quitar a ciertos tipos de madera (rollizos para aserradero y chapas) que son utilizados por los aserraderos, y solo otorgar el beneficio a las centrales que utilicen madera no apta para uso industrial. El problema es quién define qué es una madera apta para uso industrial y cual puede ir como combustible.
Los bosques no producen solamente troncos perfectos para muebles. Hay árboles dañados, con nudos, madera de mala calidad, residuos de cosecha y enormes diferencias de distancia, logística y mercado. Una madera técnicamente apta para determinado proceso industrial puede no tener ninguna posibilidad económica de llegar hasta la planta capaz de utilizarla.
Si una parte de la madera pierde valor porque se restringe su mercado energético, puede quedar en el bosque, perder aprovechamiento o reducir la rentabilidad de todo el manejo forestal. Y si producir madera resulta menos atractivo, también puede haber menos incentivos para plantar y renovar superficies productivas.
La biomasa aporta energía de base, (no depende del sol ni del viento) y su salida del sistema puede aumentar la necesidad de recurrir a fuentes térmicas de respaldo intensivas en carbono, como el gas o el carbón. Al final del día, tenemos menos actividad económica en el sector forestal, menos secuestro de carbono y mayor uso de combustibles fósiles.
Si justamente el problema que queremos resolver es el carbono, por qué no dejar que sea el carbono el que ordene las decisiones sobre el uso de madera.
Tenemos herramientas para medir emisiones de gases de efecto invernadero a lo largo del ciclo de vida de un producto. Podemos estimar cuánto carbono queda almacenado en una construcción, cuánto tiempo permanece allí, qué sucede al final de su vida útil y cuánto combustible fósil evita una tonelada de biomasa utilizada para producir energía.
Esa es precisamente la finalidad de los mercados voluntarios de carbono. El que emite paga, el que secuestra cobra.
Europa tuvo la capacidad para desarrollar un enorme mercado para ponerle precio a la tonelada que se emite, pero todavía no tiene un mecanismo equivalente y general que remunere la tonelada de carbono secuestrada
Si Europa considera que una mesa de madera presta un servicio climático porque mantiene carbono fuera de la atmósfera durante treinta años, debería diseñar una herramienta mucho más poderosa que decirle al propietario del árbol qué intervenir sobre el destino de la materia prima.
Pero lo más paradójico es que Alemania discute limitar el uso de biomasa como fuente de energía cuando hace apenas un mes el gobierno dio fuertes señales de postergar sus planes para el cierre de las centrales de lignito en Renania del Norte-Westfalia, el corazón del sistema eléctrico de base alemán. Y el lignito es, precisamente, el combustible más sucio del planeta.


