El pasado jueves 6 de febrero, varios medios publicaron una noticia sobre la explosión en una planta de biodiesel en la localidad de Recreo, provincia de Santa Fe. La ubicación del siniestro, que dejó el lamentable saldo de una persona fallecida y al menos tres personas que debieron ser internadas, nos llamó mucho la atención, pues no tenemos registro de que haya plantas habilitadas por Secretaría de Energía en esa localidad.

Sospechamos que podría tratarse de alguna de las cientos de plantas de «biodiesel» que operan en la clandestinidad y de las que ya hemos tenido varios accidentes. Nos pusimos en contacto con industriales del sector y comprobamos que no se trataba de una planta de biocombustibles, sino de un depósito de combustibles, que llamativamente, también tenía almacenado biodiesel. Casi ningún medio aclaró que no se trataba de una planta de biocombustibles. Este nuevo suceso invita a reflexionar sobre la necedidad de cumplir con los estándares de seguridad y calidad en este sector.

El biodiesel es un combustible bastante seguro. La temperatura a la que se enciende es casi dos veces superior a la del gasoil y más de tres veces a la de la gasolina. Sin embargo, para su elaboración se utilizan materiales altamente inflamables, como metanol, que requiere de muchos cuidados en su manipulación, pues su contacto con la piel puede ocasionar severas lesiones.

A simple vista, producir biodiesel parece sencillo. Se parte de aceites vegetales (soja, palma, colza o aceites de cocina reciclados) y grasas animales (en regiones tropicales), que se los hace reaccionar con metanol en presencia de un catalizador para obtener ésteres metílicos y glicerol. El proceso ha sido ampliamente estudiado en la industria química. Se lo conoce como reacción o proceso de transesterificación y es similar al utilizado para elaborar ciertos productos de limpieza, como detergentes o solventes. El glicerol, aunque se obtiene en bajas proporciones, es un producto clave en el negocio de biodiesel, pues tiene un gran mercado y mucho valor. Especialmente si se lo refina para convertirlo en glicerina, un insumo con miles de aplicaciones en las industrias de cosmética, fármacos y alimentos, entre otras. El éster metílico, es lo que luego se convertirá en biodiesel.

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Sobre este punto vale la pena detenerse un instante. El éster metílico, si se lo deposita en un tanque de combustibles, el motor va a funcionar sin ningún inconveniente y lo único que el conductor notará fuera de lo habitual es el olor a fritanga. Aunque probablemente será sólo por un tiempo. Por más precisión que se tenga en la reacción de transesterificación, en la fase éster metílico siempre quedan ácidos grasos sin reaccionar, metanol, jabones disueltos, restos de catalizador, y una gran cantidad de otras impurezas que influirán en la conservación del biocombustible o en el rendimiento y vida útil del motor donde se emplee. Los motores modernos de hoy, trabajan a muy altas presiones y temperaturas. Cualquier impureza puede ocasionar severos daños. Por eso, las plantas habilitadas que producen biodiesel cuentan con unidades de purificación que logran un combustible de excelente calidad, cumpliendo sobradamente los estándares exigidos por la Secretaría de Energía.

Los elevados costos logísticos para transportar las cosechas, sumado a la intensificación ganadera, motivaron el resurgimiento de las plantas de expeller de soja. La disponibilidad de aceite en zonas alejada de los puertos y sin posibilidades de consumirlo, despertó el espíritu aventurero de muchas personas para elaborarse su propio combustible. Partiendo del supuesto que el éster metílico ya es biodiesel, se fueron instalando una serie de “cuasi licuadoras”, que convierten la mezcla de aceite y el metanol en algo parecido a un éster metílico.

Estos equipos no cuentan con ningún tipo de tipo de control de calidad. Como generalmente se trata de autoconsumo, es el punto menos relevante. Lo preocupante es que muchas de estas “licuadoras” se instalaron en galpones dentro de zonas residenciales. No olvidemos que allí se almacena metanol. Generalmente, estas plantas carecen de toda medida de seguridad y habilitaciones de la Secretaría de Energía. Lo paradójico de estas bombas de tiempo, que ya vimos a varias volar por el aire, es que la mayoría cuentan con habilitaciones municipales, y lo que es aún más grave, es que han sido impulsadas por los mismos gobiernos locales.

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La industria argentina de biodiesel cuenta con estándares de calidad y seguridad de clase mundial que le han valido para convertirse en el principal exportador mundial de este biocombustible. El sector está conformado exclusivamente por las 34 plantas (29 pymes) registradas y habilitadas por Secretaría de Energía. Aguas abajo, se se suman 3 plantas de refinación de glicerina y aguas arriba, el mayor complejo aceitero del mundo y una moderna planta de metilato de sodio, el catalizador necesario para la transesterificación.

La actividad genera miles de puestos de trabajo de calidad y bien remunerados en el interior productivo. Sustituye importaciones de gasoil evitando la fuga de divisas y agrega valor a la producción de aceite de soja, un insumo clave en el que Argentina es el principal exportador mundial.

Que pena da ver hoy la mayoría de las plantas paradas.