La jornada “Energía Cultivada: El Bioetanol en el Desarrollo del NOA”, realizada el martes pasado en Tucumán, dejó una postal poco frecuente: tres gobernadores de provincias y partidos distintos —Osvaldo Jaldo (PJ) por Tucumán, Gustavo Sáenz (Frente Renovador de la Concordia) por Salta y Carlos Sadir (UCR-Juntos por el Cambio) por Jujuy— compartiendo escenario y diagnóstico. A ellos se sumaron funcionarios de Santa Fe y Córdoba. Todos coincidieron en un reclamo unánime: una nueva ley de biocombustibles que devuelva aire a un sector que hoy está estancado.
El motivo es conocido: la normativa actual mantiene congeladas las mezclas en 7,5% para biodiésel y 12% para bioetanol, mientras el proyecto para actualizarlas sigue durmiendo en los cajones del gobierno nacional. Un gobierno cuya brújula energética apunta casi exclusivamente al gas de Vaca Muerta y a su exportación. No es una interpretación, sino una constatación que sus propios funcionarios dejan en claro, incluso cuando participan en paneles sobre biocombustibles. Hace unas semanas, en el Congreso de Maizar, Horacio Marín —presidente de YPF— presentó el plan estratégico de la compañía, construido casi por completo en torno al gas de Vaca Muerta. Sobre los biocombustibles se limitó a una sola frase: “los intereses de YPF no son los de Maizar”. En una charla privada fue todavía más tajante: “si fuera por mí, el bioetanol no debería existir”. (ver: El subsuelo como política de Estado)
En Tucumán, Federico Veller, subsecretario de Combustibles Líquidos, repitió la misma línea: dedicó la mayor parte de su exposición al gas y resumió su postura con una frase que lo dice todo: “no me gustan los biocombustibles porque tienen marcos regulados y no se pueden exportar. A nosotros nos gusta el libre mercado”.
Esa afirmación condensa una paradoja central de nuestra política energética. Argentina fue, durante años, el mayor exportador mundial de biodiésel, hasta que sus principales compradores —Europa, Estados Unidos y Perú— nos cerraron el paso. Europa, tras perder un reclamo argentino ante la OMC por los derechos antidumping aplicados en 2012, se las ingenió: creó un sistema de cuotas de mercado y limitó el biodiésel de soja en sus mandatos, protegiendo a sus productores de colza. Estados Unidos fue más directo: aranceles cercanos al 150% —que aún rigen— y recientemente eliminación de incentivos fiscales para biocombustibles elaborados fuera de su territorio o con materias primas importadas, al mismo tiempo que aumentó drásticamente sus propios mandatos de mezcla. Al resto del mundo, les gusta poco el libre mercado.
Esa paradoja deja al descubierto algo todavía más de fondo: la falsa idea de que los biocombustibles deban competir en igualdad de condiciones con los combustibles fósiles. Aunque ambos sirvan para mover un motor, no son el mismo producto. Los biocombustibles son renovables: cada litro requiere sembrar, cuidar, cosechar y procesar biomasa todos los años, porque la naturaleza no hace ese trabajo por nosotros. El petróleo, en cambio, es biomasa que la Tierra fosilizó durante cientos de miles de años, transformada en un stock que solo hace falta extraer. Es, si se quiere, la diferencia entre la ganadería y la caza: uno demanda inversión y trabajo continuo; el otro, explotar una reserva natural hasta agotarla.
A esa diferencia productiva se suma una dimensión ambiental que rara vez se incorpora en el análisis. Cada litro de combustible fósil libera carbono que permanece en la atmósfera, y capturarlo para revertir ese impacto puede costar tanto o más que el propio combustible. Los mercados de carbono —donde existen— ofrecen una herramienta para compensar esa huella, pero todavía están lejos de reflejar el verdadero costo de remover ese carbono del aire. Mientras esa diferencia no se contabilice de manera plena, cualquier comparación de precios entre fósiles y biocombustibles será, por definición, una ilusión.


