Bad Bunny camina entre cañaverales. A su alrededor, hombres y mujeres trabajan la caña: gestos de zafra, vida rural, economía real. Lo que se vio el domingo en el Levi’s Stadium de California no fue solo escenografía; fue América Latina irrumpiendo en el corazón del espectáculo más estadounidense del mundo. El primer show de medio tiempo mayormente en español en la historia del Super Bowl —con invitados como Lady Gaga, en clave salsa, y Ricky Martin— desplegó un mensaje claro de orgullo latino, unidad y pertenencia. Banderas de la región, frases proyectadas en las pantallas —“The only thing more powerful than hate is love” (Lo único más poderoso que el odio es el amor), “Together We Are America” (Juntos somos América)— y un “God Bless America” pronunciado con marcado acento boricua (Ver video aquí). En un estadio ubicado en California, donde la población latina ya es mayoría, la escena tuvo una fuerza que trascendió lo artístico.
Minutos después, Donald Trump explotó en sus redes: «one of the worst halftime shows EVER» (uno de los peores shows de la historia), «absolutely terrible», «an affront to the Greatness of America» (un insulto a la grandeza de Estados Unidos). El enojo no sorprendió. Bad Bunny ha sido un crítico abierto de sus políticas migratorias, y el show —en español y con una puesta en escena que celebró la identidad latina— fue interpretado por muchos como la expresión visible de un cambio demográfico y cultural profundo. El dato no es menor: ese despliegue contó con el respaldo de Apple y se integró a las celebraciones oficiales de la NFL por los 250 años de Estados Unidos. La latinidad en Estados Unidos ya no pide permiso; ocupa un lugar central.
Más allá del ruido político, hubo un elemento que sostuvo toda la narrativa visual: la caña de azúcar. Su presencia en un escenario global remite a una historia productiva larga y densa. Durante siglos, la caña fue el eje económico de amplias regiones de América Latina, desde el sur de Estados Unidos hasta el norte argentino. Organizó territorios, moldeó pueblos, sostuvo industrias y concentró trabajo. Hablar de caña es hablar de tierra, de esfuerzo, de identidad y de memoria colectiva.
Esa misma caña amplió con el tiempo su papel productivo hasta convertirse en una de las biomasas más versátiles y eficientes del mundo. La caña es alimento y es combustible para automóviles; es electricidad y es combustible sustentable de aviación (SAF); es ron y es insumo para la industria química; es biofertilizantes, papel y bioplásticos. No se trata de usos aislados, sino de una lógica industrial integrada. En pocas palabras, la caña funciona como una plataforma productiva basada en el concepto de biorrefinería, capaz de articular economía circular, valor agregado y descarbonización sobre una misma base territorial.
Argentina conoce bien esa realidad. En el norte del país, la caña sigue siendo el eje económico y social de provincias enteras. Cada zafra moviliza empleo, industria, logística y conocimiento acumulado durante generaciones. La infraestructura está en funcionamiento, el capital humano existe y la experiencia productiva es concreta. La caña está. El etanol está. La capacidad está.
El debate se concentra en el paso siguiente. El sector enfrenta la ausencia de una ley de biocombustibles actualizada y previsible que permita escalar la mezcla de etanol en los combustibles líquidos. Hoy, el corte permanece en el 12%, mientras el país importa naftas que podría sustituir. Elevar el corte al 15% permitiría ahorrar divisas y aprovechar instalaciones que mantienen capacidad ociosa. Y las condiciones para dar el salto nunca han sido tan favorables: Argentina se encamina a la mayor cosecha de maíz de su historia y acaba de lograr un récord en la producción de caña de azúcar, garantizando una disponibilidad de biomasa sin precedentes.
El contraste resulta elocuente si se mira hacia afuera. En Estados Unidos, incluso Trump —crítico del show de Bad Bunny— ha sido un defensor del etanol y de políticas como el E15. No por razones culturales ni ambientales, sino por motivos económicos y productivos: el etanol genera empleo, sustituye importaciones y funciona dentro del sistema energético existente, aportando mayor soberanía.
Tal vez ahí esté la clave de fondo. Más allá de la controversia por el mensaje cultural del show de medio tiempo, lo cierto es que la escena dejó algo en evidencia. La bioeconomía ya no se expresa únicamente en informes técnicos o debates legislativos. Se filtra en los lenguajes culturales, en los símbolos que una sociedad decide mostrar y en los grandes escenarios globales. La caña ya estuvo en el centro del Super Bowl. Ahora falta que la política argentina permita que el etanol fluya, definitivamente, hacia nuestros surtidores.


