lunes, abril 27, 2026
 

La cosecha del Atlántico: el ambicioso plan para convertir las algas en el nuevo motor industrial

Con una inversión de 1,5 millones de euros, una startup irlandesa y el Instituto Europeo de Innovación y Tecnología buscan derribar las barreras de escala de la biomasa marina.

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Hay recursos naturales que el mundo lleva décadas reconociendo como valiosos sin terminar de saber cómo aprovecharlos a escala. Las algas marinas son uno de ellos. Se las estudia en laboratorios, se las menciona en foros de sostenibilidad, se las incluye en hojas de ruta de transición energética y alimentaria. Pero cuando las empresas que necesitan biomasa vegana, ingredientes funcionales, bioestimulantes agrícolas o materiales de base biológica intentan comprarlas en volúmenes industriales y con calidad consistente, el mercado no responde. La oferta existe, pero es fragmentada, pequeña, cara y poco predecible.

Ese es el problema que un grupo de investigadores, empresas y organismos europeos decidió atacar de frente. Y el lugar elegido para probarlo son las aguas frías y productivas del Atlántico irlandés.

Una startup con un mandato concreto

Óir na Farraige —que en irlandés significa, literalmente, «oro del mar»— es una empresa fundada recientemente en Galway, en la costa oeste de Irlanda. Su director gerente, Gareth Murphy, la describe con precisión: no es una startup de biotecnología ni una consultora ambiental, sino una empresa de producción, con foco en resolver los problemas prácticos que hoy impiden que el cultivo de algas llegue a escala comercial. «El desafío central del sector es alcanzar la escala necesaria para abastecer mercados emergentes de manera consistente», señaló Murphy al anunciar el proyecto. «Este trabajo se concentra en cómo reducir costos de producción, mejorar la eficiencia del cultivo y conectar la biomasa de algas con demanda industrial real».

Con ese mandato, Óir na Farraige asumió la conducción de un proyecto financiado por EIT Food, el brazo agroalimentario del Instituto Europeo de Innovación y Tecnología (EIT), un organismo de la Unión Europea dedicado a acelerar la innovación en sectores estratégicos. El proyecto tiene un presupuesto total de €1,5 millones e involucra socios de Irlanda y Noruega, con participación activa de la Universidad de Galway.

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Qué hace al alga marina tan interesante —y tan difícil de industrializar

Las macroalgas —las algas de mayor tamaño, como las pardas, las rojas y las verdes que crecen en zonas costeras— son organismos fotosintéticos que no requieren agua dulce, tierra cultivable ni fertilizantes para crecer. Esa sola característica las convierte en una materia prima extraordinariamente eficiente desde el punto de vista productivo y ambiental. Pero además de eso, su composición bioquímica las hace versátiles de una manera que pocos cultivos pueden igualar.

En el sector agrícola, los bioestimulantes derivados de algas —especialmente los extractos de algas pardas como Ascophyllum nodosum y Ecklonia maxima— se usan para mejorar la germinación, fortalecer las raíces, aumentar la tolerancia al estrés hídrico y potenciar la absorción de nutrientes en los cultivos. No reemplazan a los fertilizantes convencionales, pero los complementan, reduciendo las dosis necesarias y mejorando la salud del suelo. En el lenguaje agrícola, son la versión marina de lo que los inoculantes microbianos hacen desde el suelo: activar procesos biológicos que mejoran la eficiencia productiva.

En alimentación, las algas aportan polisacáridos como el agar, la carragenina y los alginatos, que funcionan como espesantes, gelificantes y estabilizantes en productos que van desde los helados hasta embutidos. También son fuente de proteínas completas, minerales y compuestos bioactivos con propiedades antioxidantes e inmunomoduladoras. Su uso como alimento directo sigue siendo marginal, excepto en Asia, donde las algas tienen siglos de presencia en la dieta, pero crece a medida que la búsqueda de proteínas alternativas gana terreno.

En el terreno de los biomateriales, los polímeros derivados de algas se exploran como sustitutos del plástico en envases, como matrices para encapsulación de fármacos, como componentes de textiles biodegradables y como andamios para ingeniería de tejidos. Y en bioenergía, las algas tienen potencial tanto para la producción de biogás por digestión anaeróbica como para la obtención de lípidos con aplicaciones en biocombustibles avanzados, aunque esta última vía sigue siendo económicamente inviable sin mejoras sustanciales en los costos de cultivo y procesamiento.

El problema, en todos estos casos, es el mismo: la oferta de biomasa no alcanza. No en cantidad, no en consistencia, no en precio. Los productores de algas operan mayormente a escala artesanal o semiindustrial, con métodos de cultivo que dependen en gran medida de trabajo manual, que son sensibles a las condiciones oceánicas y que generan rendimientos por hectárea demasiado bajos para competir con otras materias primas en mercados industriales. El interés existe. La tecnología de procesamiento avanza. Pero sin una cadena de suministro confiable, el mercado no puede despegar.

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La tecnología noruega que llega a aguas irlandesas

Uno de los aspectos más concretos del proyecto es la demostración, por primera vez en aguas irlandesas, de la plataforma de cultivo integrado desarrollada por Arctic Seaweed, la empresa noruega que participa como socio técnico. Noruega tiene una de las industrias de acuicultura más avanzadas del mundo —construida sobre décadas de experiencia en el cultivo de salmón— y ese conocimiento operativo se ha trasladado progresivamente al cultivo de macroalgas, donde el país escandinavo lleva ventaja técnica sobre la mayoría de sus pares europeos.

El sistema de Arctic Seaweed combina infraestructura de cultivo de última generación con procesos habilitadores como la siembra directa, diseñado desde el inicio para producción industrial a gran escala. La clave está en la integración: en lugar de tratar cada etapa del cultivo —preparación del sustrato, siembra, cosecha, procesamiento preliminar— como un proceso separado con su propia logística, el sistema los articula en una cadena operativa continua que reduce la complejidad, baja los costos operativos y permite obtener rendimientos de biomasa por hectárea significativamente más altos que los métodos tradicionales.

La demostración en aguas irlandesas no es un experimento académico. Es una prueba de transferibilidad: verificar si una tecnología desarrollada para el ambiente oceánico noruego puede funcionar con igual eficiencia en las condiciones del Atlántico irlandés, con sus propias corrientes, temperaturas y dinámicas costeras. Los resultados, según Murphy, alimentarán directamente la planificación de la producción comercial de Óir na Farraige, que la empresa proyecta iniciar a partir de 2028.

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El rol de la universidad y la pregunta ambiental

El tercer componente del proyecto corresponde a la Universidad de Galway, que evaluará los servicios ecosistémicos del cultivo de algas y su ciclo de vida completo. Esta dimensión no es secundaria: antes de que cualquier regulador europeo valide una cadena de suministro de algas marinas como «sostenible» o «regenerativa», es necesario demostrar con datos propios —no extrapolados de condiciones noruegas o asiáticas— qué impacto tiene el cultivo intensivo en los ecosistemas costeros locales.

Las preguntas son legítimas. ¿El monocultivo de algas afecta la biodiversidad marina? ¿Compite con especies nativas? ¿Qué pasa con los nutrientes que las algas absorben del agua —fósforo, nitrógeno— y que de otro modo alimentarían a otros organismos? En contextos de acuicultura intensiva, estas son preguntas que no pueden quedar sin respuesta. La evaluación del ciclo de vida que realizará la Universidad de Galway buscará responderlas con metodología científica, generando los datos de línea de base que la industria necesita para crecer sobre bases sólidas.

Una cadena que todavía hay que construir

El proyecto de Óir na Farraige con IT Food se inserta en un esfuerzo más amplio de la Unión Europea por desarrollar lo que se denomina la bioeconomía azul: el conjunto de actividades económicas basadas en recursos marinos y de agua dulce que operan dentro de los límites de los ecosistemas. No se trata de un sector autónomo ni de un mercado con dinámica propia, sino de una forma de organizar procesos productivos —alimentación, materiales, energía, química— apoyándose en la biología de los océanos en lugar de en recursos fósiles o terrestres.

En ese marco, las algas marinas representan una de las apuestas más prometedoras porque su cultivo puede diseñarse para mejorar activamente la calidad del agua absorbiendo excesos de nutrientes que de otro modo alimentarían la eutrofización costera.

Pero la distancia entre la promesa y la cadena de valor funcional sigue siendo grande. Lo que el proyecto busca —y lo que lo hace relevante más allá de sus €1,5 millones— es atacar el eslabón más débil: no la ciencia, no la demanda, sino la ingeniería operativa que permite producir biomasa de algas de forma consistente, eficiente y económicamente viable. «Si las algas han de convertirse en una materia prima competitiva para las industrias de base biológica, dos cosas son esenciales: reducir los costos de producción y mejorar la eficiencia operativa», sintetizó Murphy. Es una frase técnica, casi burocrática. Pero detrás de ella hay un diagnóstico preciso de por qué una industria con décadas de promesas todavía no logró dar el salto industrial que todos esperaban.

Irlanda, con sus 2.500 kilómetros de costa atlántica, sus tradiciones históricas de recolección de algas y su creciente ecosistema de innovación marina, tiene condiciones para ser uno de los lugares donde ese salto finalmente ocurra.

 
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