jueves, marzo 12, 2026
 

Acuicultura: el pez que podría fortalecer al sector frente al cambio climático

Un estudio en Nueva Zelanda demuestra que el mejoramiento genético mejora crecimiento y supervivencia, y abre una vía de diversificación productiva.

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En las aguas protegidas de los Marlborough Sounds, al norte de la Isla Sur de Nueva Zelanda, las jaulas marinas forman un entramado silencioso sobre la superficie. Allí se crían miles de peces que deben completar su ciclo productivo en un océano cada vez más cálido. En los últimos años, las olas de calor marinas dejaron de ser excepcionales para convertirse en una variable recurrente del negocio.

Para un país cuya acuicultura de peces de aleta depende en gran medida del salmón —una especie particularmente sensible al aumento de temperatura— el desafío es claro: diversificar antes de que el clima imponga límites más duros.

En ese contexto, una investigación del Bioeconomy Science Institute Maiangi Taiao, publicada en el New Zealand Journal of Marine and Freshwater Research, pone el foco en una alternativa concreta: el snapper en acuicultura.

El snapper, conocido científicamente como Chrysophrys auratus, es un pez marino de aguas templadas, muy apreciado en la pesca recreativa y comercial en Oceanía. Pertenece al grupo de los besugos, el mismo linaje que incluye especies ampliamente cultivadas como la dorada mediterránea o el besugo rojo japonés. Es decir, no se trata de una rareza experimental, sino de un pariente cercano de algunos de los peces más exitosos en la acuicultura global.

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Mejoramiento genético con impacto productivo

El estudio comparó ejemplares silvestres con individuos de cuarta generación obtenidos mediante selección genética. En cada generación, los investigadores eligieron como reproductores a los peces con rasgos más favorables para sistemas de cultivo: mejor crecimiento, mayor adaptación y mayor supervivencia.

Durante dos años, ambos grupos fueron criados en estanques en tierra y en jaulas marinas en los Marlborough Sounds. Los resultados fueron consistentes en todos los sistemas.

En tierra, los snappers seleccionados crecieron 1,7% más en longitud y 9,8% más en peso que los silvestres. En jaulas marinas, la diferencia fue aún mayor: 4,8% más largos y 14,2% más pesados. Pero el dato más significativo para el productor fue la supervivencia. En estanques aumentó 84,2% y en jaulas 60,8%.

En términos prácticos, eso significa más biomasa cosechable por ciclo y menor riesgo económico. En acuicultura, pequeñas diferencias porcentuales pueden traducirse en márgenes decisivos.

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Una especie alineada con el nuevo clima

La importancia estratégica del hallazgo radica en el contexto climático. Como especie de aguas más cálidas, el snapper muestra buen desempeño bajo condiciones térmicas que empiezan a tensionar a otras especies tradicionales.

Según explicó la investigadora principal, Maren Wellenreuther, la acuicultura de peces de aleta enfrentará desafíos crecientes a medida que aumente la temperatura del mar. Incorporar nuevas especies no solo amplía la oferta comercial, sino que construye resiliencia estructural frente al cambio climático.

La primera autora del trabajo, Georgia Samuels, subrayó que la selección genética no solo permitió acelerar el crecimiento, sino también mejorar la capacidad de los peces para tolerar factores ambientales estresantes. Es un ejemplo concreto de cómo la biotecnología aplicada puede anticiparse a los impactos climáticos en la producción de alimentos.

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Diversificación como estrategia bioeconómica

Más allá de Nueva Zelanda, el mensaje tiene alcance global. Las cadenas acuícolas dependen de pocas especies dominantes, lo que incrementa la vulnerabilidad ante cambios ambientales bruscos.

El desarrollo del snapper en acuicultura sugiere que el mejoramiento selectivo de especies adaptadas a aguas templadas y cálidas puede transformarse en una herramienta clave para asegurar la producción futura de proteínas marinas.

Si las próximas etapas confirman estos resultados a escala comercial, el snapper podría convertirse en uno de los pilares de la acuicultura neozelandesa. En un océano que cambia, la resiliencia no será solo una cuestión de tecnología o infraestructura. También será, cada vez más, una cuestión de genética y elección de especies.

 
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