Hay cultivos que cargan con décadas de promesas incumplidas. El ricino —la planta de cuyas semillas se extrae uno de los aceites industriales más versátiles del mundo— es uno de ellos. Su aceite resiste temperaturas extremas, lubrica piezas de alta precisión, entra en fórmulas cosméticas y farmacéuticas, y desde hace años figura en las listas de materias primas con potencial para biocombustibles. El problema nunca estuvo en las propiedades del producto final, sino en el origen: la planta en sí era difícil de cultivar a escala, resistente a la mecanización, variable en rendimiento y cara de producir. Esa brecha entre el aceite que el mercado quería y la agricultura que podía entregarlo fue, durante mucho tiempo, el techo del ricino.
Unos ensayos comerciales recién completados en el estado de Bahía, en el noreste de Brasil, sugieren que ese techo empezó a moverse.
Variedades diseñadas para la máquina, no para el ojo
La empresa detrás de los resultados es Casterra Ag Ltd., una compañía dedicada al desarrollo de variedades de ricino de alto rendimiento y a la construcción de sistemas integrados de producción. Casterra es una subsidiaria de plena propiedad de Evogene Ltd., una firma israelí pionera en química computacional que desarrolla moléculas pequeñas mediante inteligencia artificial generativa para las industrias farmacéutica y agrícola. La herramienta central de Evogene es ChemPass AI, un sistema propietario de diseño molecular que explora vastos espacios químicos para generar candidatos con alta probabilidad de éxito en el desarrollo. Casterra aprovecha esas capacidades genómicas —licenciadas desde la empresa madre— y las combina con una red global de mejoramiento para producir semillas de ricino orientadas a la industria bio-basada.
El concepto de Casterra parte de una premisa agronómica simple pero difícil de ejecutar: si el ricino va a competir como insumo para biocombustibles, el costo de producción del grano tiene que bajar sin sacrificar la rentabilidad del productor. Para lograrlo, la compañía desarrolló variedades propietarias diseñadas específicamente para la cosecha mecánica y el cultivo con bajos insumos. No son variedades mejoradas a la manera convencional para maximizar rendimiento en condiciones ideales; son materiales pensados para operar en condiciones diversas, resistir la variabilidad climática y permitir que una cosechadora pase sin que la planta se convierta en un obstáculo.
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74 hectáreas en Bahía, dos sistemas de producción, un resultado consistente
Los ensayos se desarrollaron sobre 74 hectáreas de tierra agrícola comercial en el estado de Bahía. De esa superficie, 64 hectáreas se cultivaron en condiciones de secano —es decir, sin riego, dependiendo exclusivamente de las lluvias—, y las 10 restantes contaron con riego por pivote central. Durante el ciclo de cultivo cayeron 382 milímetros de precipitación total, un valor que se ubica en el rango inferior de lo que se considera adecuado para la mayoría de los cultivos extensivos, lo que convierte los resultados en una prueba de resiliencia agronómica tanto como de productividad.
El diseño experimental evaluó distintas densidades de plantas y tasas de aplicación de nutrientes. Sobre cada parcela se registraron de manera exhaustiva todas las operaciones del campo, incluyendo las aplicaciones de nutrientes y de protección de cultivos, lo que permitió calcular con precisión los costos directos de producción. Este nivel de trazabilidad es clave: sin datos de costos reales sobre agricultura comercial —no experimental—, cualquier afirmación sobre viabilidad económica queda en el terreno de la especulación.
Los resultados confirmaron que el cultivo mecanizado a escala comercial es económicamente viable con las variedades desarrolladas por Casterra, y que ese resultado se sostiene en condiciones climáticas y de manejo diversas. No es un resultado en parcelas experimentales controladas; es un resultado en tierra comercial, bajo condiciones reales de producción.
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La IA detrás de la semilla
Para entender qué hace a estas variedades diferentes, hay que mirar hacia arriba en la cadena: hacia Evogene y su plataforma de diseño computacional. ChemPass AI no es una herramienta de análisis de datos agrícolas en el sentido convencional; es un sistema de diseño generativo de moléculas pequeñas que permite explorar combinaciones químicas y genéticas con una velocidad y exhaustividad imposibles para los métodos tradicionales. Casterra accede a esas capacidades para acelerar el mejoramiento genómico del ricino, identificando con mayor precisión qué características genéticas se asocian al comportamiento agronómico buscado: uniformidad en la maduración —fundamental para que la cosecha mecánica sea eficiente—, altura de planta adecuada para las máquinas, tolerancia al estrés hídrico y rendimiento en aceite por hectárea.
Esta integración entre genómica computacional y agronomía de campo es parte de lo que diferencia el enfoque de Casterra del trabajo de mejoramiento convencional que históricamente se hizo con el ricino, que tendía a optimizar para condiciones locales específicas sin escalar globalmente.
El mercado que espera al ricino
El aceite de ricino no es un commodity genérico. A diferencia de la soja, el girasol o la palma, no tiene sustitutos directos en muchas de sus aplicaciones industriales. Su estructura química —rica en ácido ricinoleico, un ácido graso hidroxilado que no se encuentra en ningún otro aceite vegetal en proporciones comparables— le otorga propiedades únicas: alta viscosidad estable en un rango amplio de temperaturas, compatibilidad con polímeros, capacidad lubricante y resistencia a la oxidación. Por eso aparece en lubricantes de aviación, recubrimientos industriales, plásticos de ingeniería, cosméticos y, cada vez más, en formulaciones bio-basadas para reemplazar derivados del petróleo.
El uso en biocombustibles, históricamente, fue una posibilidad más teórica que práctica. El aceite de ricino puede convertirse en biodiésel a través de transesterificación, pero los altos costos de producción del grano hacían que el resultado final no fuera competitivo frente a otras materias primas como la soja o la palma. El objetivo de Casterra es modificar esa ecuación de costos lo suficiente como para que el ricino entre al mercado de biocombustibles con una lógica económica sustentable, sin depender exclusivamente de subsidios o mandatos de mezcla.
En el marco de la bioeconomía —ese conjunto de procesos productivos que reemplaza insumos fósiles por recursos biológicos renovables a lo largo de distintas cadenas de valor— el ricino representa un caso interesante de materia prima con múltiples destinos posibles: el mismo grano puede derivar en lubricantes, en plásticos bio-basados o en combustible líquido, según las señales del mercado y la tecnología disponible en la biorefinería. Esa versatilidad es un activo en un contexto donde la descarbonización de distintos sectores industriales ocurre a velocidades distintas y con necesidades diferentes.
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Brasil como laboratorio y como mercado
La elección de Brasil no es casual. El país tiene una larga historia con el ricino —la mamona, como se la llama localmente— especialmente en el Nordeste, donde fue durante décadas un cultivo de pequeños agricultores familiares vinculado a programas gubernamentales de energía rural. Bahía, en particular, concentró parte de ese desarrollo histórico. Pero la producción local nunca logró consolidarse a escala industrial: los rendimientos eran bajos, la mecanización era escasa y la competencia con otras oleaginosas más productivas fue erosionando el interés.
Los ensayos de Casterra se desarrollaron, entonces, en un territorio con memoria agrícola del cultivo, pero apuntando a un modelo de producción completamente diferente: mecanizado, de escala comercial, con variedades de alto desempeño y con un registro de costos que permita competir en el mercado de aceites industriales y biocombustibles.
Para 2026, Casterra planea consolidar su presencia en Brasil con la creación de una subsidiaria local y el establecimiento de alianzas estratégicas con productores de aceite de ricino ya establecidos en el mercado. Además, prevé expandir los ensayos a nuevas zonas agroclimáticas en varios estados brasileños, lo que permitirá afinar las recomendaciones de manejo y validar el desempeño de las variedades en condiciones más diversas.
Una cadena que todavía tiene que construirse
Yoash Zohar, director de tecnología de Casterra, señaló que los resultados reafirman el concepto de la compañía para desarrollar una agricultura de ricino económicamente viable, y que posicionan al cultivo como una materia prima sustentable y escalable para las industrias de biocombustibles y productos bio-basados en expansión.
Pero los resultados agronómicos, aunque necesarios, no son suficientes por sí solos. El escalamiento real del ricino como insumo para biocombustibles en Brasil depende de que se consolide una cadena de valor completa: productores con acceso a semillas de calidad, acopio, procesamiento de aceite a escala industrial y demanda firme por parte de biorrefinerías o productores de biodiésel. Casterra llega con una respuesta a la parte agrícola del problema —semilla y sistema de producción—, pero la construcción de los eslabones intermedios y finales de esa cadena es una tarea que involucra a otros actores, incluyendo la industria procesadora, el sector energético y, eventualmente, políticas públicas que den previsibilidad a la demanda.
Lo que los ensayos en Bahía demuestran es que el punto de partida —la viabilidad agronómica y económica del cultivo a escala— ya no es el obstáculo que fue durante décadas. Si el ricino logra construir esa cadena, la pregunta dejará de ser si puede cultivarse, y pasará a ser cuánto aceite puede poner en el mercado.


