Santiago De Cara tenía un problema que se repetía cada vez que daba una orden de pulverización en su establecimiento hortícola en Carmen de Patagones. La dosificación correcta requería una serie de cálculos matemáticos que, aunque elementales sobre el papel, resultaban difíciles de resolver con precisión en el momento y en el lugar donde hacía falta: el campo, con el equipo encendido y el operario esperando instrucciones. El margen de error no era inocuo. Una aplicación mal calibrada podía significar deriva de producto, pérdida de eficacia agronómica o, directamente, daño al cultivo.
Hasta que De Cara empezó a usar las apps del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) —el organismo público argentino dedicado a la investigación, el desarrollo tecnológico y la extensión rural en el sector agropecuario—. «Las apps lograron unificar el idioma con los operarios, sobre todo en pulverización», dice hoy, como presidente de la Asociación de Productores Hortícolas de Carmen de Patagones. «Logramos un idioma compartido con los operarios en cuestiones técnicas donde se familiarizan en el uso, se debaten parámetros, se incorporan términos en lo cotidiano, se construyen indicadores conjuntamente entre operarios y productores.»
Esa transformación concreta en el vínculo entre quien decide y quien ejecuta una labor agrícola es quizás el mejor resumen de lo que ocurrió en la última década con un conjunto de herramientas digitales desarrolladas desde el INTA: Criollo, Campero y El Galpón. Tres aplicaciones móviles gratuitas, de uso sencillo, pensadas para resolver problemas reales de calibración y manejo de maquinaria agrícola. A diez años de sus primeros desarrollos, los números que dejaron son difíciles de ignorar.
Ocho millones de hectáreas y 13,5 millones de dólares ahorrados
Según datos del equipo de desarrollo, cerca de 8,3 millones de hectáreas de cultivos son tratados anualmente con máquinas calibradas con estas aplicaciones. El impacto económico directo se estima en ahorros cercanos a los 13,5 millones de dólares anuales, con una mejora promedio de 1,7 dólares por hectárea derivada de la optimización en el uso de insumos y la calidad de las labores. Son cifras que no surgieron de un estudio de impacto encargado para una presentación: son el resultado acumulado de años de uso real en condiciones de campo.
Juan Pablo D’Amico, especialista del equipo que desarrolla estas herramientas en la EEA Hilario Ascasubi del INTA —estación experimental ubicada en el sur de la provincia de Buenos Aires, con especialización en agricultura bajo riego y producción hortícola intensiva—, es uno de los artífices de este recorrido. Desde el lanzamiento de App Criollo, explica, se realizaron seis actualizaciones en las que se incorporaron nuevas utilidades para facilitar la toma de decisiones. «La versión actual triplica en capacidades a la original», señala.
Lo que comenzó como una herramienta para calcular velocidades de avance y caudales de pulverización fue incorporando funciones para fertilización, siembra y manejo de equipos de distinta escala. Cada actualización respondió a demandas que llegaban desde el territorio: productores que necesitaban resolver un cálculo específico, técnicos que pedían un módulo adicional, extensionistas que identificaban un vacío en campo que podía cubrirse con una pantalla y un algoritmo bien diseñado.
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Qué hace cada app y para qué sirve
Las tres aplicaciones tienen perfiles diferenciados, aunque comparten una misma lógica: traducir procedimientos técnicos complejos a interfaces simples, usables sin conexión a internet y sin necesidad de equipamiento especial más allá de un smartphone.
Criollo: la referencia para pulverización y fertilización
App Criollo es la más extendida del ecosistema. Está orientada a la calibración de pulverizadoras y equipos de fertilización, y permite calcular volúmenes de aplicación, velocidades de avance, caudal por boquilla y dosis de producto. También genera reportes que quedan almacenados en el dispositivo, lo que permite documentar cada labor y construir registros de trazabilidad. Juan Carlos Daurich, coordinador regional de la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (Casafe) —la entidad que nuclea a las empresas del sector de agroquímicos y fertilizantes en Argentina—, utiliza Criollo Atomizadores con productores que se insertan en procesos de digitalización y la define como «una herramienta muy práctica, fácil de usar, intuitiva, que genera información valiosa y trazabilidad».
Campero: sembradoras y dosificadores bajo control
App Campero está diseñada para el trabajo con sembradoras. Calcula la densidad de siembra, evalúa la descarga de dosificadores de semilla y fertilizantes, y controla la distribución longitudinal. Permite además calcular la cantidad de insumos necesarios para determinar el producto a granel o en envases, y compila los resultados en un reporte que se almacena en el dispositivo. Su integración con el sector privado llegó al punto de que Case y New Holland —dos de las marcas líderes en maquinaria agrícola a nivel global— la incorporaron como aplicación opcional en sus pilotos automáticos. David Pusseto, referente de Marketing de Productos de Precisión de ambas firmas, lo explica con claridad: «En esta digitalización del campo, una aplicación desarrollada por equipos técnicos del INTA suma confianza y ayuda a los operadores a aprovechar mejor sus herramientas».
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El Galpón: el orden en la gestión de insumos
El Galpón completa el trío con un enfoque orientado a la gestión: permite registrar el stock de insumos, llevar el control de las labores realizadas y generar reportes por lote. Es la herramienta pensada para el productor que quiere tener en su bolsillo no solo la capacidad de calibrar una máquina, sino también de administrar lo que entra y sale de su establecimiento.
La llave que abrió el sector privado
Una de las dimensiones menos visibles pero más relevantes del desarrollo de estas apps es la red de vínculos institucionales y comerciales que generaron. «Muchas empresas ven al INTA como un socio estratégico en el plano digital», señala D’Amico. Esa percepción derivó en alianzas concretas: desde la incorporación de las herramientas en los sistemas de empresas como Auravant —plataforma de gestión agrícola digital— hasta el asesoramiento a desarrolladores privados que buscan construir sobre el camino ya recorrido por el organismo público.
Santiago Tourn, director de Mecatech —empresa especializada en tecnología para la calibración y evaluación de maquinaria agrícola—, dimensiona el salto que estas herramientas representan: «Poder medir eficiencia y ajustar una máquina a partir de esas mediciones implica un paso de innovación, con impacto directo en la producción, en la calidad del trabajo y en la seguridad de quien lo realiza». Y agrega un punto que aparece mencionado con insistencia por todos los usuarios: «Son fáciles, escalables y democratizan el uso de la calibración de maquinaria».
Esa democratización tiene una dimensión educativa que no es menor. Juan Carlos Bregy, referente de la Fediap —la Federación de Institutos Agrotécnicos Privados de la República Argentina, organización que nuclea a establecimientos de educación agropecuaria técnica de todo el país—, trabaja con estas herramientas en la formación de futuros técnicos: «Las apps son muy fáciles de manejar: valoramos su diseño simple y que algunas puedan usarse sin conexión a internet. Por su versatilidad no tienen nada que envidiarle a las que hoy están presentes en el mercado».
En la Universidad Nacional de Cuyo, el investigador Marcos Montoya —especialista en evaluación de maquinaria y capacitación a productores hortícolas y vitícolas en el INTA Mendoza— trabaja con las apps desde hace años y describe con precisión el problema que resolvieron: «En el vínculo con el productor, una limitante eran los cálculos manuales. Hoy, en una misma aplicación encontramos la metodología, la verificación de parámetros, el cálculo del volumen y un reporte de la aplicación». La UNCuyo ya lleva cuatro cohortes de su Escuela de Encargados de Finca usando estas herramientas junto a Casafe.
Digitalización con raíces en el territorio
El ecosistema de apps del INTA no surgió en un laboratorio de innovación desconectado de la práctica. Su origen está en la identificación de problemas reales que técnicos de extensión detectaban en campo: la dificultad para calibrar una pulverizadora sin acceso a una calculadora confiable, la falta de un protocolo simple para verificar la descarga de una sembradora, la ausencia de un registro accesible para documentar una labor. Cada herramienta nació de una necesidad concreta.
Gabriela Tallarico, especialista del Programa AgTech del INTA —la iniciativa institucional que articula los desarrollos de tecnología digital aplicada al agro dentro del organismo—, enmarca este proceso en un cambio más amplio: «El agro del futuro es con digitalización», afirma. Y agrega que «estamos ante una reconfiguración sistémica del agro global», lo que hace necesario «acercarse a la tecnología desde opciones prácticas, disponibles y de utilidad directa para el manejo o la gestión diaria».
Esa lógica de lo práctico y lo accesible es la que explica por qué herramientas desarrolladas con recursos públicos lograron penetrar en el uso cotidiano de un sector históricamente resistente a la adopción tecnológica cuando esta no resuelve un problema inmediato. No hubo aquí ninguna promesa abstracta de transformación digital: hubo una app que resolvía, en segundos, un cálculo que antes demandaba papel, lápiz y tiempo.
El proceso por el que la ciencia pública se convierte en herramienta de trabajo en manos de un productor o un operario rural —sin intermediarios, sin costo de acceso, sin curva de aprendizaje pronunciada— es precisamente la forma en que la investigación agropecuaria puede traducirse en valor concreto para quienes producen. Ese es el fundamento que subyace a estos desarrollos y que explica, en buena medida, su adopción a escala.


