jueves, junio 18, 2026
 

La bioeconomía del poste de luz: Córdoba prueba el primer biotransformador del país

En Quilino, la provincia puso en marcha un equipo de distribución eléctrica que reemplaza el aceite mineral de su interior por un fluido a base de soja que reduce hasta 98% las emisiones GEI. Es el primer paso de un plan que busca expandir esta tecnología a gran escala, priorizando las zonas rurales a través de una red cooperativa que cubre el 70% del territorio cordobés.

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En la localidad cordobesa de Quilino, ante una sala de cooperativistas eléctricos, la provincia ensayó un equipo que por fuera no se distingue de cualquiera de los miles de transformadores que reparten la energía a lo largo del territorio. La diferencia está en lo que lleva adentro. Por primera vez en Argentina, un transformador de distribución funciona con un aceite de soja en lugar del derivado del petróleo que la industria utiliza desde hace casi un siglo. La Secretaría de Infraestructura Eléctrica de Córdoba lo bautizó biotransformador y lo presentó como la punta de un plan para renovar la red provincial.

El aceite es un componente que casi nadie asocia con un transformador. Dentro de cada uno de estos equipos, las bobinas que reducen la tensión de los valores de distribución a los de consumo trabajan sumergidas en un fluido que cumple dos funciones a la vez: las mantiene aisladas para que la electricidad no salte donde no debe, y absorbe el calor que generan para que el aparato no se recaliente. De ese líquido depende que el transformador funcione, y por eso la elección del aceite nunca fue un asunto menor.

Un líquido con un pasado incómodo

Hasta hace unas décadas, buena parte de los transformadores del mundo se llenaron con bifenilos policlorados, los PCB, un fluido apreciado por su baja inflamabilidad, su estabilidad química y su poder aislante, que lo volvieron casi insustituible en equipos eléctricos. Con el tiempo se descubrió el costo oculto de esas virtudes: los PCB son tóxicos y cancerígenos, además de contaminantes que no se degradan y se acumulan en los organismos vivos. El hallazgo derivó en prohibiciones en todo el mundo. En Argentina rige desde 2002 la Ley 25.670, que ordenó su eliminación y prohibió instalar cualquier equipo que los contenga. Aquella historia dejó una enseñanza que todavía pesa: lo que se pone dentro de un transformador puede volverse un problema mucho después de instalado.

El PBC fue sustituido por aceite mineral obtenido del petróleo, una opción barata y eficaz, pero con dos flancos débiles. Arde con facilidad, de modo que una falla puede transformar al propio equipo en un foco de incendio, y no se degrada en la naturaleza, por lo que una pérdida deja el suelo y las napas contaminados durante años. Esos dos riesgos son los que los funcionarios cordobeses quieren reducir con el aceite vegetal.

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Qué cambia con el aceite de soja

El fluido vegetal transforma al equipo en un dispositivo en las antípodas de la tecnología fósil. La primera gran diferencia radica en la gestión de riesgos en el territorio. Al estar formulado a base de soja y aditivos de alto rendimiento —completamente libre de petróleo, halógenos o azufre corrosivo—, el biotransformador neutraliza el peligro de la contaminación por derrames gracias a su biodegradabilidad intrínseca. En paralelo, resuelve el riesgo de los incendios: el aceite vegetal eleva el punto de combustión hasta los 360 grados, una tolerancia térmica muy superior a la del aceite mineral que reduce drásticamente la posibilidad de que una avería interna derive en un siniestro con fuego.

Este perfil ecológico convive con una alta exigencia operativa. Lejos de ser un prototipo que resigne potencia en pos de la sustentabilidad, el equipo entrega el mismo rendimiento que un transformador convencional, pero con una resiliencia mayor ante escenarios críticos. Soporta mejor las sobrecargas prolongadas en picos de demanda, tolera temperaturas de trabajo más elevadas y resiste ambientes de extrema humedad sin que el aislamiento sufra degradación. Además, el beneficio ambiental se computa desde la cuna del producto: según la provincia, el fluido vegetal reduce en 98% las emisiones de gases de efecto invernadero respecto al aceite mineral.

Toda esta ingeniería se materializa en una estructura que responde a las necesidades específicas del interior. El aparato, protegido por una carcasa verde, utiliza bobinados de aluminio e incorpora seguridad antivandálica para frenar los habituales robos y daños en zonas aisladas. Su viabilidad técnica no es un experimento aislado; está respaldada por la norma internacional IEC 62770. El sello final de este desarrollo es social e industrial: fabricado por la firma especializada FOHAMA, su puesta a punto y ensayo se consolidó en la planta COPEQ, una estructura gestionada por los trabajadores del Sindicato Regional de Luz y Fuerza dentro de la Cooperativa Eléctrica de Quilino. Así, la tecnología no solo se diseñó para el ámbito rural, sino que se ensambló de origen dentro del mismo tejido cooperativo que sostiene la infraestructura eléctrica de la provincia.

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Ese entramado explica por qué la presentación tuvo a las cooperativas eléctricas como destinatarias centrales: serán ellas las que instalen y operen los equipos en cada rincón de la provincia. Para esta primera etapa, Córdoba adquirió más de 250 biotransformadores, con prioridad en las zonas rurales y agroindustriales, donde la continuidad del servicio y el menor riesgo ambiental influyen directamente sobre la actividad productiva. El margen para crecer es amplio, porque las cooperativas cubren el 70% del territorio provincial, y los primeros equipos ya están funcionando en el norte cordobés.

El biotransformador, por lo demás, es solo una parte de un plan más extenso. Integra el programa de Bioestaciones Eléctricas Inteligentes que impulsa el gobierno provincial, que combina estaciones transformadoras compactas, centros de distribución reducidos y biocombustibles para generación, entre otras herramientas para modernizar la red con criterios de sostenibilidad y eficiencia. El subsecretario de Infraestructura Eléctrica, Ezequiel Turletto, sintetizó la apuesta al señalar que no se trata solo de cambiar un equipo por otro, sino de demostrar que la infraestructura eléctrica puede ser más eficiente, segura y sostenible al mismo tiempo.

En el fondo, lo que está haciendo Córdoba es buscar dentro de su propia matriz productiva mejores soluciones a los problemas locales, en este caso, su red eléctrica. La soja que la provincia cultiva y procesa no necesita salir como commodity para regresar convertida en tecnología: el fluido se produce en origen, transformando la materia prima regional en un insumo industrial donde el petróleo parecía la única opción. Es, al fin y al cabo, la lógica que atraviesa el paradigma de la bioeconomía: usar un recurso de origen biológico para reemplazar a uno fósil, en este caso dentro de un aparato que pasa a desapercibido escondido en el paisaje.

 
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