A simple vista, parece pan. La textura es esponjosa, la superficie irregular, con pequeñas burbujas visibles como las de una miga bien fermentada. Pero no es alimento: es una nueva generación de espuma técnica creada a partir de celulosa, un polímero vegetal, y cocinada en horno como si fuera una masa leudada. Esta similitud con la panificación no es un detalle menor. Es la clave de una innovación desarrollada por científicos europeos que podría transformar industrias enteras.
Las espumas técnicas —como las que se usan en colchones, cascos, aislantes, asientos de autos o plantillas de calzado— son materiales livianos, porosos y con gran capacidad de absorción de impactos. Su estructura se basa en una matriz sólida que encapsula aire en su interior, otorgando elasticidad, amortiguación térmica, acústica o mecánica, según el diseño. Hasta hoy, casi todas las espumas de uso industrial derivan del petróleo: poliuretanos, poliestirenos, PVC espumado. Baratas y versátiles, pero con una huella ambiental alarmante.
En cambio, la espuma desarrollada por el proyecto europeo BreadCell es completamente biodegradable, reciclable y producida a partir de celulosa, el principal componente estructural de las plantas. Es decir, un material renovable, abundante y libre de fósiles. Y si bien ya existían espumas vegetales, esta tecnología marca un salto por su desempeño técnico, su proceso de fabricación innovador y su adaptabilidad a múltiples usos.
Cocinar la celulosa: un proceso bioinspirado
BreadCell es una iniciativa financiada por la Unión Europea en la que participaron cinco instituciones científicas de Austria, Suecia y España. Su nombre alude precisamente al proceso: una “célula de pan”, un sistema donde la celulosa se comporta como la harina, el agente espumante reemplaza a la levadura y el horneado activa la estructura final. El resultado es una espuma sólida, porosa y moldeable, con propiedades que se pueden ajustar según la aplicación deseada.
El desarrollo principal estuvo a cargo de la Technische Universität Graz (TU Graz), una universidad técnica de referencia en Austria. Dos de sus institutos participaron activamente: el Institute of Bioproducts and Paper Technology, especializado en materiales lignocelulósicos, y el Vehicle Safety Institute, que aporta experiencia en ensayos de impacto y simulación mecánica. Desde la base molecular hasta los ensayos dinámicos, el equipo trabajó para demostrar que un material vegetal puede igualar —e incluso superar— el rendimiento de los plásticos espumados tradicionales.
Qué puede hacer esta espuma y por qué importa
El abanico de aplicaciones potenciales es amplio. En el sector automotriz, puede emplearse en zonas de absorción de impacto o aislamiento acústico. En la construcción, como aislante térmico. En deportes, para fabricar cascos, protectores o suelas. Y en productos de consumo, como plantillas de calzado, embalajes o mobiliario liviano.
Pero lo más interesante no es solo el tipo de objetos que puede reemplazar, sino cómo se comporta frente a exigencias reales. La clave está en la estructura interna: una red tridimensional de celdas que puede ser diseñada para absorber energía, resistir compresión, disipar vibraciones o gestionar humedad. En este punto, el equipo de TU Graz desarrolló modelos de simulación avanzados para correlacionar el diseño de las fibras con la resistencia de la espuma. La validación se realizó con ensayos dinámicos en un banco de pruebas construido especialmente para el proyecto.
Se fabricaron múltiples versiones de la espuma, variando densidad y propiedades mecánicas. Con ellas se crearon productos demostradores: un bodyboard, una patineta, plantillas de calzado, un casco de bicicleta. Cada uno fue evaluado en condiciones reales. La espuma no solo resistió: en algunos casos, incluso superó a los materiales convencionales.
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Seguridad blanda: cómo un defecto se volvió ventaja
Uno de los casos más reveladores fue el del casco. La espuma presentó una ligera inhomogeneidad en la densidad a lo largo de su espesor. En principio, esto podía parecer un defecto. Pero al probarla en un casco de bicicleta, el equipo descubrió que esta característica generaba un efecto de cizallamiento entre las capas externas e internas del casco. Según Florian Feist, investigador del Vehicle Safety Institute, esto reduce la carga rotacional sobre el cerebro durante un impacto, un principio similar al del sistema MIPS, que se utiliza en cascos de alta gama para evitar lesiones cerebrales. Es decir, la espuma vegetal no solo es sustentable, también puede ser más segura.
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Ciencia colaborativa y spin-off empresarial
Además de TU Graz, el proyecto contó con la participación de Chalmers University of Technology, en Suecia, que actuó como coordinadora general. También colaboraron la Universidad de Viena, encargada del diseño de estructuras tipo sándwich para componentes livianos; Tecnalia, un centro de investigación aplicada en España que evaluó la viabilidad de escalar la tecnología a nivel industrial; y BioNanoNet (BNN), una red austríaca especializada en nanotecnología y sostenibilidad, que analizó la biodegradabilidad y el ciclo de vida del material.
El resultado no quedó solo en el laboratorio. El primer emprendimiento surgido del consorcio ya está activo: FOAMO, una spin-off que fabrica plantillas de calzado basadas en esta espuma de celulosa. Ligeras, reciclables y con capacidad de amortiguación personalizada, estas plantillas muestran cómo una innovación bioinspirada puede llegar rápidamente al mercado.
Hacia una economía con mejores materiales
La celulosa no es un material nuevo. Está en la base de la industria papelera, en los bioplásticos, en los textiles regenerados. Pero BreadCell demuestra que aún quedan formas disruptivas de aprovecharla, sobre todo si se combina con diseño inteligente y procesos inspirados en la naturaleza. Una espuma vegetal cocinada como pan puede parecer una curiosidad científica. Pero si logra reemplazar a espumas petroquímicas en autos, cascos, zapatillas o casas, puede convertirse en un símbolo tangible de la transición hacia una bioeconomía real.
En un mundo saturado de plásticos que tardan siglos en degradarse, cada alternativa renovable cuenta. Y si, además, ofrece mejores prestaciones técnicas, la transición no es solo ecológica: es también funcional, segura y económicamente viable.


