miércoles, enero 21, 2026
 

La ola invisible del bioetanol: cómo el cierre de dos plantas en Reino Unido puede desatar un caos industrial

La entrada masiva de bioetanol barato desde EE.UU. deja al borde del cierre a Vivergo y Ensus, provocando un efecto dominó que va mucho más allá de la energía.

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En el norte de Inglaterra, dos gigantes de la bioenergía —Vivergo Fuels y Ensus— están a punto de apagar sus calderas. Para los automovilistas, nada cambiará: la gasolina seguirá mezclada con bioetanol y las metas de movilidad limpia no corren riesgo. Pero detrás de esa aparente normalidad se asoma un impacto mucho mayor. Si la producción local se detiene, una cadena de industrias clave quedará expuesta a una crisis silenciosa capaz de sacudir a la economía británica.

El detonante llegó el 8 de mayo, cuando el Reino Unido firmó un acuerdo comercial que eliminó los aranceles al bioetanol estadounidense. En cuestión de semanas, los productores locales quedaron expuestos a una avalancha de volúmenes a bajo costo que no pueden igualar. No por una cuestión de tecnología, sino de estructura: Estados Unidos cuenta con una industria más madura, con mayor escala y un marco regulatorio que permite el uso de organismos modificados en cultivos y levaduras, lo que abarata sensiblemente los costos.

Mientras Vivergo, propiedad de Associated British Foods, y Ensus luchan por sobrevivir, el país comienza a dimensionar lo que significaría perderlas. Porque estas plantas, más allá del biocombustible, sostienen una red de insumos esenciales que atraviesa la economía británica.

El CO₂ que cambió de origen y de precio

Cada litro de etanol producido en estas refinerías libera dióxido de carbono como parte del proceso natural de fermentación. A partir de los azúcares del trigo, las levaduras generan alcohol y desprenden CO₂ casi puro, que luego es capturado, comprimido y purificado. Al provenir de cultivos que absorbieron carbono atmosférico durante su crecimiento, este gas es considerado “biogénico”: su uso no incrementa la huella de carbono neta del país.

Antes de que estas biorrefinerías entraran en funcionamiento, la mayor parte del CO₂ utilizado por la industria británica provenía de refinerías fósiles o plantas químicas. Era más caro y con un impacto ambiental mucho mayor. El gas biogénico del etanol cambió esa ecuación: aportó un insumo más limpio, más accesible y con la escala necesaria para convertirse en la base de múltiples cadenas productivas.

Una transición energética sobre ruedas gigantes

Su presencia es silenciosa, pero vital. Es el gas que se utiliza en plantas de faena para aturdir a cerdos y aves de forma rápida, reduciendo el estrés animal y acelerando el procesamiento. Es también el que llena los envases de carnes y alimentos frescos con atmósferas controladas, prolongando su vida útil y reduciendo desperdicios. En la industria de bebidas, aporta las burbujas a cervezas y refrescos con la pureza exigida por los estándares alimentarios. Y en hospitales, el CO₂ tiene usos críticos: en estado gaseoso, se emplea para inflar cavidades durante cirugías laparoscópicas, mientras que en su forma sólida —como hielo seco— es indispensable para conservar vacunas, sangre y tejidos a bajas temperaturas.

Ese último uso, convertido en hielo seco, es además el pilar de la logística en frío que sostiene tanto a la industria alimenticia como a la farmacéutica. El transporte de alimentos congelados, vacunas y órganos depende de ese CO₂ sólido, que a -78°C se sublima directamente a gas sin dejar agua ni residuos. Desde que el gas biogénico desplazó al fósil en gran parte de la oferta, el hielo seco británico se volvió no solo más accesible, sino también más sostenible.

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Los granos que no se comen, pero alimentan

Además del gas, cada lote de bioetanol deja otro coproducto vital: los granos secos de destilería, conocidos como DDGS o burlanda. Son lo que queda del trigo tras extraer el almidón para fermentar, concentrando proteínas, fibra y energía que se convierten en un insumo esencial para la dieta del ganado lechero y de carne.

Para los productores británicos, estos granos son una pieza clave para mantener sus costos a raya. Solo Vivergo aporta alrededor del 20% del requerimiento proteico de la lechería del país. Reemplazar este insumo con harinas de soja importada o subproductos de destilerías de whisky no solo encarece la alimentación: según la Agricultural Industries Confederation, podría sumar 35 millones de libras al año en costos para el sector. En un contexto de precios de la energía altos y márgenes estrechos, esa cifra podría dejar fuera de juego a muchas explotaciones familiares.

Paul Tompkins, ganadero en el Vale of York, lo resume con claridad: “Los DDGS no son la mayor parte de la dieta de nuestras vacas, pero son el componente que nos permite equilibrar nutrición y costo. Sin ellos, la ecuación económica simplemente no cierra”.

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Trigo con destino incierto

Para los agricultores, las biorrefinerías significan mucho más que un mercado local: son la válvula que les permite dar valor agregado a un cultivo que, de otro modo, se vendería como commodity a precios globales muchas veces por debajo de sus costos de producción. Cada tonelada de trigo que absorben Ensus y Vivergo evita que el excedente británico tenga que competir en exportaciones, y aporta entre 10 y 15 libras extra por tonelada en el precio local.

James Mills, agricultor cerca de York, ve con preocupación el panorama: “Si estas plantas se apagan, tendremos que vender en mercados internacionales a precios que obligan a producir a pérdida. Después de dos años de lluvias que arruinaron las cosechas, muchos no podremos aguantarlo”.

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Las biorrefinerías británicas de etanol no son solo fábricas de combustible. Son el corazón de un sistema que genera energía renovable, gases industriales de bajo impacto ambiental, insumos ganaderos estratégicos y un mercado interno que sostiene a los agricultores. Su desaparición podría desatar una reacción en cadena que altere la estabilidad de la cadena alimentaria, incremente los costos del sector agropecuario y complique servicios esenciales.

Mientras Vivergo y Ensus negocian un paquete de apoyo con el gobierno para equilibrar su competitividad frente al etanol estadounidense, la discusión se vuelve más amplia: ¿qué le costará más al Reino Unido, salvar a estas plantas o dejar que se derrumbe la red invisible que mantiene funcionando a su economía?

 
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