Hay que tener coraje —o mucha necesidad de congraciarse con ciertos intereses— para sostener, en 2026, que el biodiésel de soja contamina más que el gasoil fósil. Pero eso es exactamente lo que acaba de hacer la Comisión Europea. En un documento publicado el 20 de enero (ver aquí), Bruselas actualizó la clasificación de materias primas consideradas de alto riesgo de cambio indirecto del uso del suelo (ILUC, por sus siglas en inglés) y, por primera vez, incluyó a la soja en esa categoría. ¿El resultado? El biodiésel de soja deja de contar como renovable en la nueva Directiva de Energía (RED III), y por tanto, queda automáticamente excluido del mercado europeo.
La excusa técnica —porque hay que llamarla así— es que más del 10% de la expansión global del cultivo de soja desde 2008 habría ocurrido sobre tierras con alto stock de carbono, como bosques o pastizales nativos. Lo que la Comisión no dice tan abiertamente es que esa inferencia proviene de modelos matemáticos, no de datos satelitales específicos. Peor aún: esos modelos no evalúan si una parcela de soja en Argentina o Brasil se plantó efectivamente sobre una zona deforestada, sino que asumen que si la soja reemplaza a la ganadería, y la ganadería se corre hacia zonas de bosque, entonces la soja es culpable de esa deforestación indirecta. Un silogismo que haría sonrojar a cualquier investigador medianamente riguroso.
Pero el escándalo no es solo metodológico. Es político. Es económico. Es, sobre todo, una decisión profundamente hipócrita. Porque, casualidad o coincidencia, se demoniza a las materias primas derivadas de cultivos que no forman parte de la agricultura europea. Y lo más irónico es que se las castiga pese a que, en países como Argentina o Brasil, hace décadas que se aplican prácticas de manejo enfocadas en el cuidado del suelo: siembra directa, rotaciones, cultivos de servicio. Mientras tanto, en buena parte de Europa los campos están agotados de carbono tras décadas de agricultura extractiva. Y ese carbono que ya no está en esos suelos está en la atmósfera. Según datos de la propia Comisión Europea, gran parte de los suelos del continente perdieron cerca del 1% de su carbono orgánico en apenas una década.
El costo ambiental de haber discriminado a los biocombustibles
A todo esto, conviene agregar una coincidencia llamativa. Apenas una semana antes del informe del 20 de enero, en Davos, el CEO de TotalEnergies —una de las empresas energéticas más grandes de Europa, y con gran poder de lobby sobre el gobierno francés y la propia Comisión Europea — declaraba que los mandatos de combustibles sostenibles para aviación (SAF) deberían eliminarse. ¿La razón? Son caros, inviables, y generan distorsiones. ¿Les suena familiar? Es lo mismo que se dijo, hace más de una década, para ponerle freno a los biocombustibles líquidos. En lugar de crear condiciones para que escalen, los desactivan. En lugar de invertir en innovación y cooperación, bloquean. En lugar de diversificar las fuentes de carbono renovable, se aferran al statu quo.
El caso de la soja es emblemático porque representa exactamente lo contrario de lo que dicen promover: una materia prima abundante, cultivada en tierras que no se expanden desde hace años —al menos en Argentina—, procesada en una de las industrias más eficientes del mundo, y con capacidad real de sustituir, de forma inmediata, a los combustibles fósiles. Y sin embargo, la descartan. Peor aún: la acusan de ser dos veces —sí, dos veces— más emisora de CO₂ que el gasoil fósil. Dicho de otra manera, para la Comisión Europea es preferible seguir perforando pozos de petróleo que utilizar un co-producto de la producción de proteínas que captura carbono mientras crece. un negacionismo biológico que no merece más comentario que su propia impugnación.
Para exportar biodiésel de soja a Europa, se exige documentación que pruebe que la materia prima no proviene de tierras deforestadas. De hecho, la propia Unión Europea aprobó recientemente la Directiva EUDR — que entrará en vigor en junio — que obliga a toda la cadena agroindustrial a implementar sistemas de trazabilidad para garantizar productos libres de deforestación. En Argentina, los exportadores y productores vienen desarrollando — bajo supervisión de la propia Comisión Europea — herramientas técnicas como VISEC, una plataforma de trazabilidad que busca cumplir con esos requisitos. Si incluso con ese esfuerzo estructural de datos, georreferenciación y protocolos piloto de certificación, la UE decide cerrar el mercado, ¿para qué sirve la trazabilidad? Si hubiera un caso hipotético de soja sembrada en campos desmontados —lo cual ya sería ilegal—¿es la soja la culpable? ¿La solución es castigar a todo el sector?
La Cámara de la Industria Aceitera (CIARA) lo explicó sin eufemismos: se trata de una barrera comercial injustificada, que busca eliminar competencia para las fábricas europeas. Y no es una exageración. El mercado de biodiésel europeo era el único destino relevante para las exportaciones argentinas de este producto. Hablamos de más de 350 millones de dólares al año. La medida de Bruselas implica, lisa y llanamente, el cierre de ese mercado. Si prospera, no quedará otra opción que litigar en la OMC – donde Argentina ya tuvo un fallo favorable por los mismos motivos— o activar mecanismos de defensa en el acuerdo Mercosur-UE, recién firmado.
La ironía mayor es que esta exclusión se produce justo cuando el mundo necesita más, no menos, materias primas renovables. Descarbonizar la matriz energética exige usar todo el menú disponible: (biomasa forestal, residuos agroindustriales, cultivos oleaginosos, cultivos energéticos, bioetanol, aceites usados, nuevas tecnologías de síntesis biológica). Restringirlo bajo argumentos ideológicos, o peor, corporativos, es una insensatez estratégica.
La bioeconomía propone una lógica distinta: valorar el carbono renovable donde esté, trazarlo, medirlo, certificarlo, y permitir que fluya en mercados abiertos. Con reglas, sí. Con monitoreo, también. Pero sin cinismo. Porque si vamos a seguir jugando a la transición energética como si fuera una partida entre proteccionistas ilustrados y exportadores bárbaros, entonces la bioeconomía no tiene ninguna chance. Y el clima, tampoco menos.


