Durante años se construyó una promesa reconfortante: la transición energética sería total, limpia, futurista. Una revolución tecnológica que dejaría obsoletos a los pistones y las turbinas. Bastaba con esperar. No hacer nada. O, en todo caso, evitar cualquier solución que no encajara en ese ‘futuro perfecto’.
Pero el futuro perfecto nunca llegó. Tardamos más de 10 años en darnos cuenta de que las turbinas y los motores diésel seguirán funcionando por décadas. Lo que parecía una evolución técnica inevitable se reveló como lo que realmente fue: una narrativa funcional al statu quo energético. Un modo elegante de postergar decisiones difíciles. De evitar políticas incómodas. De desalentar inversiones en tecnologías que ya existían, que funcionaban, pero que no encajaban en los grandes relatos de innovación disruptiva.
Por eso, hace poco más de un año, en BioEconomía.info contamos con entusiasmo la creación de una alianza estratégica entre Corteva y bp, dos gigantes que decidieron unir capacidades para abordar juntos uno de los mayores desafíos del siglo XXI: reducir las emisiones del transporte con soluciones reales, concretas y aplicables hoy. Esta semana, esa alianza dejó de ser una intención para convertirse en una empresa con nombre propio: Etlas. Y también con rumbo, metas y rostros.
Etlas es un joint venture 50:50 con una meta industrial concreta: producir hacia mediados de la próxima década un millón de toneladas anuales de aceite a partir de cultivos como canola, mostaza y girasol. ¿El destino? El corazón mismo de la movilidad: combustibles sostenibles de aviación (SAF) y diésel renovable (RD).
La urgencia detrás de Etlas se explica con números. La industria aerocomercial se comprometió a ser carbono neutral para 2050, pero enfrenta un muro físico: el 80% de sus emisiones provienen de vuelos de más de 1.600 kilómetros, trayectos que, por varias décadas, serán imposibles de resolver sin turbinas.
Aquí es donde el pragmatismo le gana a la utopía. El mercado global de SAF, de hecho, pasaría de 1 millón de toneladas en 2024 a 10 millones en 2030. Y aunque existen múltiples rutas tecnológicas para producirlo, hoy solo una está madura a escala: la basada en aceites vegetales (HEFA). Su ventaja es tan simple como decisiva: permite escalar más rápido porque puede aprovechar infraestructura existente. Refinerías que durante años procesaron petróleo pueden adaptarse fácilmente para procesar aceites vegetales y producir SAF y diésel renovable. Esa compatibilidad acorta tiempos, reduce barreras de inversión y vuelve viable un despliegue que, de otro modo, dependería de construir todo desde cero.
Etlas decidió pararse ahí. El suministro inicial está programado para comenzar en 2027 y contempla dos destinos operativos: el coprocesamiento en refinerías y el procesamiento en plantas dedicadas a biocombustibles. Es un detalle que puede sonar técnico, pero que en realidad es el corazón del asunto: si el proyecto aspira a ‘escalar en serio’, tiene sentido que su diseño se apoye en las rutas industriales que ya pueden absorber volumen sin esperar a que el mundo se reconstruya.
La otra dimensión, igual de relevante, es agronómica. La materia prima utilizada por Etlas se cosechará de cultivos producidos en tierras agrícolas entre las temporadas de cultivos principales. El esquema se apoya en cultivos intermedios que ocupan ventanas de barbecho, donde el suelo permanece improductivo, y que según explica la empresa, pueden mejorar la salud del suelo y ofrecer a los productores una nueva fuente de ingresos.
Judd O’Connor, vicepresidente ejecutivo de la unidad de negocios de semillas de Corteva, lo expresó en términos de misión y productores: “Al ayudar a fundar Etlas, Corteva continúa cumpliendo dos partes críticas de nuestra misión: ayudar a alimentar al mundo y apoyar a los productores. La agricultura es parte de la solución, y estamos emocionados de ver a Etlas cobrar vida.”
Del lado de bp, Philipp Schoelzel, vicepresidente senior de crecimiento de biocombustibles, lo enmarcó en una lógica de cadena de valor y retorno, que también forma parte de la transición cuando deja de ser discurso: “Esta empresa conjunta de capital ligero crea opciones en nuestra cadena de valor de biocombustibles, fortaleciendo nuestra posición y ayudando a generar retornos atractivos. Estamos entusiasmados de colaborar con Corteva para ofrecer lo que nuestros clientes desean”.
Los rostros también importan, y acá hay uno que vale la pena mirar con atención. Ignacio Conti, argentino y actual Director Global de Desarrollo de Negocios en Corteva, será el CEO de Etlas. Al asumir su nuevo cargo, puso el foco en la necesidad de confiabilidad y en el lugar del productor en la ecuación: “Mientras la industria de la aviación busca fuentes confiables, sostenibles y competitivas en costos de SAF, es evidente que los productores tienen un papel fundamental que desempeñar. Etlas reúne a líderes globales en innovación agrícola y producción de energía para aprovechar esta demanda, utilizando experiencia tecnológica y relaciones de confianza con productores de todo el mundo para ayudar a escalar la producción y aumentar el suministro, mientras se ofrece a los productores nuevas fuentes de ingresos.”
Etlas no es solo una nueva sigla en el tablero corporativo. Es el síntoma de una transición que dejó de ser una expresión de deseos para convertirse en una hoja de ruta industrial. Mientras el mundo espera la llegada de soluciones milagrosas, la bioeconomía demuestra que la respuesta no está en descartar lo que ya tenemos, sino en transformarlo. Porque cuando la urgencia manda, la innovación más disruptiva suele ser, simplemente, la que logra ponerse en marcha.


