La industria textil mueve cada año unos 92 millones de toneladas de residuos. Buena parte de ese volumen proviene de materiales que nacen del petróleo o de cadenas de suministro animal difíciles de rastrear. Los rellenos sintéticos —poliéster, principalmente— dominan el mercado de aislantes para camperas, bolsas de dormir y accesorios de outdoor. El plumón de ganso, la alternativa natural más extendida, ofrece rendimiento térmico superior pero arrastra cuestionamientos sobre bienestar animal y una cadena productiva expuesta a fluctuaciones de oferta. Encontrar un material que combine rendimiento, escala y trazabilidad ambiental sigue siendo uno de los desafíos abiertos de la industria.
Ponda, una startup de biomateriales fundada en 2020 en Bristol, Reino Unido, por cuatro graduados del programa de Ingeniería de Diseño e Innovación del Imperial College London y el Royal College of Art, propone una respuesta que empieza lejos de cualquier fábrica. Empieza en un humedal.
Un aislante que crece en turberas restauradas
El producto insignia de Ponda se llama BioPuff y está fabricado con fibras de Typha latifolia, una especie de junco conocida también como totora, espadaña o cattail, que crece naturalmente en ambientes inundados. La estructura de sus cabezas de semilla es lo que la convierte en un insumo industrial singular. Cada una contiene racimos de fibras con forma de paraguas diminuto que, al expandirse, pueden multiplicar hasta 300 veces su volumen original. Esos racimos generan bolsillos de aire con una arquitectura muy similar a la del plumón de ganso, el mismo principio físico que otorga capacidad aislante a un material textil.
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Las pruebas de rendimiento térmico realizadas por la compañía mostraron que BioPuff supera a varios rellenos sintéticos y se ubica a la par del plumón en la relación llenado-peso, el indicador que mide cuánto aísla un material en función de cuánto ocupa y cuánto pesa. Eso permite diseñar prendas con menos cantidad de relleno sin resignar confort térmico. Las fibras de Typha son, además, naturalmente hidrófobas —repelen el agua sin necesidad de tratamientos químicos agresivos—, y reciben un recubrimiento de cera natural para extender su durabilidad en ciclos de lavado. El material, además, es biodegradable.
Pero BioPuff no se agota en las propiedades de la fibra. El origen de la materia prima es, en sí mismo, parte del modelo productivo, porque cada cosecha de Typha ocurre sobre turberas que fueron degradadas y están siendo restauradas.
Paludicultura: producir sin drenar
La Typha que alimenta la producción de BioPuff no se cosecha de humedales silvestres ni se cultiva en tierras agrícolas convencionales. Proviene de turberas degradadas que fueron rehumidificadas —es decir, a las que se les devolvió el agua que habían perdido por décadas de drenaje productivo— y reconvertidas en sitios de cultivo bajo un sistema conocido como paludicultura.
La paludicultura es una práctica agrícola que consiste en cultivar especies adaptadas a terrenos permanentemente inundados o saturados, manteniendo intacto el cuerpo de turba del suelo. A diferencia de la agricultura convencional sobre turberas drenadas —que oxida la materia orgánica acumulada durante miles de años y la libera como CO₂—, este sistema preserva la función de sumidero de carbono del ecosistema mientras genera biomasa con valor comercial.
Las turberas cubren apenas el 3 % de la superficie terrestre, pero almacenan alrededor de 550.000 millones de toneladas de carbono, el doble que toda la biomasa forestal del planeta. Cerca de un 10 % de esas turberas fueron drenadas para uso agrícola, forestal o extractivo, y en ese estado emiten unas 2.000 millones de toneladas de CO₂ equivalente por año, una cifra superior a la de toda la aviación comercial mundial. Rehumidificarlas frena esas emisiones, y cultivar Typha sobre ellas añade un incentivo económico concreto para que productores y propietarios de tierras acompañen esa transición.
Según Ponda, cada prenda aislada con BioPuff equivale a cuatro metros cuadrados de humedal efectivamente restaurado.
De las pasarelas de Londres al outdoor
BioPuff ya fue adoptado por un grupo de marcas que abarca desde la alta costura hasta el equipamiento outdoor. Stella McCartney lo utilizó en su bolso Falabella para la temporada Otoño 2024. Berghaus, marca británica especializada en indumentaria de montaña, integra el material en productos de alto rendimiento y participa como socio industrial en el proyecto demostrativo de paludicultura que Ponda lidera con financiamiento del gobierno británico. Ahluwalia y Sheep Inc. también incorporaron el aislante en sus colecciones.
En julio de este año, el diseñador peruano Genaro Rivas presentó cuatro piezas con BioPuff en su colección SS27 State of Impact, que debutó en la Berlin Fashion Week y pasó por Londres y Copenhague. La aparición en pasarela confirmó que el material puede integrarse en circuitos de moda de alto nivel sin comprometer prestaciones ni estética.
La H&M Foundation seleccionó a Ponda como ganadora de su Global Change Award, un programa que identifica innovaciones con potencial de transformar la cadena de valor textil. La compañía también participa en Parley for the Oceans, una iniciativa que reúne a desarrolladores de biomateriales enfocados en reemplazar insumos convencionales de la industria.
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Un proyecto demostrativo a escala real
En julio de 2026, Ponda obtuvo un subsidio de 2,35 millones de libras del DEFRA (Department for Environment, Food and Rural Affairs, el ministerio de medio ambiente del Reino Unido), a través del Farming Innovation Programme cofinanciado por Innovate UK, para liderar lo que se espera sea una de las mayores demostraciones de paludicultura con Typha del mundo.
El consorcio incluye a la granja J&K Barnard Farms, la Universidad Liverpool John Moores, el Lancashire Wildlife Trust, la consultora Finance Earth y Berghaus. El proyecto establecerá un sitio de 30 hectáreas de cultivo en turberas rehumidificadas con el objetivo de construir una cadena de suministro doméstica de biomateriales y evaluar la viabilidad comercial de la paludicultura como modelo productivo replicable. El plazo de ejecución es de 30 meses.
Julian Ellis-Brown, cofundador y CEO de Ponda, lo describió así: “No estamos simplemente desarrollando un nuevo material. Estamos construyendo la agricultura, el procesamiento y la cadena de suministro necesarios para producirlo a escala. BioPuff es nuestro primer punto de prueba, pero la oportunidad mayor es demostrar que los humedales restaurados pueden sostener una producción de materiales comercialmente significativa”.
Financiamiento y expansión
La compañía acaba de cerrar una ronda de crowdfunding de 1,6 millones de euros (1,4 millones de libras) en la plataforma Republic, que sumó 256 nuevos inversores. La cifra superó ampliamente el objetivo mínimo de 230.000 euros anunciado en abril, sin tope máximo. La ronda se suma a un Seed de 2,09 millones de euros cerrado en noviembre de 2025, coliderado por los fondos Faber VC y Counteract con participación de PDS Ventures, Evenlode Impact y el Royal College of Art. El financiamiento total acumulado, incluyendo subsidios y premios, asciende a 5,6 millones de euros.
Los fondos se destinarán a escalar la manufactura, ampliar la red de granjas en humedales y llevar más productos con BioPuff al mercado. Ponda sumó tres incorporaciones recientes en agronomía, ciencia de materiales y desarrollo de negocios, y espera sumar otras tres en el corto plazo. Las cosechas de Typha de este verano boreal ya se realizaron en sitios del Reino Unido y Europa.
La operación de Ponda se inscribe en un ciclo de inversión creciente en biomateriales a nivel europeo. Según EU-Startups, en lo que va del año se registraron al menos once rondas comparables por un total aproximado de 118 millones de euros, con operaciones que van desde los 4,6 millones de euros de Mykor —también con sede en Bristol, enfocada en materiales de construcción a partir de micelio— hasta los 40,3 millones de euros de PaperShell para una fábrica de compuestos libres de fósiles en Suecia.


