El cambio climático plantea serios desafíos para la seguridad alimentaria, especialmente en las naciones en desarrollo. Por eso, las organizaciones de ayuda internacional llevan invertidos miles de millones de dólares en la promoción de prácticas de agricultura climáticamente inteligente (CSA) para estos países, pero sus efectos de esos programas rara vez se documentan.
Un nuevo estudio de la Universidad de Illinois (UI) ayuda a proporcionar dicha documentación. Los investigadores Festus Amadu, Paul McNamara y Daniel Miller, los Departamentos de Economía Agrícola y del Consumidor y de Ciencias Naturales y Ambientales de la casa de estudios, evaluaron la efectividad de un importante programa de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en el sur de Malawi. Encontraron resultados impresionantes; los agricultores que implementaron prácticas de CSA vieron un aumento del 53% en los rendimientos de maíz.
Esos hallazgos, publicados en la revista Food Policy, documentan la eficacia, así como el impacto a largo plazo, de los programas de CSA que brindan capacitación y recursos a los agricultores, dice Amadu, asociado de investigación posdoctoral en la U de I y autor principal de el estudio.
«Nuestra investigación mostró que los agricultores podían mantener estas prácticas. Sus beneficios superaban las limitaciones, en la medida en que cuando realizamos el estudio dos años después de que el proyecto de USAID terminara, las tasas de retención eran muy altas», afirma.
La USAID contribuyó con U$S 86 millones al proyecto de Bienestar y Agricultura para el Avance de la Vida (WALA) en el sur de Malawi de 2009 a 2014. El proyecto contó con múltiples componentes, incluida la educación nutricional en salud maternoinfantil; actividades de desarrollo comunitario; y capacitación a los agricultores en prácticas de CSA para mejorar la restauración de las cuencas hidrográficas.
La investigación de Amadu se enfoca en el componente CSA del proyecto WALA, que tenía como objetivo mejorar la seguridad alimentaria al ayudar a los agricultores a aumentar su adopción de prácticas de conservación ambiental y obtener mayores rendimientos de maíz, el principal cultivo en Malawi.
Los investigadores encuestaron a más de 800 hogares de pequeños agricultores en el sur de Malawi. También visitaron los campos para verificar si los agricultores mantuvieron las prácticas de CSA a lo largo del tiempo. El estudio incluyó a agricultores en cuencas hidrográficas de WALA, así como a agricultores en cuencas comparables sin actividades de CSA en WALA .
«El cambio climático conduce a choques climáticos excesivos con sequedad extrema o lluvia extrema», explica Amadu. «Los agricultores pueden usar prácticas climáticamente inteligentes para absorber el exceso de agua de lluvia y conservarla para que esté disponible en tiempos de sequía».
Las prácticas de CSA incluyen tecnologías como zanjas de absorción que capturan el agua de lluvia y gradualmente la dejan filtrarse en el suelo o la guardan para el riego durante los períodos secos.
«Un grupo de agricultores tenía grandes zanjas de absorción alrededor de sus granjas. Las granjas también disponían de continuas zanjas de contorno y límites de piedra, lo que ralentiza el exceso de agua de lluvia en áreas montañosas y ayuda a conservar los nutrientes del suelo», explica Amadu.

Otras prácticas de CSA incluyen el uso de pasto vetiver (una planta de leguminosas que ayuda a la conservación del suelo), o árboles fertilizantes agroforestales, donde las raíces de los árboles pueden reducir la escorrentía del agua de lluvia, y las hojas que caen pueden servir como fertilizante.
«Estas no son realmente tecnologías de ciencia espacial. Son solo cosas básicas que las personas siempre han hecho, pero nunca las priorizaron realmente», dice Amadu. Señala que tales técnicas requieren la inversión en tierras, mano de obra y finanzas que dificultan su adopción en los países en desarrollo.
Amadu capacitó a un equipo de 14 estudiantes de la principal universidad agrícola de Malawi para realizar las encuestas, utilizando la tecnología de entrevistas personales asistidas por computadora (CAPI). Los estudiantes entrevistaron a pequeños agricultores y sus cónyuges en el área del proyecto, así como a un grupo de control que no aprendió sobre las intervenciones de CSA.
Los investigadores identificaron varios factores que aumentaron la tasa de adopción de CSA, como la capacidad de contratar ayuda y el acceso a servicios de extensión. También encontraron que el tamaño de la parcela, la fertilidad del suelo y el uso de fertilizantes tuvieron un efecto positivo en el rendimiento.
Amadu dice que los resultados indican que los programas de asistencia funcionan porque ayudan a los agricultores a adquirir conocimiento y obtener acceso a los recursos, al tiempo que reducen las barreras para implementar las técnicas de CSA.
Los investigadores señalan que los hallazgos también tienen implicaciones políticas más allá de los resultados del proyecto WALA.
«De manera más general, nuestros hallazgos sobre la adopción de CSA y los rendimientos de maíz sugieren que el CSA puede ser efectivo para reducir la inseguridad alimentaria en contextos más allá de Malawi, particularmente en áreas de tierras secas rurales de escasos recursos donde predomina la agricultura de secano», concluyen el documento.


