Mientras los mercados energéticos globales buscan alternativas urgentes al petróleo y el gas, India —el país más poblado del mundo y uno de los mayores consumidores de energía— parece estar trazando su propio camino hacia la independencia energética con una receta profundamente arraigada en su territorio: la bioenergía. A través de una combinación singular de cultivos y residuos agrícolas abundantes, políticas públicas decididas y una visión de futuro centrada en el desarrollo rural, el país asiático se posiciona como un nuevo protagonista global en la carrera por los combustibles sostenibles.
Así lo demuestra el último informe publicado por la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), que advierte que India podría más que duplicar su producción de biocombustibles líquidos y gaseosos antes del final de esta década. Para lograrlo, bastaría con reforzar los marcos normativos ya existentes y profundizar la articulación entre política energética, innovación tecnológica y desarrollo de cadenas de valor sostenibles.
India y la bioenergía: un modelo emergente de política energética activa
Desde 2018, India viene implementando un conjunto de políticas orientadas al desarrollo integral del sector bioenergético. La piedra fundacional fue la adopción de la Política Nacional de Biocombustibles, que estableció metas ambiciosas para la incorporación de etanol en las mezclas de combustibles fósiles, junto con incentivos para proyectos de biogás comprimido (CBG) y otras soluciones emergentes como los combustibles sostenibles para la aviación (SAF).
Los resultados son contundentes. En menos de una década, el consumo anual de etanol pasó de menos de 2.000 millones de litros a más de 11.000 millones, transformando a India en el cuarto productor mundial de biocombustibles líquidos. Esta expansión no solo ha permitido diversificar la matriz energética, sino que también ha abierto nuevas oportunidades para el agro, en especial en regiones rurales que encuentran en los residuos agrícolas una fuente de ingreso y empleo.
Etanol y biogás: pilares de un ecosistema en crecimiento
Uno de los casos más emblemáticos del modelo indio es la industria del etanol, que se ha convertido en una verdadera historia de éxito en materia de políticas energéticas. La conjunción de señales de demanda claras, instrumentos financieros y apoyo a la innovación tecnológica permitió escalar la producción a niveles impensados hace apenas una década. Hoy, el etanol representa una herramienta estratégica para reducir las importaciones de naftas, mitigar emisiones y dinamizar economías locales.
El otro gran protagonista es el biogás comprimido (CBG), respaldado desde 2018 por once políticas nacionales que han captado el interés de inversores tanto locales como internacionales. Actualmente existen unas 170 plantas operativas y casi 300 en etapa de construcción, configurando un verdadero boom de infraestructura para transformar residuos orgánicos en energía limpia, distribuida y gestionada localmente.
El horizonte 2030: más allá del etanol
El informe de la IEA ofrece dos escenarios para la bioenergía india hacia 2030. En el escenario base, que contempla las condiciones actuales de mercado y políticas, el uso de biocombustibles líquidos y gaseosos crecería un 50%. Pero si se activan medidas adicionales —como facilitar el acceso a biomasa, mejorar las cadenas de suministro y establecer marcos regulatorios más robustos—, la producción podría más que duplicarse respecto a los niveles actuales.
Este crecimiento se traduce en una demanda seis veces mayor que la registrada en 2020. Y no se trata solo de etanol y biogás: también comienzan a ganar protagonismo el biodiésel y, especialmente, los combustibles sostenibles para aviación (SAF), que despiertan un interés creciente en un contexto de presión global por descarbonizar el transporte aéreo.
La revolución bioenergética de la India incluye también al hidrógeno
Políticas necesarias: hoja de ruta, cadenas logísticas e innovación
Para alcanzar este potencial, la IEA identifica cuatro prioridades estratégicas. La primera es establecer una hoja de ruta integral para combustibles sostenibles, que dé previsibilidad a largo plazo y articule los diferentes tipos de bioenergía. La segunda apunta al desarrollo de cadenas logísticas integradas y de infraestructura capaz de escalar la oferta en forma eficiente.
La tercera prioridad es fortalecer el apoyo a la innovación, cerrando las brechas de costos que aún enfrentan tecnologías como los SAF. Y la cuarta, quizás la más desafiante, es construir marcos sólidos de sostenibilidad y contabilidad de carbono que permitan certificar estos combustibles en los mercados internacionales más exigentes.
Energía, clima y desarrollo: una ecuación posible
La bioenergía en India no solo representa una oportunidad tecnológica o industrial. Es, sobre todo, una política de desarrollo que combina seguridad energética, reducción de emisiones y dinamización del empleo rural. Como afirmó Fatih Birol, director ejecutivo de la IEA: “El éxito de India en la ampliación de la bioenergía muestra lo que es posible cuando existen objetivos claros, políticas previsibles y coordinación gubernamental. Etanol y biogás han permitido satisfacer la demanda creciente, con beneficios reales para la seguridad energética y el desarrollo rural”.
En un mundo que busca nuevas rutas hacia la neutralidad climática, el modelo indio se perfila como una experiencia replicable y, al mismo tiempo, profundamente enraizada en su propia geografía, economía y cultura agrícola. Un recordatorio de que la transición energética no será igual en todos los rincones del planeta, pero sí puede ser transformadora donde se siembre con visión de futuro.


