miércoles, julio 15, 2026
 

Quemas prescriptas: usar el fuego para evitar incendios catastróficos

La evidencia científica muestra que la supresión sistemática del fuego puede favorecer la acumulación de combustible y aumentar el riesgo de incendios extremos. Con el aporte de la Red de Manejo del Fuego Rural, el artículo analiza cómo las quemas prescriptas pueden proteger ecosistemas, actividades productivas, infraestructura y vidas humanas.

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En el verano de 1988, uno de los santuarios naturales mejor cuidados del planeta se convirtió en una hoguera imposible de contener. El Parque Nacional Yellowstone, orgullo del país que había liderado la conservación de áreas protegidas en el mundo, ardió durante semanas. En una sola jornada, las llamas devoraron unas 64.000 hectáreas de bosque en el oeste de Estados Unidos. La pregunta que dejó flotando aquel desastre todavía incomoda: ¿cómo era posible semejante infierno en un parque donde, durante décadas, se había apagado hasta la última fogata apenas se encendía?

La respuesta encierra una de las paradojas más reveladoras de la ecología moderna y desmonta una idea profundamente instalada en el sentido común. Aquel infierno no ocurrió a pesar de un siglo combatiendo el fuego: ocurrió, en buena medida, a causa de eso. Durante cien años se apagó cada llama en un ecosistema que necesitaba quemarse cada cierto intervalo para mantenerse sano, y el combustible que no ardía no desaparecía. Se acumulaba, año tras año, en silencio, hasta volverse una bomba.

Casi cuatro décadas después, un cuerpo creciente de evidencia científica confirma aquella intuición y la transforma en herramienta de gestión. No es un asunto ajeno a la Argentina: la misma lógica que explica Yellowstone atraviesa las plantaciones de pino de Misiones, los pastizales de la provincia de Buenos Aires y los palmares de Entre Ríos, donde investigadores del CONICET y de universidades nacionales llevan años documentando sus efectos. Esa herramienta tiene nombre técnico. Se llama quema prescripta y consiste en la aplicación deliberada y controlada de fuego para evitar el fuego catastrófico. La última tanda de estudios internacionales le da un respaldo difícil de ignorar.

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El fuego no es un intruso en el paisaje

Para entender por qué apagar todo puede ser contraproducente, primero hay que abandonar un prejuicio: el fuego no llegó con el ser humano ni con sus actividades productivas. Estuvo en la Tierra desde que existen plantas terrestres capaces de encenderse, hace cientos de millones de años, y ayudó a moldear continentes enteros. Sobre todo en las regiones de estaciones marcadas, donde a una temporada húmeda le sigue otra seca que deja la vegetación lista para arder.

Los ecólogos William Bond y Jon Keeley propusieron una imagen que cambió la forma de entenderlo: el fuego se comporta como un enorme «herbívoro» global, un gran consumidor de plantas a escala planetaria. Pero come distinto a un animal. Una vaca o un ciervo eligen qué plantas comer y cuáles dejar, y así desbalancean de a poco el ecosistema; el fuego, en cambio, consume todo lo que puede encenderse y reinicia la comunidad vegetal, dejando el ambiente listo para una nueva etapa.

¿Qué pasaría si nunca más hubiera incendios? Los modelos que imaginan un planeta sin fuego son contundentes: la cobertura de árboles treparía del 27% a cerca del 56% de la superficie con vegetación, y más de la mitad de las sabanas tropicales —esos pastizales con árboles dispersos— se cerrarían en selvas. Los pastizales y las sabanas no existen solo por el clima: existen porque el fuego los mantiene abiertos. Son, literalmente, ecosistemas que dependen del fuego para persistir.

Esa dependencia dejó huellas en la biología. Muchas plantas evolucionaron para convivir con las llamas: algunas tienen cortezas gruesas que aíslan del calor a los tejidos vivos, otras poseen yemas protegidas que rebrotan apenas pasa el fuego, y hay semillas que no germinan hasta recibir el estímulo del calor o del humo. El caso más elegante es la serotinia, la estrategia por la cual ciertas especies guardan sus semillas en conos o frutos sellados que solo se abren con el calor de las llamas. Cuando el fuego pasa, esas especies liberan una lluvia de semillas sobre un suelo abonado con cenizas y despejado de competencia: las condiciones ideales para germinar.

Pero esa convivencia tiene reglas. Los ecólogos Juli Pausas y Jon Keeley plantearon en 2023 un matiz decisivo: las plantas no están adaptadas ‘al fuego’ en general, sino a un régimen de fuego determinado, una combinación particular de frecuencia, intensidad y época del año propia de cada lugar. Alterar ese régimen —por exceso o por defecto— es lo que rompe el equilibrio.

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La paradoja del déficit de fuego

Durante todo el siglo XX, la política dominante en gran parte del mundo fue la supresión total: apagar cualquier incendio lo antes posible, sin importar si ese ambiente necesitaba el fuego o no. Parecía lo más sensato. Tenía un costo oculto.

El combustible que no se quema no desaparece. La hojarasca, las ramas, los pastos resecos y los arbustos se acumulan año tras año hasta formar una carga enorme. Los investigadores lo llaman déficit de fuego, y su lógica es implacable: cada pequeño incendio que se evita hoy guarda leña para uno gigantesco mañana. Un estudio de Mark Kreider y colegas, publicado en 2024, lo demostró con crudeza. Al apagar sistemáticamente los fuegos moderados —los que arden en días tranquilos y se controlan con facilidad—, el combustible sigue creciendo hasta que, inevitablemente, arde. Pero lo hace bajo las condiciones más extremas.

A esa acumulación se suma un fenómeno que sorprende. La superficie que se quema cada año en el mundo no crece: cae. Un equipo liderado por Niels Andela revisó imágenes satelitales de todo el planeta entre 1998 y 2015 y publicó el resultado en la revista Science en 2017: el área quemada global bajó casi un 24%. La causa no fue el clima, sino la mano humana. Donde antes había campos abiertos que ardían con regularidad, avanzaron los cultivos, los alambrados y las máquinas; el paisaje se fragmentó y el fuego dejó de correr. Pero quitar el fuego dejó su propia huella: en esas zonas, las plantas leñosas empezaron a ganarle terreno al pasto. La arbustificación se volvió un problema global que reduce la diversidad y, paradoja final, vuelve al ambiente todavía más inflamable.

La Argentina tiene su propio catálogo de esta lógica. En el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, la ausencia de fuego acumuló tanto combustible que hoy amenaza a las mismas palmeras yatay que el parque busca proteger. Y el ejemplo más trágico ocurrió en enero de 1994, cerca de Puerto Madryn: el cese del pastoreo y varios años sin quemar acumularon tanto pasto seco que alimentaron un incendio de comportamiento extremo. Murieron 25 bomberos. Fue la peor tragedia del combate de incendios rurales en la historia del país.

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La diferencia entre quemar y quemar bien

Si el fuego es necesario y su ausencia resulta peligrosa, la pregunta deja de ser si quemar. Pasa a ser cómo. Y ahí aparece la disciplina técnica que separa una herramienta de un accidente.

Una quema prescripta consiste en aplicar fuego sobre una superficie definida, con personal capacitado, objetivos claros y medios de lucha contra incendios disponibles para asegurar su control. Pero la clave está en el cuándo: la operación solo se realiza dentro de una ‘ventana’ estrecha de condiciones de humedad, viento y temperatura. Para saber cuándo se abre esa ventana, los equipos recurren a índices de peligro de incendio como el FWI (Fire Weather Index), que combinan datos del clima y de la vegetación para anticipar cómo se comportará el fuego ese día. Acertar la ventana es lo que separa una quema segura de una que se escapa de control.

Dentro de esos límites, el comportamiento del fuego queda previsto: en un pastizal, una llama que consume apenas la vegetación de la superficie; en un bosque, un fuego rastrero que limpia el sotobosque —la vegetación baja entre los árboles— sin tocar las copas.

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Pocos escenarios muestran mejor ese valor que las plantaciones forestales, abundantes en provincias como Misiones, Neuquén o Corrientes. Los pinares acumulan combustible fino a una velocidad asombrosa: en pocos años, el sotobosque y la hojarasca forman una carga capaz de convertir cualquier chispa en un incendio de copas, el más destructivo, el que salta de árbol en árbol por las alturas. La vegetación intermedia funciona como una escalera por la que las llamas trepan; los técnicos la llaman «combustible de escalera», y cortarla es uno de los objetivos centrales de la herramienta.

En la Argentina, la efectividad de la quema prescripta ya cuenta con antecedentes sólidos respaldados por investigadores del CONICET y de diversas universidades nacionales. Ensayos realizados en plantaciones forestales de Misiones, Neuquén y Santiago del Estero demostraron que estas quemas reducen los combustibles finos entre un 24% y un 71%, sin dañar los árboles maduros ni el suelo, y protegen de manera económica una inversión forestal de décadas. Los programas aplicados en la Reserva Campos del Tuyú, en Buenos Aires, y en el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, muestran la otra cara del beneficio: las quemas en parches no solo previenen siniestros extremos, sino que restauran la biodiversidad nativa —fue así como volvió el venado de las pampas a Campos del Tuyú, tras un programa iniciado en 2001—, controlan especies invasoras y multiplican la calidad del forraje para la fauna y el ganado.

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Cuánto cuesta no quemar

El mayor aporte de la quema prescripta es la prevención, y la evidencia económica es contundente. Un metaanálisis —un estudio que combina resultados de muchas investigaciones previas— de Katherine Davis y colegas, publicado en 2024, revisó tres décadas de trabajos en los bosques de coníferas del oeste de Estados Unidos. La conclusión fue clara: la quema prescripta, sola o combinada con raleo —la tala parcial de árboles para aclarar el bosque—, reduce entre un 62% y un 72% la severidad de los incendios posteriores, es decir, cuánto daño causan y cuántas pérdidas dejan.

Los beneficios trascienden el dinero. Los grandes incendios de alta severidad disparan la concentración de metales tóxicos en los arroyos; las quemas de baja intensidad, en cambio, no alteran la calidad del agua y protegen las cuencas que abastecen a las ciudades. El fuego planificado, además, renueva los pastizales envejecidos y multiplica el forraje: en la Pampa Deprimida, zona ganadera bonaerense, llegó a triplicar la oferta de proteína de ciertos potreros.

Convivir con el fuego, no expulsarlo

Toda esa evidencia converge en una misma idea, que sintetiza la Red de Manejo del Fuego Rural, una alianza nacional que reúne a consorcios de manejo del fuego, asociaciones civiles y entidades forestales dedicadas a prevenir y combatir incendios rurales: el combustible que no se quema de forma controlada hoy es la leña de un incendio catastrófico mañana. La diferencia entre quemar y quemar bien, sostienen, es lo que separa a un territorio de tragedias como la de Puerto Madryn en 1994.

Desde esa red enfatizan que el desafío de fondo no es intentar expulsar el fuego —algo imposible— de los entornos rurales y forestales, sino aprender a convivir con él. Y el paso siguiente, en esa mirada, es concreto: implementar políticas públicas y esquemas de gestión privada que habiliten y promuevan las quemas prescriptas, como la vía más sensata para resguardar la infraestructura, potenciar las economías regionales, proteger las cuencas de agua potable y salvar vidas humanas. En la Argentina ya hay puntos de partida verificables. La discusión, ahora, pasa por convertir esos casos acotados en una política de manejo a escala.


Este artículo se basa en material aportado por la Red de Manejo del Fuego Rural que recoje evidencia científica sobre ecología del fuego, con casos y datos de la Argentina y del mundo (Bond y Keeley, 2005; Andela et al., 2017; Kreider et al., 2024; Davis et al., 2024; Pausas y Keeley, 2023; Dentoni et al., 2021, entre otros).

 
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