Pocos países han mostrado tanta capacidad para reinventarse en materia de biocombustibles como Brasil. En los últimos quince años, el gigante sudamericano construyó una industria que pasó de depender de una sola materia prima —la caña de azúcar— a integrar un abanico cada vez más amplio de fuentes para producir bioetanol. Y cada nueva incorporación no fue solo un cambio de insumo, sino una transformación productiva que arrastró consigo tecnología, genética, logística y nuevos encadenamientos industriales en regiones que, hasta entonces, no participaban de la cadena bioenergética.
La caña de azúcar fue el punto de partida. Desde el lanzamiento del programa Proálcool en 1975, los más de 200 ingenios distribuidos principalmente en el Sudeste del país —con São Paulo como epicentro— dieron forma a un modelo sin equivalente global. Brasil aprendió a producir etanol a gran escala, a integrarlo con la generación de energía eléctrica a partir del bagazo y a crear un mercado de vehículos flex fuel que hoy permite que por los surtidores del país circule una mezcla real cercana al 50 % entre etanol y gasolina.
El segundo salto llegó con el maíz. En poco más de una década, Brasil pasó de no tener una sola planta de etanol de maíz a contar con más de 20 en operación y al menos 30 en construcción, concentradas en Mato Grosso, Goiás y otros estados del Centro-Oeste. El modelo prosperó porque resolvió el problema de darle destino industrial a un cereal que, por su lejanía de los puertos, enfrentaba costos logísticos que erosionaban la rentabilidad del productor. Las plantas aprovechan la entrezafra de la caña —muchas operan como unidades duales— y generan coproductos de alto valor como los DDGS (granos secos de destilería), que alimentan una creciente industria avícola y porcina regional.
En paralelo, la biomasa celulósica —a partir de residuos agrícolas como el bagazo de caña— abrieron un tercer frente tecnológico. Raízen, el joint venture entre Shell y Cosan que es uno de los mayores productores de etanol del mundo, opera 2 plantas comerciales de etanol de segunda generación (E2G) en el estado de São Paulo, con una capacidad instalada superior a los 120 millones de litros anuales y un plan de expansión que prevé alcanzar los 440 millones con dos nuevas biorrefinerías en construcción.
Ahora, Brasil está escribiendo un nuevo capítulo. Y esta vez, el protagonista es un cultivo que en el sur de Brasil enfrenta históricamente márgenes ajustados y una demanda interna que el país no alcanza a cubrir con producción propia: el trigo.
Be8 y la primera planta de bioetanol de trigo en Brasil
La empresa brasileña Be8 —productora de biocombustibles con sede en Passo Fundo, Rio Grande do Sul— avanza con un proyecto industrial de R$ 1.500 millones (aproximadamente USD 250 millones) que transformará trigo y triticale en bioetanol, gluten vital, DDGS y CO₂ de grado alimentario. La planta, ubicada en plena zona triguera del sur de Brasil, ya lleva un 80 % de avance en obra y tiene previsto iniciar operaciones en marzo de 2027, según confirmó su presidente, Erasmo Battistella.
‘Estamos recibiendo las últimas grandes piezas. Tenemos equipos que llegaron al puerto de Paranaguá y que están en camino. Estamos comprometidos para estar produciendo en marzo’, afirmó el empresario durante una presentación realizada en la Expointer, la principal feria agropecuaria del estado.
Los números de la planta hablan de una escala considerable: 210 millones de litros de etanol por año, 153.200 toneladas de DDGS para alimentación animal y una línea de gluten vital que convertiría a Be8 en la primera empresa en producir este insumo en Brasil. El gluten vital de trigo es una proteína funcional de alto valor utilizada en panificación, pastas y alimentos procesados. Hasta ahora, Brasil lo importa en su totalidad. Su obtención como coproducto de la producción de etanol agrega una dimensión alimentaria al proyecto que va más allá de la lógica energética. A eso se suma la purificación del CO₂ biogénico generado durante la fermentación, que será destinado a la industria de bebidas.
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Una variedad de trigo diseñada para la biorrefinería
Quizás, el aspecto más revolucionario del proyecto es que la cadena se armó sobre el desarrollo de una genética específica para este uso industrial. En alianza con Biotrigo Genética, una de las principales empresas de mejoramiento de trigo de Brasil, Be8 impulsó la creación de la variedad BS Etanol 8, diseñada con altos contenidos de almidón y proteína para optimizar simultáneamente la producción de etanol y de gluten vital.
‘Continúa la opción de vender para el molino, para la producción de alimentos. Continúa la opción de exportar. Pero a partir de esta campaña, ya será posible vender también para la industria de energía’, explicó Battistella. Según el empresario, Be8 ya cuenta con casi 50.000 hectáreas cultivadas en asociación con productores del estado, y la planta estará lista para recibir trigo de la campaña actual a partir de octubre y noviembre de 2026, cuando comience la cosecha de invierno en Rio Grande do Sul.
Un impulso para los cultivos de invierno del sur de Brasil
La expectativa es que la demanda generada por Be8 impulse un aumento del 20 % en la producción de trigo de la región, y que también traccione el cultivo de triticale, un cereal híbrido entre trigo y centeno, con buena adaptación a suelos del sur de Brasil y alto contenido de almidón.
Los cultivos de invierno en el estado enfrentan históricamente márgenes estrechos, volatilidad de precios internacionales y una logística que encarece la exportación. La aparición de un comprador industrial de gran escala, instalado en la propia zona productiva, promete cambiar la ecuación de rentabilidad y ofrecer una vía de agregado de valor local que no existía.
Passo Fundo, donde se está levantando la biorrefinería, es actualmente la sexta economía del estado. Battistella destacó que el proyecto constituye la mayor inversión privada de la historia de la ciudad y de toda la región norte de Rio Grande do Sul, y anticipó que su impacto sobre el Producto Interno Bruto local aún está siendo calculado. ‘Vamos a dejar de importar etanol, produciendo nuestro propio combustible y agregando valor a la materia prima producida regionalmente’, señaló.
La lógica brasileña de diversificar sin abandonar
El modelo bioenergético brasileño no solo se distingue por su escala, sino por su capacidad de sumar fuentes sin descartar las anteriores. La caña sigue siendo la columna vertebral del programa de etanol. El maíz, en poco más de una década, creció al compás de la expansión agrícola del Centro-OEste, hasta abastecer una cuarta parte de la oferta total de bioetanol. Y ahora el trigo aparece como una tercera vía, adaptada a la realidad climática y productiva del sur del país, donde la caña no prospera, el maíz compite con la soja por la ventana de siembra de verano, y el biocombustible se importa de otros estados.
Cada materia prima trajo consigo su propio ecosistema asociado al etanol. La caña consolidó la cogeneración eléctrica. El maíz activó los DDGS y el aceite de maíz como coproductos de alto valor. El trigo, ahora, suma el gluten vital y refuerza la producción de proteína animal. En todos los casos, la biorrefinería funciona como un multiplicador: una misma tonelada de cultivo genera energía, alimento y productos industriales en proporciones complementarias.
El inicio de operaciones de la planta de Be8, previsto para marzo de 2027, abrirá un nuevo frente en esa lógica. Y confirmará, una vez más, que cuando hay políticas de largo plazo, la agronomía, la genética y la industria encuentran puntos de convergencia.


