Estados Unidos tiene un problema que cualquier agricultor de hace medio siglo probablemente habría querido tener. El maíz le rinde cada vez más.
Mejores semillas, maquinaria de precisión, manejo agronómico y tecnología vienen empujando los rendimientos desde hace décadas. En 2025, el país levantó una cosecha récord de alrededor de 432 millones de toneladas y nada indica que la capacidad productiva haya alcanzado un techo. Los mercados, en cambio, no necesariamente avanzan al mismo ritmo.
Hace pocas semanas, un estudio de S&P Global Energy (ver Un estudio de S&P Global Energy muestra que los biocombustibles actúan como catalizador para los precios agrícolas), que recogimos en este portal, puso en números el desbalance. Los rendimientos mundiales del maíz crecieron alrededor de 1,5% anual durante los últimos treinta y cinco años, mientras el crecimiento demográfico pierde velocidad y algunos grandes consumos alimentarios comienzan a madurar. Si la productividad continúa aumentando sin nuevos destinos capaces de acompañarla, Estados Unidos podría llegar a 2050 sembrando 31% menos maíz.
Durante las últimas décadas, el etanol ayudó a resolver parte de esa ecuación. Casi ciento cincuenta millones de toneladas que antes dependían principalmente de los mercados de alimentos y forrajes encontraron lugar en los tanques de combustible. Pero incluso esa enorme salida, que absorbe alrededor de un tercio de la cosecha total de maíz, enfrenta sus propios límites. Vehículos más eficientes y un menor consumo de gasolina podrían achicar la demanda de etanol si las mezclas permanecen alrededor del actual 10% (E10).
Los productores de maíz empezaron entonces a mirar bastante más lejos que el surtidor.
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Un mercado del tamaño de los plásticos
La National Corn Growers Association (NCGA) acaba de poner el foco sobre la biomanufactura, un universo donde el maíz podría terminar convertido en productos que difícilmente asociaríamos con una chacra. Pañales, cosméticos, componentes para automóviles, fibras y plásticos forman parte de un abanico que puede resultar sorprendente, pero detrás del cual asoma un mercado gigantesco, abastecido todavía en gran medida por materias primas fósiles.
Bastaría con reemplazar una pequeña parte de ese consumo para mover volúmenes enormes de grano. La NCGA estima que sustituir con derivados del maíz apenas el 10% del petróleo utilizado en la producción mundial de plásticos generaría una nueva demanda de 168 millones de toneladas por año. Un volumen equivalente a casi el 40% de toda la cosecha récord obtenida por Estados Unidos en 2025.
Del etanol a una fábrica de materiales
El camino entre un grano de maíz y una pieza de plástico puede parecer largo, aunque la industria ya conoce buena parte del recorrido.
El almidón del cereal se transforma en azúcares y los azúcares pueden fermentarse para obtener etanol. Hasta allí, nada demasiado diferente de lo que hacen a diario las grandes destilerías del cinturón maicero estadounidense. La historia cambia cuando ese alcohol, en lugar de terminar mezclado con gasolina, continúa su viaje dentro de una planta química.
A partir del etanol pueden obtenerse intermediarios capaces de ingresar en cadenas de producción que hoy parten de materias primas fósiles. El fabricante que está al final del proceso no necesariamente necesita un material diferente. Puede utilizar la misma molécula y las mismas prestaciones, pero con otro origen.
La NCGA menciona el ácido acrílico de origen biológico, que puede utilizarse para fabricar los materiales superabsorbentes de los pañales. También incluye insumos destinados a fibras de carbono para automóviles y maquinaria agrícola e hidrocoloides empleados en cremas y otros productos cosméticos.
Son algunos ejemplos de un mundo mucho más amplio. Buena parte de la industria química moderna se construyó aprendiendo a desarmar, transformar y volver a combinar el carbono contenido en los recursos fósiles. La biomanufactura persigue una lógica similar utilizando carbono que comenzó su recorrido en la fotosíntesis.
Después del combustible
La NCGA viene trabajando en una estrategia para encontrar destinos capaces de acompañar una producción agrícola que puede seguir aumentando durante las próximas décadas.
El transporte continúa ocupando un lugar importante, aunque ya no se limita a los automóviles. La organización calcula que conquistar un 10% del mercado mundial de combustibles marítimos con alternativas derivadas del etanol podría generar una demanda equivalente a 76 millones de toneladas adicionales de maíz por año. Alcanzar una participación similar en el mercado de combustible sostenible de aviación mediante tecnologías alcohol-to-jet sumaría alrededor de 43 millones de toneladas.
En los plásticos, la cuenta asciende a 168 millones de toneladas.
El estudio de S&P Global Energy publicado semanas atrás estimó que los rendimientos del maíz estadounidense podrían crecer alrededor de 1,6% anual hasta 2050. Bajo ese escenario, el país estaría en condiciones de producir casi 50% más maíz sin aumentar la superficie sembrada.
Encontrar compradores para semejante productividad empieza a ser tan importante como conseguirla.
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El petróleo no entrega fácilmente sus mercados
Pero ingresar al mercado de la química no será nada fácil. La electrificación de los vehículos, motores cada vez más eficientes y una mayor participación de los biocombustibles irán quitando espacio a la nafta y el gasoil. A medida que el transporte demande menos combustibles fósiles, las petroleras encontrarán en la petroquímica un refugio para sostener el consumo de crudo a través de plásticos, fibras, productos químicos y otros materiales.
Las proyecciones de la Agencia Internacional de Energía muestran que ese corrimiento ya está sucediendo. En su escenario de mediano plazo, publicado en junio del año pasado, desde 2026 la petroquímica sería la principal fuente de crecimiento de la demanda mundial de petróleo y hacia 2030 consumiría 18,4 millones de barriles diarios, más de uno de cada seis utilizados en el planeta. Mientras tanto, el uso de petróleo como combustible alcanzaría su máximo en 2027.
El maíz pretende abrirse paso, por lo tanto, en un negocio que será cada vez más importante para las compañías petroleras. Y lo hará frente a una industria que produce a enorme escala, dispone de infraestructura construida durante décadas y abastece cadenas consolidadas en todo el mundo.
Una alternativa puede ofrecer las mismas prestaciones que su equivalente fósil y aun así estar lejos de convertirse en un negocio. Hace falta llevar los procesos a escala industrial, construir plantas, garantizar calidad y volumen y alcanzar precios que permitan competir con una petroquímica que lleva décadas ajustando sus costos.
La propia NCGA reconoce esa dificultad. Por eso reclama más inversión en investigación y desarrollo, apoyo para atravesar las costosas etapas de demostración industrial y políticas que faciliten la construcción de infraestructura y el aumento de escala.
El incentivo para hacerlo está en los propios campos. La productividad continúa avanzando y el maíz necesita mercados capaces de absorberla.
El las últimas dos décadas, esa respuesta llegó de la mano del etanol. La biomanufactura abre otra posibilidad, mucho más amplia en cantidad de productos, pero también obliga al maíz a disputar un territorio que el petróleo no parece dispuesto a abandonar.


