Belém do Pará, epicentro amazónico de la COP30, volvió a reunir a miles de negociadores, científicos y activistas en la mayor cumbre ambiental del planeta. Sin embargo, entre las discusiones sobre emisiones, financiamiento climático y deforestación, un panel logró desarmar varias ideas instaladas. En el pabellón del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), productores del Cono Sur presentaron una tesis que desafió la narrativa dominante: la agricultura que cuida el ambiente no solo es posible, sino que hoy es más productiva y rentable.
La afirmación no se lanzó como consigna, sino como resultado de décadas de experiencia acumulada en campos de Argentina, Brasil y otros países de la región. En un ámbito donde suele predominar la mirada crítica sobre el agro, la presentación marcó un giro en el tono del debate.
El mensaje del Cono Sur: la agricultura que cuida el ambiente
En un panel organizado por la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID), la Confederación de Asociaciones Americanas para la Agricultura Sustentable (CAAPAS) y la Federación Brasileña del Sistema de Siembra Directa (FEBRAPDP), las instituciones coincidieron en que el futuro agrícola depende de integrar productividad, restauración de suelos y respuestas a las exigencias de consumidores y mercados.
El ex ministro de Agricultura y Ganadería de Brasil, Roberto Rodrigues —actual Enviado Especial del sector agropecuario a la COP30— abrió la sesión junto al Director General del IICA, Manuel Otero. Rodrigues afirmó que Brasil ha construido “una agricultura tropical sostenible y competitiva”, con capacidad para generar empleo, dinamizar economías rurales y enfrentar el cambio climático sin avanzar sobre bosques.
Este posicionamiento buscó mostrar que el agro del Cono Sur no espera a que la discusión climática le imponga condiciones, sino que quiere ser actor propositivo en la definición de soluciones.
La evidencia presentada: suelos, carbono y siembra directa
Gran parte del panel giró en torno a la evidencia acumulada en torno a los sistemas de siembra directa. Juca Moraes de Sá, coordinador técnico de FEBRAPDP, repasó su evolución: comenzó en 1972 con apenas 200 hectáreas y hoy supera los 56 millones en Brasil.
Explicó que la práctica evita la labranza, protege la estructura del suelo, reduce la erosión y favorece la infiltración de agua. Con el tiempo, esos efectos se traducen en aumento del carbono orgánico y una disminución significativa de las emisiones del sistema. Moraes de Sá llegó a afirmar que, en algunos casos, el balance puede ser de “emisiones cero o incluso negativas”, un dato que resonó fuerte en una COP dominada por el debate sobre mitigación.
Desde Argentina, el presidente de AAPRESID, Marcelo Torres, aportó otra dimensión. Relató que la organización nació hace 36 años como respuesta a la degradación de los suelos en la región pampeana. Sin insumos tecnológicos adecuados, productores y técnicos debieron innovar desde cero. Ese proceso —sostuvo Torres— dejó aprendizajes que hoy se vuelven globales: sistemas agrícolas complejos, basados en rotaciones, cobertura permanente y manejo conservacionista.
Pero Torres planteó que el nuevo desafío exige construir indicadores robustos sobre huella de carbono, huella hídrica y uso de insumos. “Debemos hablarle al mundo con evidencia y sin arrogancia”, dijo. Para él, la agricultura sustentable necesita demostrar sus resultados en un lenguaje que consumidores, reguladores y mercados puedan entender.
El rol de las instituciones y el debate político-técnico
Otro eje fuerte fue la presencia de organismos de ciencia y tecnología. Daniel Trento, asesor de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA), explicó que la institución creó la “AgriZone” dentro de la COP30 para asegurar que la agricultura participe en pie de igualdad en las discusiones climáticas.
Trento recordó que recién en la COP26 de Glasgow el sector agropecuario comenzó a recibir atención formal en las negociaciones, pese a ser uno de los más vulnerables al cambio climático. Inundaciones, sequías y variabilidad extrema afectan de manera directa la producción, algo que —según Trento— obliga a pensar a la agricultura no solo como emisora, sino también como víctima y como proveedora de soluciones.
El especialista subrayó un punto que atravesó todo el panel: la sostenibilidad solo será adoptada masivamente si es económicamente viable. “El productor del Cono Sur es pragmático. Las nuevas tecnologías deben reducir costos para que puedan incorporarse”, afirmó.
Los desafíos pendientes: financiamiento, indicadores y adopción
Aunque la presentación exhibió avances concretos, también puso sobre la mesa las barreras que aún frenan una adopción más veloz. Las asociaciones coincidieron en que los productores necesitan financiamiento accesible, marcos regulatorios claros y apoyo tecnológico para generar servicios ecosistémicos —principalmente captura de carbono, regulación hídrica y restauración de suelos— que puedan convertirse en un componente económico explícito.
Además, insistieron en la necesidad de sistemas de medición estandarizados y verificables que pongan fin a la discusión basada en percepciones. El Cono Sur, sostuvieron, tiene potencial para capturar carbono en escala y aportar soluciones globales, pero necesita mecanismos que traduzcan esos servicios en oportunidades reales para los agricultores.
La intervención en el pabellón del IICA mostró una región que busca posicionarse no como parte del problema, sino como un actor capaz de aportar evidencia y tecnología para enfrentar el desafío climático. En una COP marcada por la urgencia, el mensaje fue claro: la agricultura que cuida el ambiente ya existe en millones de hectáreas del Cono Sur y, lejos de ser una renuncia productiva, puede convertirse en una vía estratégica para el desarrollo.


