Desde hace más de medio siglo, el bioetanol es uno del sistema de combustibles líquidos de Brasil. Durante 40 años, esa enorme industria se sostuvo sobre una única materia prima, la caña de azúcar. En la última década, el maíz rompió esa exclusividad, al mismo tiempo que Brasil multiplicaba su producción del cereal, empujado por el crecimiento de la segunda cosecha, conocida como “zafrinha”. Hoy, una cuarta parte del biocombustible, proviene de una veintena de biorrefinerías que procesan granos. Muchas de ellas adosadas a ingenios cañeros, que les ceden vapor y bagazo como fuente de energía.
Esa primera integración cambió por completo la fisonomía del sector, extendiendo el calendario industrial. La caña no puede almacenarse y debe ser procesada apenas después de la cosecha, de modo que los ingenios concentran su actividad en los aproximadamente 200 días que dura la zafra, según la región. El cereal, en cambio, puede guardarse y procesarse durante el resto del año. Equipos e instalaciones que antes reducían su actividad o permanecían ociosos fuera de la temporada encuentran así un nuevo uso, mientras los costos fijos se distribuyen sobre un mayor volumen de producción.
Esa misma lógica de integración comienza a avanzar sobre otra actividad. Un grupo de analistas, gestores de fondos e industriales brasileños plantea incorporar un tercer eslabón al complejo productivo mediante el confinamiento de ganado bovino dentro de las propias biorrefinerías.
La propuesta fue el eje de uno de los paneles de la novena edición de la Conferencia Nova Cana, el foro anual que reúne a la cadena sucroenergética brasileña. João Rosa, socio director de Pecege Consultoria e Projetos, una firma especializada en análisis de costos y gestión del sector sucroenergético, planteó la idea bajo una lógica de encadenamiento productivo. “Si el siguiente paso de las usinas de caña es anexar una destilería de maíz para aprovechar el vapor integrado, el paso después de ese es montar un feedlot. ¿Por qué no integrar la cadena como un todo?”, preguntó ante la audiencia.
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Un negocio que se sostiene por los coproductos
El argumento de Rosa parte de una realidad que muchas veces pasa inadvertida fuera del sector. La rentabilidad de las plantas de etanol de maíz en Brasil no depende solo del precio del combustible. Según el consultor, el 30 % de los ingresos proviene de los coproductos agregados, fundamentalmente el DDG (granos secos de destilería, un concentrado proteico y energético que queda tras la fermentación del almidón) y el aceite de maíz extraído durante el proceso. “El negocio se sostiene hoy no por el precio del etanol, sino por el DDG y por el aceite. Es un complejo que, así armado, funciona”, afirmó.
El DDG se utiliza como componente de la dieta de bovinos en feedlots. Aporta proteína y fibra digestible a un costo competitivo frente a la harina de soja. Un año atrás, el CEO de Minerva Foods —el mayor exportador de carne vacuna de Sudamérica—, Fernando Queiroz, había calificado al etanol de maíz como “transformacional para la pecuaria”, precisamente porque la mayor disponibilidad de DDG permite mejorar la terminación de los animales a un costo menor.
Para Andy Duff, jefe del departamento de investigaciones del Rabobank —el banco holandés con fuerte presencia en el financiamiento del agronegocio global—, el DDG viene ganando terreno tanto en el mercado doméstico como en las exportaciones brasileñas, contribuyendo a diversificar las materias primas disponibles para la alimentación animal y a mejorar los resultados financieros de las usinas.
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Diversificar para no depender de un solo producto
Según Rosa, algunos grupos empresariales y cooperativas ya se mueven en dirección a la integración con el engorde de bovinos. El objetivo es ampliar las fuentes de ingreso y reducir la exposición a la volatilidad de un solo producto en un momento en que la oferta de etanol crece a un ritmo que podría presionar los precios.
“Son modelos que funcionan muy bien. Vas diversificando la cadena, a veces perdés en una cosa y ganás en otra. Quedarte con un solo producto, poner todos los huevos en la misma canasta, es el mayor riesgo”, resumió el consultor de Pecege.
El modelo brasileño de integración caña-maíz-confinamiento pone en evidencia una tendencia que trasciende la coyuntura del mercado de etanol. La capacidad de una usina para generar valor ya no se mide solo por los litros de combustible que sale de sus tanques, sino por la cantidad de eslabones productivos que logra articular a partir de la misma materia prima.


