La historia comienza con una contradicción. En su ambición por transformar la forma en que produce derivados de palma, Unilever invirtió fuertemente en la expansión de su planta oleoquímica en Sei Mangkei, al norte de Sumatra, Indonesia. La idea era clara: acercarse al origen del insumo, controlar de forma directa el refinado y reforzar su política de cero deforestación a través de una trazabilidad completa. Pero la ampliación de capacidad de la planta trajo consigo un efecto secundario indeseado: la instalación pasó a ser, por volumen absoluto, la mayor emisora de gases de efecto invernadero de toda la operación global de la empresa.
El dilema era tan urgente como simbólico. El centro de una estrategia de sostenibilidad se había convertido, por acumulación, en su mayor fuente de emisiones. La solución no podía ser parcial, ni depender de compensaciones. La respuesta, sin embargo, estaba más cerca de lo pensado: flotaba sobre las lagunas de residuos de los mismos molinos de palma que abastecen a la planta.
Del metano perdido al biometano industrial
Cada vez que un molino de palma procesa fruta para extraer aceite, genera enormes cantidades de efluente líquido conocido como POME (Palm Oil Mill Effluent). Este subproducto, cargado de materia orgánica, se acumula en lagunas donde se descompone lentamente y libera metano al ambiente. Ese gas, si no se quema o captura, termina agravando el calentamiento global: su potencial climático es más de 80 veces superior al del dióxido de carbono en un periodo de 20 años.
La propuesta de Unilever, en alianza con la firma asiática KIS Group, fue revertir esa lógica. En vez de permitir que el gas se escape, comenzaron a capturarlo directamente desde el efluente en descomposición, en digestores cercanos a las plantas de crushing de palma. Luego lo purifican, lo comprimen y lo transforman en biometano utilizable como combustible: una fuente renovable, libre de fósiles, capaz de reemplazar al gas natural en la producción industrial.
Pero no se trata de una red de distribución compleja, ni de grandes plantas centralizadas. El biometano comprimido —bioCNG— se carga en camiones diseñados especialmente, que lo trasladan por carretera desde las plantas de crushing hasta Sei Mangkei. Allí, se lo descarga en la planta de Unilever, donde alimenta las calderas que antes dependían exclusivamente de gas natural fósil.
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Logística circular, transporte eficiente, impacto directo
Los camiones que transportan el bioCNG no solo llevan energía: también la consumen. Están equipados para funcionar con el mismo biometano que trasladan, lo que reduce aún más la huella de carbono del sistema y refuerza la circularidad de toda la operación. El modelo, además, tiene una ventaja estratégica notable en el contexto indonesio: evita la necesidad de redes, gasoductos o plantas intermedias, permitiendo que un recurso generado en áreas rurales pueda abastecer centros industriales sin modificar infraestructuras existentes.
Este esquema logístico flexible se adapta a la geografía dispersa del país y convierte lo que antes era un pasivo ambiental —el gas emitido por descomposición de residuos— en una fuente concreta de energía térmica para la industria pesada.
Escalar sin comprometer: del piloto a la estrategia energética
La planta de Sei Mangkei ya se abastece con biometano proveniente de dos plantas de crushing certificadas bajo los estándares de sostenibilidad de Unilever. Para fines de 2025 se incorporará una tercera, y la compañía tiene planes de sumar seis más en los próximos dos años. La idea no es solo ampliar el volumen, sino también consolidar una red de suministro alineada con su política global “People and Nature”, que combina criterios ambientales, sociales y de trazabilidad completa.
El objetivo operativo es que, para 2030, el biometano cubra cerca del 25% del consumo energético de Sei Mangkei, lo que equivale a unos 800.000 MMBtu anuales. De concretarse esa meta, la instalación más emisora de Unilever se convertirá también en una de las más transformadas, marcando un cambio de paradigma para la producción industrial en el Sudeste Asiático.
“Cuando expandimos nuestras operaciones, debemos hacerlo de forma sostenible. Gracias a la colaboración con KIS, hemos encontrado una solución innovadora que reduce nuestras emisiones sin comprometer el crecimiento”, señaló Saikrishna Devarakonda, Director General de Unilever Oleochemical Indonesia.
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Una oportunidad para Indonesia y la industria de la palma
El modelo que Unilever puso en marcha tiene implicancias que superan con creces su operación individual. Se estima que, con el volumen actual de residuos líquidos disponibles en Indonesia, podría generarse suficiente biometano como para reemplazar más del 5% del consumo total de gas natural del país. En una matriz energética que depende en gran parte de combustibles fósiles y donde las renovables apenas representan un 14,5%, el aprovechamiento de efluentes industriales como fuente energética puede alterar significativamente el panorama.
“Con esta tecnología, no solo ayudamos a Unilever a descarbonizar su operación. También contribuimos a que Indonesia avance hacia una mayor independencia energética”, afirmó KR Raghunath, fundador y CEO de KIS Group.
A los beneficios energéticos se suman impactos agronómicos. Los residuos sólidos que quedan tras la producción de biometano se transforman en fertilizante orgánico para las mismas plantaciones de palma. Así, el ciclo se cierra en origen, devolviendo nutrientes al suelo y reduciendo el uso de agroquímicos sintéticos.
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Un nuevo estándar para una vieja industria
La industria de la palma ha sido durante años el centro de cuestionamientos por su impacto ambiental. Con esta iniciativa, Unilever no solo busca reducir su huella interna, sino también demostrar que es posible transformar los eslabones más contaminantes de la cadena en vectores de cambio real.
“Estamos orgullosos de formar parte del primer contrato industrial de biometano en Indonesia y entusiasmados con la posibilidad de escalar esta iniciativa”, concluyó Devarakonda. “Pero esto es solo el comienzo. Queremos que nuestra experiencia sirva de modelo para otros”.
El caso de Sei Mangkei demuestra que una industria intensiva en energía y recursos puede reconvertirse desde adentro. Donde antes se evaporaba metano sin control, hoy se produce energía limpia que mueve calderas, camiones y compromisos. Es el tipo de transición que no necesita discursos: necesita replicarse.


