Un camión descarga restos de madera en una cavidad sellada bajo tierra. No es un basural ni un relleno sanitario convencional: esos residuos no van a degradarse. Quedan aislados para evitar que el carbono que contienen vuelva a la atmósfera en forma de CO₂.
Ese tipo de operación, todavía incipiente pero cada vez más frecuente, está en la base del almacenamiento directo de biomasa. La novedad es que empieza a organizarse como campo propio dentro de la remoción de carbono. El Carbon Business Council —una organización que agrupa empresas vinculadas al mercado de captura de carbono— anunció la creación de la Direct Storage of Biomass (DSB) Coalition, un espacio para coordinar criterios técnicos, medición y desarrollo de proyectos.
Una solución apoyada en flujos ya existentes
El principio es conocido en cualquier sistema productivo basado en biomasa. Los cultivos y los árboles capturan carbono mediante fotosíntesis y lo incorporan en su estructura. Cuando esos materiales se degradan —ya sea en el campo, en un aserradero o en un lote— ese carbono vuelve a liberarse.
La propuesta del almacenamiento directo de biomasa consiste en intervenir en ese punto. En lugar de dejar que los residuos se descompongan, se los traslada y confina en condiciones que frenan los procesos biológicos: depósitos subterráneos, pozos sellados o contenedores diseñados para limitar la actividad microbiana.
No se trata de producir biomasa para almacenarla, sino de trabajar sobre flujos ya disponibles: restos forestales, rastrojos agrícolas como el maíz o trigo, o subproductos orgánicos que hoy tienen bajo valor o generan costos de manejo.
De experiencias puntuales a reglas compartidas
Hasta ahora, este tipo de proyectos avanzó de manera fragmentada, con desarrollos impulsados por empresas o iniciativas específicas. La coalición busca ordenar ese escenario.
El foco está puesto en cuestiones operativas que definen la viabilidad del esquema: cómo medir el carbono efectivamente almacenado, cómo verificar que permanezca fuera del ciclo activo durante décadas y cómo reportar esa información de manera consistente.
Ese punto es clave para el mercado de créditos de carbono, donde la comparabilidad entre proyectos y la confianza en los datos determinan el valor de las toneladas capturadas.
Escalar sin alterar los sistemas productivos
Una de las ventajas que destacan los impulsores es que el almacenamiento directo de biomasa no requiere crear cadenas completamente nuevas. Se apoya en infraestructuras y prácticas que ya existen en la producción forestal y agrícola.
Sin embargo, esa misma condición plantea límites concretos. La disponibilidad de biomasa no es infinita y cumple funciones dentro de los sistemas productivos, especialmente en el suelo. Extraerla de manera sistemática puede afectar la fertilidad, la retención de humedad o la dinámica de nutrientes.
A eso se suma la logística: recolectar, transportar y almacenar grandes volúmenes de biomasa implica costos y coordinación territorial que todavía están en desarrollo.
Efectos en el territorio y nuevas actividades
En algunas regiones forestales, la remoción de residuos aparece como una herramienta complementaria para reducir material combustible y, con ello, el riesgo de incendios. En zonas agrícolas, puede abrir una vía adicional de ingresos vinculada al manejo de rastrojos.
La coalición plantea que estos proyectos deben integrarse en esquemas más amplios de manejo del territorio, con criterios ambientales claros y participación de las comunidades locales, para evitar efectos no deseados.
Un desarrollo en etapa de organización
El lanzamiento de la DSB Coalition marca un cambio de escala: el paso de proyectos aislados a un intento de construcción de estándares comunes. El grupo reúne desarrolladores, certificadoras y empresas vinculadas a la medición de carbono, con el objetivo inmediato de ordenar metodologías y reducir incertidumbre.
En esta etapa, el avance no se mide tanto en volumen de carbono almacenado como en la capacidad de definir reglas compartidas. Los próximos pasos pasan por validar sistemas de monitoreo, acordar criterios de permanencia y generar referencias que permitan evaluar proyectos en distintos contextos productivos.
En ese proceso, el almacenamiento directo de biomasa empieza a delinearse como una práctica posible dentro de sistemas agrícolas y forestales, donde el manejo de residuos puede pasar de ser un costo a convertirse en una intervención con valor climático.


