miércoles, mayo 13, 2026
 

La madera argentina busca su lugar en la construcción global

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El sector de la construcción es responsable de cerca del 40% del consumo energético global y de más del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Durante décadas, el acero y el hormigón dominaron ese mercado sin competencia real. Ambos materiales son altamente intensivos en carbono durante su producción. La madera opera al revés: los árboles capturan CO₂ durante su crecimiento y ese carbono queda almacenado en los productos derivados durante toda su vida útil. Un edificio de madera no solo emite menos durante su construcción: funciona como reservorio de carbono.

Esa ventaja ambiental, sumada al desarrollo del CLT —madera contralaminada, del inglés cross-laminated timber—, cambió la ecuación. El CLT es un panel estructural que se fabrica encolando capas de madera en direcciones perpendiculares, lo que le da resistencia comparable al hormigón con una fracción de su peso. Las piezas se producen en taller y se ensamblan en obra en días. Menos residuos, menos mano de obra en sitio, estructuras más livianas que reducen las exigencias sobre las fundaciones, tiempos de ejecución radicalmente más cortos.

Y aun así, la madera sigue siendo marginal en la construcción industrial. Un informe reciente del Forest Innovation Investment (FII) —organismo canadiense especializado en investigación y desarrollo de aplicaciones forestales—, titulado Mass Timber Industrial Architecture (Arquitectura industrial con madera maciza estructural), lo documenta: los edificios industriales representan el 30% de toda la construcción no residencial global, pero la madera participa en menos del 1% de ese mercado en Estados Unidos y en menos del 4% en Canadá. En Canadá, que tiene una de las industrias forestales más desarrolladas del mundo.

Para la industria foresto-industrial argentina, esa brecha es una oportunidad de escala.

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Las plantaciones del noreste y la apuesta exportadora

Argentina tiene más de 1,3 millones de hectáreas de plantaciones forestales, concentradas principalmente en provincias como Corrientes y Misiones. En el mercado interno, los resultados de la construcción industrializada ya son concretos: una vivienda con sistemas en madera puede estar terminada en dos o tres meses, frente a los ocho o más que demanda la construcción tradicional.

Esta semana, la Federación Argentina de la Industria Maderera y Afines (FAIMA) —que nuclea a 28 cámaras en todo el país y representa a toda la cadena foresto-industrial— se reunió con PromArgentina, la agencia estatal de promoción de exportaciones, para definir una agenda concreta de internacionalización del sector. De la reunión entre la presidenta de FAIMA, Mercedes Omeñuka, el director ejecutivo Fernando Couto, y el presidente ejecutivo de PromArgentina, Diego Sucalesca, salió una hoja de ruta para 2026 orientada a fortalecer la presencia de la industria maderera argentina en mercados externos con productos de mayor valor agregado. El mercado estadounidense aparece como uno de los destinos con mayor potencial, particularmente para el pino de Corrientes y Misiones destinado a construcción.

Los ejes de esa agenda son precisos: el desarrollo de una marca sectorial llamada Woods of Argentina, capacitaciones para la salida a mercados internacionales, una ronda internacional de negocios en el marco de la Feria de la Madera y el Mueble Argentino, y el impulso a la participación de empresas en ferias globales del sector.

Ingresar a los mercados de mayor valor tiene además una condición que no es negociable: trazabilidad certificada. El sello PEFC —sigla del Programa para el Reconocimiento de la Certificación Forestal (Programme for the Endorsement of Forest Certification)— audita de forma independiente cada etapa de la cadena, desde el bosque hasta el punto de venta, para garantizar que la madera proviene de fuentes sostenibles y no se mezcla con material de origen ilegal o desconocido. Para el consumidor final, significa que al elegir un mueble o un sistema constructivo con ese sello, la trazabilidad está verificada y respaldada por estándares internacionales. Para la industria, es una condición de acceso: sin ese respaldo, la conversación sobre exportaciones de valor agregado tiene un techo muy bajo.

Estos temas estarán sobre la mesa en el 149° Congreso Maderero de la República Argentina, que se realizará del 7 al 9 de mayo en Cañada de Gómez, ciudad santafesina reconocida como Capital Provincial de la Industria del Mueble. Lo organiza la Cámara de la Industria Maderera y Afines de Cañada de Gómez (CIMA) —con el soporte del Centro Tecnológico del Mueble (CTM) y la Fundación para el Desarrollo de Cañada de Gómez (FUDECA), instituciones locales orientadas a la innovación y la competitividad del sector— con la coordinación de FAIMA. La agenda combina visitas a empresas, presentaciones sobre coyuntura económica y actualidad del sector, y espacios de intercambio institucional vinculados al desarrollo productivo.

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La ley que castiga a las víctimas

Toda esa agenda hacia afuera choca con un problema adentro. La Ley N° 27.604, sancionada en 2020 como modificación a la Ley de Manejo del Fuego (Ley N° 26.815), introdujo restricciones automáticas sobre el uso del suelo tras incendios sin distinguir el origen del siniestro ni las circunstancias del caso. Un productor forestal que pierde sus plantaciones en un incendio que no provocó queda impedido de usar esa tierra por hasta 30 o 60 años, según el caso. No importa si el fuego vino de afuera. La restricción es automática e inmediata.

Esa es la situación que la Red de Manejo del Fuego Rural —que agrupa consorcios de gestión del fuego de distintas regiones del país— llevó esta semana al Senado de la Nación, donde se discuten modificaciones a esa normativa en el marco del Proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Desde la Red señalan que esos plazos no tienen respaldo científico: los tiempos de recuperación varían según el ecosistema y en muchos casos son significativamente menores. Además, la restricción no demostró eficacia en la reducción de incendios y genera un efecto que agrava el problema: desincentiva la denuncia de siniestros, lo que complica la respuesta temprana y el registro de datos para la prevención.

Un punto que el debate público suele perder de vista: la reforma en discusión no modifica la protección de los bosques nativos, que continúa regulada por la Ley N° 26.331 y su ordenamiento territorial. Las modificaciones apuntan exclusivamente a tierras productivas —plantaciones, pastizales, campos— donde la restricción automática genera daño económico sin contrapartida ambiental demostrable.

 
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