Cada 28 de enero el calendario nos convoca a reflexionar sobre la reducción de emisiones de dióxido de carbono. La fecha suele llenarse de consignas que presentan al CO₂ como un agente externo, un villano químico que hay que erradicar. Desde la bioeconomía, la mirada es radicalmente distinta: el CO₂ no es el enemigo; es, de hecho, un componente fundamental de la vida.
El problema real no reside en la molécula, sino en nuestra histórica incapacidad para gestionar su ciclo dentro de los límites que la biosfera puede procesar en tiempo real. Durante décadas operamos bajo la ilusión de recursos infinitos y sumideros inagotables. Esa elección nos llevó a inyectar en la atmósfera cantidades masivas de carbono fósil que la biosfera no recicla en escalas humanas, generando el desbalance que hoy medimos en gigatoneladas anuales y que altera la estabilidad climática del planeta.
A diferencia de enfoques que ven la descarbonización como una restricción al crecimiento, la bioeconomía la entiende como oportunidad de rediseño profundo. Todo comienza en la fotosíntesis, el proceso de captura de carbono más eficiente, escalable y antiguo que existe. Cuando integramos esa maquinaria biológica con biotecnología moderna, química verde y biorrefinerías integrales, transformamos el carbono capturado en bioplásticos, biocombustibles, moléculas de alto valor, materiales de construcción y mucho más. No se trata de «dejar de hacer», sino de «hacer distinto»: desvincular el desarrollo económico del agotamiento fósil y anclarlo en ciclos biológicos regenerativos.
Aquí hay que ser quirúrgicos. En los últimos años, la política pública y el marketing ambiental han sido inundados por una ola de sentimentalismo que prioriza lo emotivo sobre lo medible. Esta postura fue llevada al extremo en 2016, cuando la Comisión Europea limitó el uso de biocombustibles, con Marie Donnelly —Secretaria de Energías Renovables de la Comisión— admitiendo sin rodeos que las políticas debían ser sensibles a las preocupaciones ciudadanas «incluso si estas son más emotivas que basadas en hechos o científicas». Las consecuencias fueron claras. Según cifras de Eurostat, en 2023 las renovables reales en transporte de la UE alcanzaron solo el 7,5%, dejando a los fósiles en el 92,3%. En contraste Brasil —con políticas ancladas en disponibilidad local y balances científicos reales— alcanzó un contenido renovable del 22,5% en el mismo año.
La bioeconomía exige rigor. Necesitamos modelos que dialoguen con la evidencia científica, no que la ignoren para calmar ansiedades. La sostenibilidad será técnica o no será.
Desde una perspectiva regional, América Latina y Argentina cuentan con una dotación significativa de biomasa y capacidades productivas que pueden potenciar esta lógica: desde la agricultura y la agroindustria hasta la producción de biocombustibles y biomateriales. Integrar la fotosíntesis en un modelo productivo —como propone la bioeconomía— no es una abstracción, sino una estrategia para producir localmente, agregar valor, generar empleo y reducir la huella de carbono de manera medible.
Por eso este 28 de enero, más que una efeméride de «reducción», debería ser una celebración de la transformación en marcha.
Desde BioEconomia.info rendimos homenaje a quienes la están construyendo: a los ejecutivos que arriesgan capital en biorrefinerías reales, a los emprendedores que convierten biomasa en plataformas químicas de alto valor, a los científicos que optimizan enzimas y vías metabólicas, a los productores que cuidan el carbono del suelo, a los investigadores que desarrollan innovaciones locales adaptadas a nuestra realidad, a los decisores que —contra la corriente del populismo emocional— legislan con datos en la mano, y a todos aquellos que entienden que la única forma de volver a un balance estable de carbono es integrar la producción dentro de los ciclos de la vida, y no fuera de ellos. Gracias por hacer que la ciencia sea el piso firme, no un accesorio de comunicación.
La bioeconomía ya no es promesa: es arquitectura en ejecución. Este día es el momento de acelerarla.


