Pocas escenas resumen mejor la singularidad energética de Brasil que una estación de servicio rural donde un tractor carga biometano mientras, a su lado, una Hilux recibe etanol. Mientras buena parte del mundo se enreda en los límites tecnológicos, económicos y logísticos de sus promesas energéticas, el país sudamericano consolida una vía profundamente anclada en su matriz agroindustrial. No es casualidad, entonces, que Toyota Motor Corporation, uno de los gigantes mundiales de la industria automotriz, haya elegido precisamente este escenario para profundizar su apuesta por los biocombustibles.
En un encuentro reciente con periodistas, el presidente de Toyota do Brasil, Evandro Maggio, reveló la creación de un nuevo centro de investigación y desarrollo (I+D) que estará enfocado exclusivamente en tecnologías flex-fuel y biocombustibles avanzados. El laboratorio, que iniciará actividades con un equipo de 40 ingenieros, se está instalando en la ciudad de Sorocaba, en el interior del estado de São Paulo, donde la automotriz ya posee una planta productiva y está construyendo una segunda fábrica.
Lejos de tratarse de una iniciativa aislada, el nuevo centro forma parte de un ambicioso plan de inversión de R$ 11.500 millones (aproximadamente USD 2.300 millones) que Toyota destinará a Brasil. El proyecto fue aprobado por la casa matriz en Japón y cuenta con participación activa de equipos de ingeniería provenientes no solo del país asiático, sino también de otras filiales globales del grupo.
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«Tenemos una vasta experiencia en biocombustibles, especialmente en el uso del etanol, que es una alternativa altamente competitiva al vehículo eléctrico si consideramos el ciclo completo de emisiones», explicó Maggio al presentar el proyecto. Y no es una exageración. Desde la década del 70, Brasil ha apostado por un modelo automotor basado en el etanol derivado de la caña de azúcar, tecnología que hoy se combina con motores flex capaces de operar con distintas mezclas de combustible.
Pero el nuevo laboratorio no se limitará al etanol. Toyota también está explorando con creciente interés el uso de biometano, un biocombustible renovable que puede obtenerse a partir de residuos agroindustriales, estiércol o restos orgánicos. De hecho, la compañía ya ha desarrollado una versión de su emblemática Hilux capaz de funcionar con este gas, presentada durante la edición 2023 de Agrishow, la feria de tecnología agropecuaria más importante de América Latina. Actualmente, esa unidad está siendo probada en distintas plantas brasileñas.
Sin embargo, Maggio advirtió que tanto el biometano como el hidrógeno verde enfrentan desafíos logísticos significativos, especialmente en lo que respecta a su transporte. Por ello, el foco inicial estará puesto en aplicaciones específicas, como las usinas o centrales eléctricas, donde el suministro puede ser más controlado.
Sinergia global, arraigo local
El nuevo centro de I+D de Toyota no solo refuerza el vínculo entre la automotriz y la innovación sustentable, sino que también se convierte en un nodo estratégico dentro de la red global de la empresa. Aunque el grueso de las operaciones estará basado en Brasil, la ingeniería japonesa —reconocida por su excelencia técnica— jugará un rol fundamental en la evolución de los desarrollos.
El laboratorio, además, será instalado junto a la planta existente en Sorocaba, consolidando así una infraestructura que ya contaba con ventajas logísticas, tecnológicas y operativas. Allí también se está levantando una segunda fábrica que permitirá cerrar, a finales de este año, las instalaciones de Indaiatuba, otra ciudad paulista que hasta ahora concentraba buena parte de la producción nacional.
A pesar de los contratiempos recientes —como el fuerte temporal que azotó Porto Feliz y afectó operaciones logísticas y productivas—, Toyota no ha frenado su plan de expansión en el país. «No detuvimos proyectos en curso, como la segunda fábrica en Sorocaba y el nuevo centro de I+D», subrayó Maggio con firmeza.
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Biocombustibles como estrategia de transición
La decisión de Toyota de seguir apostando por los biocombustibles no es solo una respuesta al contexto brasileño, sino también una señal hacia una visión más pragmática de la transición energética. En un mundo donde la electrificación avanza a ritmo desigual —y donde las baterías aún presentan problemas de reciclaje, autonomía o disponibilidad de materias primas—, alternativas como el etanol y el biometano ofrecen soluciones de bajo carbono adaptadas a realidades locales.
Brasil, con su experiencia acumulada, su capacidad agrícola y su política de descarbonización, se posiciona como un laboratorio vivo de innovación sustentable. Y Toyota, con este nuevo centro, parece dispuesta a convertir ese laboratorio en una plataforma de desarrollo global.


