En los viñedos mendocinos, el invierno deja una escena austera: hileras de vides desnudas, manos que avanzan con tijeras de poda y sarmientos recién cortados que se acumulan sobre el suelo frío. Son ramas secas, leñosas, que durante la temporada sostuvieron hojas y racimos, y que ahora parecen cerrar su ciclo como un residuo más de la producción vitivinícola. Para un grupo de investigadoras del CONICET, sin embargo, esa materia descartada todavía tiene una función por cumplir: podría convertirse en parte de los muros que aíslan una vivienda del frío, del calor y del ruido.
La imagen, tan cotidiana para cualquier finca vitivinícola, abre una pregunta que ya llegó al laboratorio: qué hacer con esa biomasa cuando deja de cumplir su función en la planta. En Mendoza, esa respuesta empieza a cruzarse con otra necesidad concreta: la de una construcción capaz de mejorar la eficiencia energética de los edificios sin depender únicamente de aislantes elaborados con recursos no renovables y procesos de alta demanda energética.
Biomateriales con micelio para repensar la construcción
Aunque no siempre se los vea, los aislantes térmicos y acústicos cumplen una función decisiva en la vida cotidiana. Están detrás de una casa que necesita menos calefacción en invierno, de una escuela más confortable o de una oficina que logra reducir el consumo de energía para refrigeración. Pero muchos de los materiales tradicionales utilizados para cumplir esa función, como el poliestireno expandido, el poliuretano o la lana de vidrio, se elaboran a partir de recursos no renovables y mediante procesos industriales de alta demanda energética.
Ese es el punto de partida del proyecto que llevan adelante especialistas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el principal organismo público de ciencia y tecnología de la Argentina. El trabajo se desarrolla en el Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía, conocido como INAHE, un centro del CONICET con sede en Mendoza dedicado al estudio de problemas vinculados al ambiente construido, la eficiencia energética, el hábitat y las condiciones ambientales de los espacios urbanos.
Allí, un equipo de investigadoras trabaja en el desarrollo de sistemas aislantes térmicos y acústicos a partir de residuos vitivinícolas ligados orgánicamente con micelio de hongos. El proceso, conocido como biofabricación, aprovecha la capacidad natural del micelio para crecer sobre una biomasa, colonizarla y consolidarla hasta formar un material sólido.
“La construcción de los materiales aislantes tradicionales supone una importante fuente de contaminación a la atmósfera. En contraste, la tendencia actual se orienta al desarrollo de propuestas de aislamiento térmico y acústico con enfoque sustentable. Nuestra investigación se alinea con estas tendencias internacionales que priorizan materiales con baja energía incorporada y una reducida huella de carbono, optimizando la eficiencia energética no solo en la etapa de uso, sino desde la producción”, explica Ayelén Villalba, investigadora del CONICET en el INAHE y una de las responsables del proyecto.
La iniciativa cuenta además con la colaboración de una bodega mendocina, que provee los desechos generados por la industria del vino. Ese vínculo permite que el desarrollo no parta de una materia prima abstracta, sino de un residuo concreto, disponible en el territorio y ligado a una de las cadenas productivas más emblemáticas de la región.
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Cuando el residuo se convierte en insumo
La lógica detrás del desarrollo es simple de enunciar, aunque compleja de llevar a escala: tomar una biomasa local, en este caso podas de vid, y transformarla en un insumo tecnológico para la construcción. En términos de bioeconomía, entendida como una forma de organizar procesos productivos a partir de recursos biológicos renovables, el proyecto muestra cómo un residuo agroindustrial puede integrarse en una nueva aplicación sin perder de vista su origen territorial.
“Los biomateriales elaborados a partir de residuos agroindustriales bioligados con micelio de hongos representan una alternativa innovadora y sostenible que permite valorizar recursos locales, disminuir el uso de energía y promover estrategias de economía circular en la construcción”, destaca Noelia Alchapar, investigadora del CONICET en el INAHE e integrante del equipo.
La elección de la poda de vid no es un detalle menor. A diferencia de otras biomasas más homogéneas, los restos vitivinícolas tienen una composición particular y una alta presencia de lignina, un componente estructural de las plantas que aporta rigidez y resistencia. Según las investigadoras, esas características abren una ventaja para el desarrollo de materiales con mayor integridad estructural frente a otros compuestos elaborados con micelio.
Cómo trabaja el micelio dentro del material
El micelio es la red vegetativa de los hongos. Está formado por hifas, filamentos microscópicos que crecen, se ramifican y se entrelazan. En este proyecto, esas hifas avanzan sobre la biomasa de poda de vid y actúan como una especie de trama biológica capaz de unir las partículas del sustrato. No se trata solo de una adhesión física: el micelio se integra con la biomasa y ayuda a consolidarla.
“Las particularidades del uso de residuos vitivinícolas como sustrato, por su característica heterogénea y su composición alta en lignina, hacen que tengamos un material con una mayor integridad estructural que otros compuestos de micelio”, explica Maira Terraza, becaria doctoral del CONICET en el INAHE y parte del proyecto. “El micelio crea una red de hifas en la biomasa que se ramifican y fusionan entre sí y con el sustrato, integrándose químicamente con él. Esta red consolida las partículas del sustrato generando un solo bloque de material”.
Esa consolidación es la base del biomaterial. La biomasa aporta volumen, estructura y disponibilidad local. El hongo aporta la capacidad de unir las partículas sin recurrir a adhesivos sintéticos convencionales. El resultado buscado es un material liviano, con desempeño aislante y con una huella ambiental menor desde su proceso de producción.
Del laboratorio al sistema constructivo
El proyecto no se limita a producir muestras experimentales. El equipo también analiza las propiedades físicas, químicas y mecánicas del material, y trabaja en el diseño de prototipos que faciliten su incorporación en sistemas constructivos. Ese paso es clave porque la industria de la construcción no adopta materiales solo por su promesa ambiental: necesita productos que puedan medirse, compararse, instalarse y sostenerse en el tiempo.
Los primeros prototipos ya fueron desarrollados y testeados en laboratorio. Según los resultados informados por el equipo, el material mostró un buen comportamiento como aislante térmico y también una contribución eficaz a la absorción acústica. Esto permite pensarlo tanto para reducir pérdidas de calor y ganancias térmicas no deseadas como para mejorar el confort sonoro en espacios interiores.
La durabilidad es otro punto sensible. Al tratarse de un material de origen orgánico y biodegradable, uno de los desafíos es asegurar que pueda cumplir su función durante el tiempo requerido por una obra o una rehabilitación edilicia. Las pruebas realizadas muestran una buena tolerancia al deterioro en condiciones de uso, aunque el equipo continúa ajustando los procesos.
“Estamos avanzando en la optimización de los protocolos de producción para obtener un material que perdure en el tiempo y alcance los estándares requeridos en la industria de la construcción”, señala Terraza.
Esa optimización implica controlar las condiciones de cultivo, estabilizar el crecimiento del micelio, evaluar la respuesta del material ante distintas exigencias y diseñar formatos compatibles con las prácticas reales de obra. En otras palabras, el desafío ahora es convertir una muestra prometedora en un componente constructivo capaz de responder a los requerimientos técnicos del sector.
Una oportunidad para edificios más eficientes
El potencial de estos biomateriales aparece en un momento en que la eficiencia energética de los edificios se vuelve cada vez más relevante. Una vivienda mal aislada demanda más energía para calefaccionarse o refrigerarse. Esa energía tiene un costo económico para quienes la consumen y un costo ambiental asociado a las emisiones del sistema energético. Mejorar el aislamiento no resuelve por sí solo todos los problemas urbanos, pero puede reducir consumos y mejorar las condiciones de habitabilidad.
Dentro de la construcción, los materiales desarrollados por el equipo del INAHE podrían integrarse en edificaciones nuevas o en procesos de rehabilitación de espacios existentes. Ese segundo campo es especialmente importante porque gran parte del parque edilicio ya construido seguirá en uso durante décadas. Mejorar su desempeño energético exige soluciones que puedan incorporarse en obras de renovación, ampliación o acondicionamiento.
La diferencia, en este caso, es que el aislante no nace de una cadena fósil ni de procesos altamente intensivos en energía, sino de una biomasa residual de la vitivinicultura y del crecimiento controlado de hongos. Allí aparece el valor más amplio del proyecto: conectar una necesidad urbana concreta con un recurso biológico disponible en el territorio.
Ciencia, vino y construcción en una misma cadena
La colaboración con una bodega mendocina le da al proyecto una dimensión productiva concreta. La industria del vino genera residuos que, en muchos casos, tienen bajo valor económico o demandan estrategias de gestión. Convertir parte de esa biomasa en un insumo para la construcción abre una nueva lectura sobre los residuos agroindustriales: dejan de ser solo un problema de descarte para convertirse en materia de desarrollo tecnológico.
“El gran potencial de los biomateriales es que nos permiten reimaginar los residuos como recursos estratégicos y utilizar los procesos y recursos naturales a nuestro favor. Pero, además, este enfoque fortalece directamente la economía regional, al darle un nuevo valor a la biomasa de la industria vitivinícola, transformamos un residuo local en un insumo tecnológico de alto nivel. Así, no solo reducimos el impacto ambiental, sino que generamos nuevas cadenas de valor que impulsan el desarrollo productivo de nuestra región. El rol de la investigación científica aquí es fundamental, ya que es lo que nos permite pasar de las ideas y la experimentación a soluciones reales, escalables y responsables”, concluye Terraza.
Por ahora, el desarrollo ya cuenta con prototipos elaborados y ensayos de laboratorio que confirmaron su desempeño térmico y acústico. La siguiente etapa está puesta en la optimización de los protocolos de producción, la mejora de la durabilidad y el ajuste del material a los estándares que exige la construcción. En ese recorrido, los restos de poda de la vid empiezan a dejar de ser solo un residuo de temporada para convertirse en una pieza posible de edificios más eficientes.


