jueves, junio 25, 2026
 

Sudáfrica mira al sorgo para reducir su dependencia de combustibles importados

Un informe encargado por el Localisation Support Fund, un fondo orientado a impulsar cadenas productivas locales en Sudáfrica, muestra que el bioetanol de sorgo ya tiene base técnica, materia prima y marco regulatorio para convertirse en una nueva cadena agroenergética.

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En las estaciones de servicio sudafricanas, el precio de la nafta cuenta una historia mucho más grande que la que ingresa al tanque del auto. Cada litro refleja el movimiento del petróleo global, la cotización del dólar, la logística marítima y una vulnerabilidad que se volvió más visible desde que el país dejó de procesar una buena parte de sus propios combustibles. Para los millones de automovilistas, esa fragilidad aparece como una cifra en el surtidor. Para el agro y la industria energética, en cambio, empieza a dibujar una oportunidad concreta.

Esa es la puerta que abre un nuevo estudio encargado por el Localisation Support Fund, un fondo orientado a impulsar cadenas productivas locales en Sudáfrica, y elaborado por Blueprint Holdings, una consultora sudafricana especializada en análisis económico, modelización financiera y estrategias de desarrollo industrial. El trabajo evaluó la viabilidad de construir una industria doméstica de bioetanol a base de sorgo, un cultivo rústico, adaptado a condiciones desafiantes y con potencial para integrarse a sistemas agrícolas locales.

Un país que pasó de refinar a importar

El punto de partida no está en el campo, sino en las refinerías. Entre 2022 y 2023, Sudáfrica sufrió el cierre de sus dos mayores refinerías costeras, un cambio estructural que aceleró su transformación de productor local de combustibles refinados a importador de combustibles terminados. Esa transición dejó al país más expuesto a una cadena internacional volátil, donde los precios, la disponibilidad y la logística dependen de factores que se definen lejos de su territorio.

El estudio ubica esa dependencia en una evolución concreta: el precio minorista de la nafta 95 sin plomo pasó de unos 10,83 rands por litro, unos 0,66 dólares, en enero de 2015 a un pico de 26,09 rands por litro, unos 1,58 dólares, en julio de 2022, y desde entonces se mantuvo en niveles históricamente elevados. El bioetanol no aparece, en ese escenario, como una fórmula mágica para aislar a Sudáfrica del mercado petrolero global. Su valor es más específico y, quizás por eso, más realista: introducir un componente producido dentro del país, retener valor en la economía local y reducir parcialmente la dependencia de una cadena de abastecimiento importada y expuesta a tensiones geopolíticas.

La lógica es la misma que aparece en otros países que buscan combinar seguridad energética, desarrollo territorial y reducción de emisiones: usar recursos biológicos disponibles para producir combustibles compatibles con la infraestructura existente. En términos productivos, el sorgo no es solo un grano. Es la base de un proceso capaz de conectar agricultura, energía, alimentación animal y captura de dióxido de carbono en una misma cadena.

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La regulación que destrabó el mercado

Durante casi dos décadas, Sudáfrica discutió políticas para biocombustibles sin lograr convertir ese marco en una industria plenamente operativa. Según el informe, ese bloqueo empezó a cambiar con la publicación, en agosto de 2025, de un precio de transferencia regulado para el bioetanol bajo la Petroleum Products Act, la ley que organiza la regulación del mercado de productos petroleros en el país.

Ese precio de transferencia está vinculado al Basic Fuel Price, la referencia que forma parte de la estructura oficial de precios de los combustibles. La clave es que permite incorporar bioetanol a la mezcla sin trasladar un aumento al precio final que pagan los consumidores. En otras palabras, la regulación crea una condición básica para que el bioetanol pueda entrar en el mercado sin chocar de entrada con la sensibilidad política y social del precio de la nafta.

El informe plantea que esa ventana existe, pero no permanecerá abierta indefinidamente. Para convertirla en plantas, contratos agrícolas, inversiones y empleo, hará falta coordinación entre el gobierno sudafricano, la industria energética, el sector agropecuario y el sistema financiero. El marco ya no sería el principal obstáculo. La pregunta pasa a ser quién absorbe el riesgo inicial y cómo se financia la primera ola de proyectos.

El sorgo frente a los números

La investigación modeló seis configuraciones posibles de materia prima y tecnología bajo supuestos comunes: un tipo de cambio de 16,50 rands por dólar, un Brent de 80 dólares por barril y un costo de capital del 15%. En esa comparación, el mejor desempeño lo obtuvo el sorgo granífero procesado en una biorrefinería convencional, es decir, una instalación que convierte almidón en etanol mediante fermentación.

El resultado muestra una economía operativa sólida, aunque todavía tensionada por el costo de capital. La planta genera un EBITDA positivo de 1,94 rands por litro, unos 0,12 dólares, lo que indica que el proceso industrial, antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones, puede funcionar con margen. Sin embargo, cuando se incorpora el servicio de la deuda y la recuperación de la inversión, el flujo operativo cae a menos 0,82 rands por litro, unos 0,05 dólares negativos.

Ese dato es central porque define la naturaleza del problema. No se trata, según el estudio, de una cadena inviable desde el cultivo hasta la planta. El precio de equilibrio del etanol se ubica en 11,94 rands por litro, unos 0,72 dólares, por debajo del rango de paridad de importación del etanol estadounidense y brasileño, estimado entre 14 y 20 rands por litro, es decir, entre 0,85 y 1,21 dólares. Tampoco aparece una ruptura entre productores y biorrefinería: la planta podría pagar 3.761 rands por tonelada de sorgo, unos 228 dólares, frente a un punto de equilibrio agrícola de 3.247 rands por tonelada, unos 197 dólares, dejando un excedente de 514 rands por tonelada para el productor, alrededor de 31 dólares.

La brecha, entonces, está en la recuperación del capital industrial. Es el tipo de problema que suele aparecer en cadenas nuevas: la tecnología es conocida, el insumo existe, el producto tiene mercado potencial, pero el primer inversor enfrenta costos financieros y riesgos que todavía no fueron absorbidos por una industria madura.

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El valor oculto de los coproductos

Una de las razones que explica la fortaleza del sorgo es que el etanol no es el único producto que sale de la planta. Durante el proceso, el almidón del grano se transforma en alcohol, pero las fracciones no fermentadas quedan concentradas en un coproducto de alto valor: los DDGS, o granos secos de destilería, utilizados como alimento animal por su aporte de proteína, fibra y energía.

A ese ingreso se suma el dióxido de carbono capturable que se libera durante la fermentación. Combinados, los DDGS y el CO₂ aportan 6,60 rands por litro al ingreso total de la planta, unos 0,40 dólares, una cifra equivalente a más de la mitad del valor del propio etanol. Ese perfil de coproductos convierte a la biorrefinería en algo más amplio que una fábrica de combustible: es una plataforma agroindustrial que produce energía líquida, insumos para alimentación animal y una corriente de carbono biogénico con posibles usos industriales.

El informe también traduce la brecha financiera a una escala comprensible para el consumidor. Si el déficit de flujo del sorgo, estimado en 0,82 rands por litro, unos 0,05 dólares, se distribuyera sobre todo el volumen de nafta bajo un mandato de mezcla E2, el subsidio cruzado requerido sería de apenas 1,66 centavos de rand por litro de nafta en el surtidor, cerca de 0,001 dólares. Es el menor esfuerzo entre todas las configuraciones modeladas.

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Una oportunidad de localización productiva

La conclusión del estudio es que el bioetanol de sorgo representa una de las oportunidades de localización más creíbles para Sudáfrica. No porque elimine la importación de combustibles, sino porque puede introducir una fracción local en un sistema dominado por productos terminados que llegan desde el exterior. Tampoco porque dependa de una tecnología experimental: la fermentación de almidón para producir etanol es una ruta industrial probada, con décadas de experiencia en otros países.

La oportunidad está en combinar esa madurez tecnológica con una estrategia territorial. El sorgo puede ofrecer un mercado adicional para productores agrícolas, especialmente en zonas donde su adaptación agronómica permite pensar en esquemas de abastecimiento relativamente estables. A su vez, una planta de bioetanol puede generar demanda local, servicios logísticos, empleo industrial y coproductos para la ganadería.

El estudio estima que por cada litro de etanol de sorgo producido, la economía sudafricana recibiría 5,73 rands en Valor Agregado Bruto, unos 0,35 dólares. Ese indicador resume la capacidad de una cadena para generar actividad dentro del país, en lugar de transferir buena parte del gasto hacia combustibles importados.

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Qué falta para que la oportunidad se convierta en industria

La hoja de ruta propuesta no descansa en una sola medida. El informe plantea que la mezcla obligatoria debe aplicarse de manera efectiva, con monitoreo transparente y consecuencias para quienes no cumplan. También propone mecanismos de Viability Gap Funding, una herramienta de apoyo destinada a cubrir la diferencia entre los ingresos esperados y los costos necesarios para que los primeros proyectos resulten financiables.

A eso se suma la necesidad de financiamiento combinado, donde instituciones de desarrollo aporten capital en condiciones más pacientes y la banca comercial complemente la inversión. Las instituciones financieras de desarrollo cumplen precisamente ese rol: entrar donde el riesgo inicial es alto, pero el impacto económico y productivo puede justificar una intervención estratégica.

El componente agrícola también es decisivo. El estudio propone esquemas de agricultura por contrato con compra garantizada, vinculados a la inversión en plantas de etanol. Esa arquitectura permitiría dar previsibilidad tanto al productor, que necesita saber que tendrá mercado para su sorgo, como a la planta, que requiere seguridad de abastecimiento para operar a escala.

La creación de un protocolo nacional de créditos de carbono para bioetanol aparece como otra pieza necesaria. Si el sistema puede medir y reconocer los beneficios climáticos del combustible, especialmente frente a la gasolina fósil, ese atributo podría convertirse en una fuente adicional de ingresos y mejorar la ecuación financiera.

También hay medidas más inmediatas y de menor complejidad institucional. El informe menciona la extensión al sorgo de la exención de IVA que ya se aplica a otros granos, la clarificación del uso de maíz degradado como materia prima para biocombustibles y la inversión en investigación de semillas de sorgo e híbridos más productivos.

Sudáfrica no parte de cero. Tiene una necesidad energética evidente, un marco regulatorio activado desde agosto de 2025, una materia prima con potencial y una ruta tecnológica conocida. El paso que viene es más concreto que conceptual: hacer cumplir la mezcla, estructurar el financiamiento de las primeras plantas, cerrar contratos de abastecimiento con productores y definir los instrumentos que permitan cubrir la brecha de capital. En el surtidor, el cambio podría ser casi imperceptible. En la cadena agroindustrial, sería el comienzo verificable de una nueva forma de producir parte del combustible que hoy el país importa.

 
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