Durante décadas, la Amazonía fue para las grandes corporaciones alimentarias apenas un punto en el mapa de sus cadenas de suministro: un lugar del que salían materias primas en bruto, embarcadas río abajo rumbo a fábricas instaladas a miles de kilómetros. El valor —el que convierte una semilla en una barra de chocolate, un fruto en un cosmético, una planta en un químico fino— se generaba siempre en otra parte. La selva ponía la biodiversidad; el mundo ponía la industria. Esa lógica, que durante generaciones condenó a la región a exportar naturaleza e importar productos terminados, empieza a resquebrajarse. Y una de las señales más elocuentes de ese cambio acaba de darla, paradójicamente, uno de los actores que mejor encarnaba el viejo esquema.
Nestlé, la mayor compañía de alimentos y bebidas del planeta, con sede en Suiza y presencia en prácticamente todos los mercados del mundo, dio un nuevo paso en su estrategia de acercamiento a la Amazonía al desembarcar en Belém, capital del estado brasileño de Pará. Allí, sus representantes recorrieron el Parque de Bioeconomía e Innovación de la Amazonía, un complejo tecnológico instalado en el predio portuario Porto Futuro, para conocer de cerca iniciativas orientadas al desarrollo sostenible y a la agregación de valor sobre las materias primas que produce la selva.
Qué fue a buscar Nestlé a la puerta de la Amazonía
La visita no fue un gesto protocolar. La compañía dejó entrever su intención de ampliar la participación en las cadenas productivas amazónicas, en especial las vinculadas al cacao, la materia prima tradicional que está en el corazón de su negocio chocolatero, además de otros insumos con potencial de aplicación en la industria alimentaria. El cálculo detrás es sencillo de enunciar y complejo de ejecutar: en lugar de comprar el fruto para procesarlo lejos, explorar la posibilidad de intervenir en el eslabón donde ese fruto se transforma, cerca de donde crece.
Por ahora, la empresa no anunció inversiones específicas ni cronogramas de instalación. Lo que hubo fue un primer contacto, un reconocimiento del terreno. Pero incluso ese gesto tiene peso. La expectativa, tanto del sector público paraense como de los propios impulsores del parque, es que ese acercamiento estimule nuevas inversiones, fortalezca a los productores locales y genere oportunidades de empleo y renta en una región históricamente relegada de los circuitos de valor agregado.
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Un parque pensado para que la selva deje de exportar naturaleza en bruto
El Parque de Bioeconomía e Innovación de la Amazonía fue inaugurado en octubre de 2025 por el Gobierno de Pará, a través de su Secretaría de Medio Ambiente, Clima y Sostenibilidad (Semas), el organismo estatal a cargo de la política ambiental de la provincia. Instalado en dos antiguos galpones portuarios sobre la bahía de Guajará, el complejo ocupa unos 6.000 metros cuadrados y demandó una inversión cercana a los 300 millones de reales, en asociación con la minera Vale.
Concebido para funcionar como un laboratorio-fábrica y centro de negocios, el parque fue diseñado para reunir en una misma red a empresas, investigadores, universidades, startups y comunidades tradicionales. Su objetivo declarado es que la biodiversidad amazónica —del açaí a la castaña, del cacao a los aceites esenciales— pueda transformarse localmente en alimentos, cosméticos y químicos finos de alto valor, en lugar de salir del estado como producto sin procesar. No es una figura retórica menor: bajo el paraguas de la bioeconomía, el parque busca demostrar que se puede generar valor manteniendo la selva en pie.
El Pará, decidido a industrializar la floresta
La aparición de Nestlé no es un hecho aislado, sino la expresión de un movimiento más amplio que viene tomando forma en Pará. En los últimos años, el aprovechamiento sostenible de los recursos biológicos pasó a ocupar una posición estratégica en la planificación del estado, con una apuesta clara: ampliar el procesamiento local de materias primas, reducir la exportación de productos in natura y fortalecer cadenas capaces de generar más valor dentro del propio territorio.
Ese giro tiene números detrás. Según datos difundidos en Belém, el aprovechamiento productivo de la biodiversidad ya representa cerca del 3,5 % del PIB paraense, y el estado alberga más de 300 startups dedicadas a este tipo de bionegocios. El Plan Estatal de Bioeconomía —el primero de su tipo en Brasil— contempla el fortalecimiento de trece cadenas productivas, entre ellas el açaí, la castaña, el cacao, los aceites esenciales y la miel. El parque de Belém es la pieza más visible y estructurante de ese plan, y no por casualidad fue exhibido como una de las grandes vidrieras del estado durante la COP30, la conferencia climática de Naciones Unidas que se celebró en la ciudad en noviembre de 2025.
En ese marco, la llegada de una multinacional del tamaño de Nestlé funciona como una validación. Las grandes empresas globales —en las conversaciones iniciales del proyecto también figuraron compañías como Mercado Libre y Carrefour Brasil— empiezan a mirar los activos de la biodiversidad amazónica no como una curiosidad ambiental, sino como una oportunidad de negocio concreta. Y ese interés, más allá del potencial económico directo, puede traccionar investigación, estimular nuevos emprendimientos y multiplicar las oportunidades de trabajo ligadas a lo que en la región llaman, con orgullo creciente, «la economía de la floresta».


